Número 106, abril 2019

Antes de los Programas de Alimentación Escolar, los hogares del ICBF y las estrategias de Buen Comienzo, Medellín tuvo una casa con 45 mujeres encargadas de entregar leche a los niños que mendigaban y sobrevivían en una ciudad que comenzaba a alardear. Gota de Leche ha persistido más de cien años en esa tarea en el Centro de Medellín. Un noble hábito de los hábitos.
 

El tamaño de la Gota
Patricia Nieto. Ilustración: Elizabeth Builes

Ilustración: Elizabeth Builes
 

Una asamblea de niños delibera a las nueve de la mañana del miércoles 10 de abril de 2019. Los cabildantes observan el contenido de una pequeña urna transparente plantada en el centro del círculo que han formado. Ni el ruido que viene del exterior ni el zumbar de una mosca atrapada entre dos cristales interrumpe. Un movimiento que se origina en el fondo arenoso del recipiente anuncia un acontecimiento. Entonces, los presentes cierran el círculo para ver mejor aquello que emergerá de la profundidad. Después de algunos segundos, la superficie luce cuarteada como la tierra después de un terremoto y por las grietas salen a la luz seis líneas marrones que se mueven con dificultad.

Parece que las larvas no responden a los estímulos de afuera; pastan en su planeta de vidrio a la vista de quienes liberan la tensión propia del silencio y especulan: “quieren agua”, “el más grande se come todo”, “¿están tristes?”, “no tienen cachos”, “se van a convertir en cucarrones”, “¡no los toquen!”, “son feos”, “mejor las mariposas”...

En la conversación, en torno a la vida dentro de la urna, participan niños y niñas de tres años de edad, Aventureros, en el lenguaje institucional, que ya recorren su escuela como si fuera un gran jardín en el que deben sobrevivir. La charla a propósito de las larvas da pie a la agenda del día. La maestra recoge las ideas como si fueran miguitas de pan y las convierte en actualidad. Hoy, según su interpretación, la asamblea sugirió que alimentarse bien, proteger la naturaleza, expresarse libremente, proteger a los débiles y preguntar por todo aquello que se ignora pueden ser los temas del día. El avistamiento de las larvas hace emerger las preocupaciones de los niños que habitan un saloncito verde y rosa anclado en el caserón que sirve de hogar diurno a los 540 alumnos de Gota de Leche, la guardería más antigua de Antioquia.

Después de las conclusiones, el corro se disuelve. La maestra lleva las larvas a un lugar fresco donde seguirán transformándose y los niños, como si el tiempo hubiese vuelto a su marcha, se dedican a sus prácticas cotidianas: amarrarse los cordones, patear una pelota o tratar de pronunciar el nombre de la hortaliza que, a pesar de su hermoso color violeta oscuro, no es grata a su paladar: re-mo-la-cha.

A las doce del día, cuando el Centro de Medellín se convierte en un río de oficinistas en busca del “ejecutivo”, un almuerzo barato compuesto de sopa, seco y sobremesa, Jerónimo y Thomas Restrepo Cañas ocupan su mesa en el comedor de Gota de Leche, un espacio colorido donde podrían almorzar hasta seiscientos niños. Puntuales y pulcros, los gemelos abordan el plato con la seguridad de quienes saben comer. A punto de cumplir cinco años, estos Constructores son expertos en frutas y verduras, legumbres y hortalizas, huevos y carnes, cereales y aceites, agua y leche.

“A mí me encanta verlos comer”, dijo Kelly Cañas, su mamá, mientras emblocaba libretas en la litografía donde trabaja. Repitió la frase y sonrió con un gesto que iluminó toda su cara. Hace tres años los gemelos, que, según narra la madre, nacieron con solo seis meses de gestación, no lograban consumir el mínimo necesario por día. A veces, los ingresos familiares solo se consolidaban a las siete de la noche después de un largo día de rebusque de sus abuelos; y, en otras ocasiones, la falta de apetito echaba a perder cualquier preparación casera. El ingreso a Gota de Leche, cuando ya tenían un año y seis meses, les salvó la vida. Así lo ve Mónica Acosta, la abuela que los acunó en su pecho cuando medían solo 39 centímetros.

