Número 106, abril 2019

Parteros
Julián Arias. Fotografías: Rodrigo Grajales

Alejandro Rentería

Fotografía Rodrigo Grajales
Alejandro Rentería

Alejandro Rentería, un campesino alto y desgarbado que dice llevar más de treinta años salvando vidas, pide la palabra. Con la voz inquieta, afirma que la función del partero es prestar las manos para que dios salve las vidas de la parturienta y del que nace; luego apunta al cielo, pide permiso y sale del salón donde los asistentes al Noveno Encuentro de Partería del Chocó, observan el simulacro hecho por una comadrona que lleva más de tres mil partos atendidos.

Se sienta afuera del salón, cruza los pies y extiende sus brazos sobre el espaldar del sillón. Contemplando unas hojas de Santa María que asoman en el patio, cuenta que su madre se la pasó toda la vida recibiendo niños; que él, entre mandado y mandado, fue reconociendo las plantas que ella utilizaba; que su nariz se acostumbró desde muy pequeño a la mezcla de olores fuertes del parto; y que la necesidad lo volvió, además de agricultor, partero.
—La necesidad justifica los medios —dice—, imagínese usted con su mujer a punto de parir, viviendo en un pueblo donde no hay médicos, donde el hospital más cercano está a dos o tres horas, usted no va a dejar morir a su familia.

Eran las once de la noche del primero de octubre de 1984 y a Doralba Cuesta, la esposa de Alejandro, le empezaron los dolores. En Yuto, cabecera municipal del municipio de El Atrato, el médico se ausentaba por semanas y los vecinos tenían que acudir a los yerbateros para aliviar sus dolencias. Esa noche tampoco era posible conseguir un transporte hasta Quibdó. Alejandro se sentó en la cama al lado de su esposa, le apretó la mano y le dijo que a su segundo hijo lo traerían sano entre los dos. El parto fue tranquilo. En medio de los gritos de Doralba, las sábanas embadurnadas y los líquidos que mojaban hasta el piso de madera, el campesino recordó las enseñanzas de la matrona. Pensó en las yerbas y los bebedizos para después del parto. Pasaron minutos. Alejandro sintió que su hijo se deslizó hasta sus manos; lo levantó, lo escudriñó de pies a cabeza y lo acomodó suavemente en el pecho de la madre.
—Cuando se atiende el primer parto uno ya tiene nociones porque eso es un saber que se transmite de generación en generación, yo fui aprendiz de mi madre, yo la veía a ella y así me fui preparando. Yo no tengo el concepto, pero tengo la práctica y una técnica empírica que aprendí con los años.

Después de aquella noche empezaron a llamarlo partero. En sus últimos 34 años de vida recibió a tres de sus cuatro hijos, a cuatro de sus seis nietos y a más de cien de los hijos de sus vecinos. Hoy, aunque prefiere estar en su parcela sembrando plátano y banano, ejerce el oficio para servirle a su comunidad. Alejandro afirma que le gusta el trabajo que le da la comida y la partería es un saber por el que no se puede cobrar.
—Cómo voy a cobrarle a una familia que no tiene ni con qué comer —dice, mientras observa un grupo de parteras indígenas que caminan hacia el río—. Ser partero no es fácil por muchos factores: está la falta de recursos, la responsabilidad que se tiene con la vida y la intimidad de la mujer; a ellas no les gusta que las atienda un hombre.

Hace algunos años llegó a encargarse del parto de una comadre, pero no lo dejaron entrar porque la señora esperaba una matrona. Después de que la familia de la parturienta recorrió todo el pueblo sin encontrar mujer que recibiera el niño, volvieron a tocar la puerta del partero. Alejandro corrió a la casa de la comadre, entró a la habitación y la encontró llorando de dolor. La mujer lo observó con recelo, le advirtió que no la mirara mucho porque le daba pena; Alejandro le contestó que tranquila, que él no necesitaba los ojos, que el trabajo lo hacían las manos y la cabeza.
—Los hombres ancestralmente fuimos criados para el trabajo en el campo, pero las circunstancias nos volvieron parteros. A mí me gustaría que mis hijos aprendieran, lastimosamente ellos no han querido, pero ya les tocará. Usted sabe, con las dificultades que se vive en el Chocó, cuando tengan la necesidad y yo no esté, aprenderán a partear.
 

José Galeano Sobricama

Fotografía Rodrigo Grajales
José Galeano Sobricama

—A mi última niña me la dejaron morir en el hospital, por eso los indígenas no confiamos en la medicina occidental. Confiamos en los saberes que nos inculcaron nuestros ancestros y en el poder que la naturaleza nos da para salvar las vidas.

