Número 108, julio 2019

Toque de queda

Juan Guillermo Valderrama Santamaría. Ilustración: Verónica Velásquez

Ilustración: Verónica Velásquez

 

Llegó la orden desde arriba.
Se tiran volantes por puertas y ventanas.
Pasadas las 7 de la noche, nadie sale ni entra al barrio.
Nadie es nadie: militares, policías o civiles.
Más tarde de las 7 no se puede oficiar misa. Ahora la misa de 7 es a las seis en punto, para dar tiempo a los fieles de llegar a enclaustrarse.
Al que pillen viendo el Noticiero de las 7 se hace acreedor a destierro o a paliza.
Hay que apagar bombillas, radios y televisores los 7 días de la semana.
Los gatos ya no cuentan con 7 vidas, los perros deben ladrar de día y los gallos no cantan de madrugada.
A las 7 se escucha un bajar de rejas y un trancar de puertas en tiendas, casas y heladerías.
Si dan las 7 fuera del barrio, es mejor quedarse dormido por fuera.
Las visitas de novios terminan a las 7; no hay tiempo para otro besito ni otra despedida.
Hasta doña Raquel, la anciana que pide limosna, detrás de las 7 es obligada a desaparecer.
No se aceptan excusas escolares, laborales, médicas ni de otro tipo. Dicen que 6+1 son 7. Y punto.
Las 7 son las 7, y para recordarlas no tañen 7 veces las campanas de la iglesia, no.
Explotan 7 voladores por los aires. Con el último, todos deben estar bajo llave.
Si resulta un muerto natural, o asesinado, se deben esperar las otras 7 para ser levantado. Con los enfermos sucede igual.
Los picaos terminan a las 7, no a los 7 goles; a las 7 en punto, hora de los voladores.
A las 7 comienzan los patrullajes de unas bolitas verdes, del Departamento de Orden Ciudadano. Manejadas durante el día por policías de civil; en la noche, después de las 7, por Los Muchachos con brazaletes del DOC.
Detrás, las motos de los agentes del CAI maniobradas por expertos pilotos y parrilleros, aún sin cédula, que, de changón en mano, hacen piques y piruetas invitando a los rezagados a apurar el paso, para que de pronto no vayan a tener ningún accidente, después de las 7.
Cuando las bombillas del alumbrado público se apagan, se dan por terminadas las 7 y retorna al barrio la vida cotidiana.
Desaparecen las bolitas verdes y los brazaletes vuelven a sus antiguos dueños.
Se escucha abrir candados y subir rejas. Fusiles y pillos dormitan en sus bacanales y los “ciudadanos de bien” retoman la calma por 12 horas.
Los gatos maúllan, los gallos cantan y los perros se orinan antes de llegar a los postes.
Taxis, busetas, colectivos y vendedores ambulantes comienzan su recorrido mañanero.
Las mamás rezan, los papás maldicen y yo maldigo con ellos, porque me han robado otra noche.
Algunos se reúnen para escuchar en un gangoso radio “Cómo amaneció Medellín”.
Apuestan un tinto o una cerveza al que acierte los muertos de la morgue en esa noche: ¿28? ¿30? ¿32?
Las apuestas cesan cuando Diego Vargas Escobar, el locutor, no amanece en Medellín, porque fue asesinado.
Tiempo después, si en el barrio explota un volador, sin importar la hora, sus gentes miran a los cielos con temor, y exclaman: ¡son las 7!. UC