La prioridad de Gota de Leche es la alimentación en dos dimensiones: espiritual y física. De la primera se encargan las Hermanas Dominicas de la Presentación con 101 años en esta casa; de la segunda, Bibiana Escobar, nutricionista y dietista, con ocho años en la guardería.

“Se espera que al cumplir cinco años cada niño haya recibido la alimentación necesaria para garantizar un desarrollo físico y cerebral que le permita ingresar a la escuela en óptimas condiciones”, explica Bibiana mientras va de la cocina al comedor saludando a las quince mujeres encargadas de preparar y servir el menú que ella supervisa según los dictados de Buen Comienzo, el programa que la Alcaldía de Medellín creó en 2004 para atender a la población infantil vulnerable. Los datos actuales muestran que queda mucho por hacer. Según el último informe Medellín Cómo vamos, realizado por una alianza de entidades privadas interesadas en hacer seguimiento a los indicadores de calidad de vida en la ciudad, por lo menos 58 por ciento de los niños entre cero y seis años están hoy en situación de vulnerabilidad y pobreza.

“Los cuatro momentos diarios de alimentación aquí son sagrados. Para los niños son los rituales del autocuidado y para mí la oportunidad de interpretar sus necesidades a través de los gestos”, dice Bibiana mientras se abre paso entre mesones repletos de bandejas. La exploración le da pistas sobre el estado físico y emocional de los niños y también le pone retos. “Les encanta comer fríjoles, arroz con leche, carne molida, espaguetis y frutas. No les provoca comer ni chicharrón ni mazamorra ni re-mo-la-cha”, concluye y se va a su despacho a mirar las estadísticas.

Si bien Gota de Leche proporciona ochenta por ciento de los nutrientes que un niño necesita cada día, no basta con dar comida: es lo que se deduce de lo que Bibiana expresa cada vez que abre uno de sus archivos. El 31 por ciento de los niños, muchos de ellos llevan varios años bajo su cuidado, presenta alteraciones nutricionales llámense obesidad, sobrepeso, riesgo de sobrepeso, riesgo de desnutrición o desnutrición. Para luchar contra eso, Gota de Leche ha involucrado a las familias como agentes educativos y las ha preparado para el cuidado nutricional en las noches, los fines de semana y durante las vacaciones largas; y también ha diseñado un combo de batidos vitamínicos, atención emocional y rutinas de ejercicio físico que ya son una leyenda entre los expertos en nutrición de la ciudad. El año pasado, por ejemplo, once niños desnutridos y 49 en riesgo fueron involucrados en procesos de atención que exigieron atención personalizada.

“¿A usted no le parece una bendición que un niño de cinco años pida sopa, aguacate y lechuga?”, preguntó Kelly Cañas antes de encomendar a los setenta empleados de Gota de Leche a la Virgen María. En el fondo de su fe, ella sabe que no hay milagro sin trabajo; y es consciente de que a partir de 2020, cuando los gemelos dejen la guardería, ella será la responsable de que no les falte ni el pan ni la leche ni el amor.

Veinte mujeres aparecen en una fotografía tomada en 1917. Se cree que posaron para el fotógrafo Melitón Rodríguez en el patio de una casa similar a la que ahora ocupa Gota de Leche en la calle 40 con carrera 50A, en pleno Centro de Medellín. O tal vez lo hicieron aquí mismo, donde hoy los Aventureros observan seis larvas, unos años antes de que fuera adquirida para la obra en 1922. O de pronto se dejaron retratar en el convento de los jesuitas, en la vecina plazuela de San Ignacio, donde empezó esta historia. En todo caso, en la fotografía están ellas con las miradas fijas, las bocas apretadas y sus hijos, sobrinos o hermanos en el regazo.

Dicen las actas que fueron 45 mujeres las primeras en acudir al llamado de la Asociación de Madres Católicas respaldas por el jesuita Gabriel Lizardi. Todas las mañanas se acercaban a un local cerca del convento donde les daban cátedra católica y una botella de leche. En otra foto, de las que reposan en la Biblioteca Pública Piloto, se ven dos mujeres cargando a sus hijos, una mujer con delantal que pudo ser una de las primeras empleadas de Gota de Leche, que para entonces ya se llamaba así, y una religiosa ataviada con una toca blanca estilo cornette propia de las religiosas dedicadas a la caridad. Al fondo, sobre un tablón de madera, se ven varias hileras de botellas de diferentes formas y tamaños.