José Galeano Sobricama, indígena wounaan de 46 años, habla con una voz tremendamente reposada. Luego reclina el cuerpo contra una mesa y se queda pensativo mirando el río Tanandó que a esta hora se descuelga turbio.

José nació en el resguardo San Cristóbal a orillas del río San Juan. Recuerda cuando tenía ocho años y le tocó el parto de su hermana. Un olor desagradable impregnó el rancho y no le dejó pegar el ojo esa noche. Y recuerda los gritos de su madre buscándolo en el monte para obligarlo a asistir al nacimiento de uno de sus sobrinos. Esa tarde, con apenas diecisiete años, supo que sería partero.

A los veinticinco asistió al nacimiento de su primer hijo. Su suegra y su madre le explicaron con detalle cada momento del parto. La preparación de brebajes, la mejor posición de la parturienta y el movimiento de las manos para acomodar el bebé: “Aprenda bien porque el próximo le tocará solo”, le dijeron.

Dos años después, en febrero de 1999, se encontraba pescando cuando un vecino lo buscó en el río: su esposa estaba a punto de parir. José soltó la pesca y corrió a la casa. Recogió unas cáscaras de coco tiradas en el patio, las quemó, las pulverizó y preparó un mejunje. La cáscara de coco, explica, tiene oxitocina que sirve para agilizar el parto. Acercó unas ramas de cebolla y unas hojas de toronjil. Se lavó las manos y empezó a masajear el vientre de su esposa; ella, de pie, gritaba.

Al cabo de unos minutos, cuando José contempló a su hijo pataleando entre sus manos, se percató de que no tenía con qué cortar el cordón umbilical. Inmediatamente acomodó el niño al lado de la madre, salió al patio y buscó un trozo de caña de azúcar; la limpió y la amoló afanoso. Volvió a la casa, tomó un pedazo de cabuya, la apretó alrededor del cordón, agarró el cuchillo de caña y cortó cuidadosamente. Así aprendió el tratamiento del cordón umbilical, dice ahora sentado en un sillón con los pies muy juntos y las manos aferradas a las rodillas.

Para el nacimiento de los dos hijos siguientes, la esposa solo llamó a José para que trajera el cuchillo de caña y la cebolla para bajar la placenta.
—La mujer indígena por su confidencialidad prefiere parir sola, si hay complicaciones está el marido o alguien de la familia. En la comunidad cada familia tiene sus parteros, nosotros venimos con esos saberes desde nuestros ancestros.

Entre los años 2003 y 2015 José recibió a ocho hijos más. En total tuvo trece, de los cuales, según él, tres fallecieron de muerte natural: un niño de un mes murió por desnutrición; un niño de cinco años murió de neumonía y una niña de tres años murió de inanición en el año 2004, el día que la familia salió del resguardo San Cristóbal desplazada por la guerrilla hacia Quibdó.
—También está la niña que me dejaron morir en el hospital —señala. Su cuerpo y su voz permanecen serenos.

Cuando la esposa de José quedó en embarazo de su última hija, vivían en un asentamiento para desplazados en las afueras de Quibdó. Por temor a las consecuencias judiciales en caso de que le sucediera algo al bebé, los controles prenatales los hicieron en el hospital de la ciudad, allí les dijeron que, por la edad de la mujer (45 años), el parto no podían atenderlo en la casa y mucho menos con un partero.

Era septiembre de 2016, José se encontraba en el centro de la ciudad vendiendo collares de chaquira cuando le sonó el celular. A su esposa le habían empezado los dolores y los vecinos la llevaron hasta el hospital.

José cuenta que cuando llegó al centro médico encontró a su mujer sola, retorciéndose de dolor en una silla. Rápidamente buscó al médico de turno, le dijo que él era partero y que su esposa ya no aguantaba, que estaba a punto de parir, pero el médico le contestó que debía esperar. Después de más de una hora se abrieron las puertas de la sala de espera y asomó una enfermera empujando una camilla. José se puso de pie para acompañar a su esposa, pero le impidieron el paso. Minutos más tarde, la enfermera buscó a José para decirle que el parto se había complicado y su hija había nacido muerta.
—Normalmente como venía recibiendo a mis hijos en la casa nunca pasó nada —dice el partero—, el problema fue llevarlo al hospital.
 

Américo Mosquera

Fotografía Rodrigo Grajales
Américo Mosquera

Para Américo Mosquera sus dos profesiones, minero y partero, tienen más relación de lo que la gente cree.
—Sin la minería no podría partear, la minería me da el sustento, la partería es un trabajo para mi comunidad.

