Número 114, abril 2020

¡Lazareto, levántate!

Procesión del Viernes Santo en el Lazareto

A principios de abril de 1906, un militar, un médico y un cura realizaron “una escrupulosa visita” de casi dos semanas al lugar donde estaban confinados de manera obligatoria —secuestrados, era el término técnico— más de 1200 de “los más desgraciados de nuestros compatriotas”: el lazareto de Agua de Dios, 102 kilómetros al suroeste de Bogotá,
Era un pueblo, realmente. Con plaza, iglesia, escuelas, biblioteca, oficina de telégrafos, salas de teatro, estanco, salón de billares, hospitales y orfanatos. Solo que habitado por personas portadoras del bacilo de Hansen, la bacteria productora de la lepra, y rodeado por una doble cerca de alambre de púas.
Nadie que hubiera sido forzado a entrar a esas tierras podía salir a sus anchas a infectar a nadie con el “rey de los espantos”, esa enfermedad bíblica conocida también como “elefancía” o “elefantiasis”, por su vicio de endurecer la piel y deformar los rasgos humanos.
Era la primera vez que una comisión oficial viajaba a hacer una revisión detallada de su realidad, tras muchos años de ruegos de sus habitantes y dolientes.
Tras su visita, le entregaron al ministro de Gobierno un informe minucioso, publicado ese mismo año por la Imprenta Nacional. Un valioso documento histórico, plagado de curiosidades, ignominias, detalles reveladores y palabras desgarradoras sobre esa realidad*.
Van aquí un par de postales para alentar al lector a sumergirse en esas páginas insólitas, una de cuyas copias se resguarda casi íntegra en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto, disponible también en su repositorio digital.

Suspiros, dolor y un himno nacional
En la primera jornada el Ferrocarril de La Sabana los dejó en la estación Tocaima, y a las cinco y media de la tarde llegaron por camino de tierra al paso sobre el río Bogotá, el famoso “Puente de los Suspiros”. Era un puente colgante custodiado por la Policía, y el punto más lejano al que las familias podían acompañar a sus enfermos antes de que se perdieran leprocomio adentro. De ahí su nombre.
A las siete de la noche, al entrar a la plaza del pueblo, comenzaron a escuchar las notas del himno nacional, interpretadas por una banda de “niños enfermos”. El lugar estaba colmado, porque la gente había salido de sus casas “para hacer una demostración de complacencia” por la llegada de la comisión.
En el informe enumeran los milagros que había producido en el lugar el dinero del gobierno. Pero luego ponen el dedo en las llagas. Básicamente faltaba agua para medio leprosario. Las escuelas estaban “desprovistas de los objetos más necesarios para la enseñanza”. No había sino dos médicos y unos pocos practicantes, que en poco más de un año habían despachado la maratónica cifra de “once mil cuatrocientas ochenta y cinco fórmulas” para “más de mil doscientos enfermos”.
Entre muchas otras cosas, fueron a invitados a varias funciones de teatro y a una representación artística en la que las niñas del orfanato entonaron versos tan tristes como estos:
¡Ay!, ¡Al decirte adiós, madre querida,
sentí que se me helaba el corazón,
Al recordar que pronto me vería
sola sin ti, en “la tierra del dolor”!

Agua de Dios fue declarado municipio en 1961 y ese mismo año se retiraron las cercas que lo rodeaban. Hoy es un tranquilo pueblo patrimonial y basta con un “tratamiento multimedicamentoso” para detener la acción del bacilo: “dapsona, rifampicina y clofazimina”. Tres palabrejas mágicas que para muchos colombianos tardaron demasiado en llegar.

*Informe que los señores general Amador Gómez, jefe de la Sección 6, de Lazaretos, y el doctor Pablo García Medina, médico adjunto a esta sección, comisionados para visitar el lazareto de Agua de Dios, presentaron al señor ministro de Gobierno.UC

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Grupo de enfermos de lepra