Un vaso de leche fue, para muchas madres trabajadoras y sus bebés, la única comida de la mañana hace cien años. En los archivos de la guardería han escrito repetitivamente un relato fundacional que quedó sintetizado en el libro Cien años sembrando amor, Jardín Salas Cunas Medellín Gota de Leche, publicado hace dos años. Al mediar la segunda década del siglo XX “en Medellín eran frecuentes las escenas de los niños desnutridos cerca de la quebrada Santa Elena, que acompañaban a sus madres lavanderas a restregar la ropa en las piedras de las orillas; otros muchos permanecían en las calles o al cuidado de algún vecino o familiar mientras sus madres trabajaban en el servicio doméstico, y durante los fines de semana se los veía también en las calles aledañas a la iglesia de San José, donde las señoras los encontraban al salir de la misa dominical, y podían ver el precario estado de salud e higiene de estos niños que pasaban hambre y frío”.

Para proteger a los niños vulnerables mientras que sus madres intentaban ingresar al precario mundo laboral, nació Gota de Leche. Hay que decir que en la segunda década del siglo XX, después de la Guerra de los Mil Días, de la entrega forzada del canal de Panamá a Estados Unidos y de la Primera Guerra Mundial que sacudió con sus aplastantes consecuencias a todos los rincones del planeta, la pobreza reinaba en el amplio territorio nacional. El historiador Jorge Orlando Melo describió, en su texto Colombia en el siglo XX: cien años de cambio…, la situación de los niños en esa época: “Las epidemias amenazaban a los menores, y el tifo, la viruela o las enfermedades gastrointestinales mataban a 1 de cada 6 niños antes de cumplir un año. Los médicos solo existían para la minoría que podía pagarlos: para las enfermedades había que resignarse a infusiones de hierbas u otras formas de medicina alternativa y casera”.

Si bien el aliento inicial para Gota de Leche provino de la caridad que enseña el catolicismo, la desoladora situación de los niños obligó a los fundadores, señoras, monjas y curas, a interesarse por las disciplinas dedicadas al cuidado y crianza de los niños, ciencias muy desconocidas en un país que solo abrió sus primeros preescolares asistencialistas en 1930. En este punto vale decir que cuando Colombia creó el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en 1968, Gota de Leche ya le aventajaba en 51 años de experiencia.

La fotografía en blanco y negro de las madres y sus niños en el patio de la sede es tal vez la más antigua que se conserva en los archivos. La más reciente se podría tomar ahora mismo, a la una y media de la tarde, cuando los 540 niños y niñas, entre los siete meses y los cinco años, duermen la siesta mientras que afuera la ciudad arde bajo un cielo oscuro, señal de que una de las tormentas de abril se aproxima.

Ataviada con una capa verde, Mariángel Ayala Raga recorre los pasillos de Gota de Leche. Es la última en la hilera de los Constructores que, a punto de cumplir cinco años, pasan su último año en la guardería. Su capa, larga y brillante se levanta con el viento que siguió a la lluvia. Mariángel podría ser Iridessa, el hada de la luz que vive en un girasol, en su papel de ayudante en la construcción de los arcoíris. Pero Mariángel no vive en las profundidades de un bosque milenario, ella pasa los días en un laberíntico caserón donde se ha nombrado guardiana del agua.

En los archivos de Gota se lee que en los años veinte se realizó la “compra de una casa de tapias y tejas, con su correspondiente solar, media paja de agua de diez líneas de diámetro de la del Distrito con sus mejoras y anexidades”. Yolanda Gómez Delgado, la experta en Alta Gerencia que asumió la dirección de Gota de Leche después de una saga de veintiún monjas que fueron la autoridad allí durante 97 años, dice que a la casa original se le agregaron a lo largo de un siglo otras de la vecindad amén de locales y solares hasta llegar a los cuatro mil metros cuadrados de hoy.