Aunque insisto en preguntarle por su experiencia en la partería se empeña en hablar de minas y bateas.

Asegura que el trabajo en el río les sirve a las mujeres barequeras como ejercicio prenatal. También están las madres solteras que trabajan hasta el último día del embarazo, y apenas cumplen la dieta agarran la batea y se lanzan al río a buscar una pizca de oro para alimentar al hijo. Cualquier actividad en la vereda Angostura, dice, tiene que ver con la mina.

Américo conoció la minería al mismo tiempo que la partería; mientras su padre, batea en mano, madrugaba a zambullirse en el San Juan, su madre aconsejaba a las embarazadas de la vereda. En aquella época las opciones para un niño de diez años eran limitadas: acompañar al padre en las tareas de minería y sentarse en una piedra al borde del río, recorrer el monte con la madre para recoger plantas y preparar los bebedizos que luego llevaba a las parturientas.

A los trece años Américo ya podía cargar su propia batea e identificar las plantas para los remedios. En esa etapa se inclinó por la minería, decidió apartarse de las caminatas diarias con su madre y las charlas sobre el embarazo. Pasarían dieciséis años para que Américo retomara el saber materno; empezó a formarse en medicina tradicional y se preparó como promotor de salud para su comunidad. Así conoció a José Brandino Mosquera, médico yerbatero y partero tradicional.
—Yo me di cuenta de que en mi comunidad solo había un partero y no había médicos. Si a una mujer le agarraban los dolores por la noche no había quién la atendiera ni tiempo para trasladarla hasta el hospital. Cuando yo vi esta necesidad me metí en el cuento de aprender a partear, me fui para la casa de mi compadre Brandino y le dije que me enseñara.

El día que Américo terminó el curso de promotor de salud, sin quererlo, se convirtió en el enfermero de Angostura: aprendió a hacer suturas, a tomar la presión, a formular plantas y bebedizos. Ahora se ríe recordando las filas que se le arman en su casa y las dos semanas que lleva con el tensiómetro dañado.
—Tengo a los viejos de la comunidad esperando para tomarles la presión —dice y suelta otra carcajada que lo levanta de la silla—. Caminemos que me voy a entumir.

Caminando por la orilla del río Tanandó Américo deja de sonreír, observa el cauce y retoma el tema de la minería.

Según él, la turbiedad del agua se debe a alguna máquina estacionada kilómetros arriba. Los problemas de los chocoanos, agrega, empezaron a mediados de los años ochenta cuando hicieron la carretera que comunicó a Quibdó con el centro del país; la llegada de las máquinas acabó la minería ancestral, deterioró los terrenos y contaminó los ríos.
—Nosotros, a diferencia de las grandes empresas, estamos haciendo minería verde y amigable. Le doy un ejemplo: nosotros no utilizamos mercurio como la minería grande, utilizamos la baba de balso para sacarle la jagua al oro y al platino. Pero ya no hablemos más de minería que a usted le interesa es el otro tema.

Un día cualquiera de marzo de 1993, el viejo José Brandino lo mandó a llamar para que lo asistiera en el nacimiento de su quinto hijo. Américo llegó apresurado y encontró al compadre en el patio recogiendo las plantas para preparar las infusiones. Entraron a la casa. Brandino acostó a su esposa en la cama. Fueron 45 minutos de masajes, gritos y explicaciones. El alumbramiento fue tranquilo, recuerda hoy Américo, veinticinco años y doce partos después.

De los doce partos que ha atendido en toda su vida hay uno que Américo Mosquera menciona con tristeza. Una primeriza, dice.

Fue el 18 de septiembre de 2004. Las contracciones indicaban que era la hora del parto y no había tiempo de coger la trocha hasta el hospital de Tadó. Américo dispuso todo: preparó las yerbas, organizó las sábanas, acostó a la parturienta en la cama y realizó los masajes para ayudar a bajar el bebé. Pasó más de una hora para que el partero lograra sostener al niño entre sus brazos; entonces, advirtió que no respiraba. Rápidamente hizo los ejercicios de reanimación. Nada que hacer. Había tomado líquido amniótico.

Esa misma mañana bautizaron al niño y Américo fue el padrino. Luego realizaron el gualí; cantaron y bailaron celebrando que un ángel había llegado al cielo.
—Ese día sentí mucha tristeza. Perder un niño da mucha tristeza porque ellos son el futuro, cada niño que se muere es un vacío en el futuro —dice mientras camina de vuelta al salón donde continúan reunidos parteros y parteras—. Por eso es por lo que la minería es tan importante —vuelve a sonreír—, con eso le damos de comer al futuro. UC