La casa, el jardín imaginario de Mariángel, se extiende detrás y hacia los lados del pequeño patio que fue el centro. Pasillos con pisos rojos y amarillos techados por tejas de barro conducen a los dieciocho salones donde transcurre la intimidad de cada grupo de niños, niñas, maestras y cuidadoras.

Al paso de Mariángel se puede observar lo que ocurre detrás de las ventanas: la mayoría de los Soñadores recibe masajes para fortalecer las piernas mientras que una de sus cuidadoras Deisy Alejandra Galeano, a punto de cumplir un año en la guardería, se ocupa de los que ya saben ponerse de pie. Los Saltarines recorren las habitaciones en busca de privacidad. Se evaden debajo de las mesas y en los rincones más secretos. Sandra Arenas, la maestra con doce años en Gota de Leche, explica que cuando cae la tarde los niños menores de dos años buscan un refugio para descansar en soledad. Mariángel, guardiana del agua, se pega de la ventana que da al sector de los Exploradores, observa el salón vacío y descubre que las fotografías de los niños y los cartones con sus frases especiales se hacen más visibles cuando todos se han ido a la huerta. La profesora ha puesto en letras lo que Emiliana, de dos años, dijo esta mañana: “La cabra tiene hambre / yo le di zanahoria / el conejo está suave y gordo”. Al llegar al comedor, Mariángel ve que los Aventureros, que ya han tomado el algo, la última comida del día en el jardín, se preparan para regresar a sus casas. Ya en la mesa, ella y su grupo, del que también hacen parte los gemelos, toman leche y comen torta de manzana.

Beber leche es una fiesta en Gota. Cada día se consumen allí 172 litros; una cifra que solo al multiplicarla produce satisfacción: 860 litros por semana, 3440 al mes, 41 280 al año. Mariángel, que no conoce el dato que hace sonreír a Bibiana, la nutricionista, le contesta con otro gesto de plenitud antes de despojarse de su capa y unirse a la fila rumbo a la puerta de la casa donde ya se agolpan las mamás y donde, desde hace rato, espera Martín Rendón, el responsable de cuidar las seis larvas esta noche.

“Samuel Tabares Velásquez”, llaman por el altavoz. El niño de tres años apura el paso y se acerca a la puerta. Al otro lado lo espera María Velásquez, la mamá que lo abraza como si hubiera pasado un siglo sin verlo. María lo levanta de un envión. Samuel aferra las piernas a la cintura de la mamá y así, abrazados, cruzan la calle y entran a la Plaza de Flórez, un mercado popular donde María vende guantes, bolas de icopor, cucharas, bolsas de plástico con agarradera y sin ella, cuadernos con rayas, pliegos de papel globo y cosas así en su pequeña miscelánea. Dos horas más tarde, a eso de las 6:30, María y Samuel treparán en la motocicleta de Edwin Tabares, esposo y papá y, aferrados el uno al otro, viajarán hasta el barrio Santo Domingo Savio en la colina más alta de la ladera oriental de Medellín.

Antes de caer la noche, cuando ya no quedan niños ni maestras en Gota de Leche, Yolanda, la directora, cierra la puerta de su oficina centenaria. Se sumerge en las calles del Centro de Medellín y repara en lo que muchos no ven: mujeres y hombres trabajadores con sus niños en el regazo expuestos a la ciudad ruda que es Medellín. Los ve al pie de los semáforos y en las esquinas custodiando pequeñas ventas; los descubre en los mostradores de los bares y en casetas de ingreso a parqueaderos. Cabe suponer que ante esas fotografías urbanas, la mente de la directora se ocupa de una cifra: cada año cien niños no alcanzan un cupo en Gota.

Entonces, es posible pensar que si bien los treinta mil niños atendidos por Gota de Leche en un siglo son muchos para una obra que nació por caridad, y que hoy recibe 67 por ciento de sus recursos del Estado, también son pocos para una ciudad poblada a fuerza por campesinos víctimas de la guerra. Sería bueno que mañana, en una asamblea formada por los adultos responsables del futuro de Medellín se deliberara sobre este asunto: los niños de Gota pueden enseñarles cómo se hace. UC

 

*Agradecimiento especial a July Paulin Salazar Duque, coordinadora pedagógica de Gota de Leche.