Número 80, octubre 2016

Mi pulso es o bien impetuoso e
incluso producto de violentos ataques de nervios
o lento con una melancolía reflexiva

Edvard Munch

Letra de pintor
Pascual Gaviria

Agonía, Edvard Munch, 1915.
Agonía, Edvard Munch, 1915.

Al comienzo su letra era ordenada y legible, escribía con el pulso esmerado del dibujante y la furia del anarquista. Cartas, esbozos, relatos, recuerdos, poemas: El friso de la vida. Más tarde comenzó a rayar con descuido, trazando ondas lejanas de la ortografía y la puntuación que inundan y se contraen, recetas médicas para tratar una vida atormentada, amenazada por la muerte y las dudas, por la angustia y la locura.

El mismo Edvard Munch entendió al final que esas trece mil páginas manuscritas, guardadas y donadas al ayuntamiento de su natal Oslo, eran parte de un tratamiento propio contra la demencia, contra sus enemigos y contra el tedio: “Cuando releo mis apuntes encuentro muchas cosas ingenuas – y también hay quejas sobre mi propio y triste destino que no resultan varoniles – Supongo que también están escritas para consolarme […] Pero para que sea arte hay que podarlo y eliminar los lamentos meramente casuales”. Munch sabía que sus textos eran pinceladas, trazos rápidos de carbón sobre una tela, pero podían tener valor artístico y dar alguna respuesta a sus preguntas recurrentes: ¿Por qué me habrán traído al mundo sin preguntarme cuando una balita puede decidir mi destino? – Y mientras el café se hacía yo disparaba contra la viga de roble en la cocina – La bala se perdía en la madera dura como un hierro”. Munch sabía que los papeles encierran tesoros, que las páginas guardadas multiplican su valor y que las manchas del tiempo pueden ser destellos para el ojo de quien los guarda: “Luego encuentro un papelito sucio – embadurnado de tinta en el que solo ponía – Querido Ven mañana a las ocho Me incliné sobre el escritorio escudriñé cada letra – estudié cada mancha para descubrir marcas de sus dedos – Hacía mucho que no pensaba en ella”.

Leer a un pintor entrega sorpresas y decepciones. Munch vuelve sobre las escenas, las ideas y los orígenes de algunas de sus obras. Nos entrega algo de sus pensamientos y nos devela algo del misterio de sus cuadros. Pero sus papeles son también una biografía a saltos, un cuaderno de filosofía abierto al azar, un diario sin fechas, la confesión de un enamorado encontrada en un cajón. La infancia del pintor explica un poco su mirada turbia sobre el mundo, sus figuras que se deforman, su conciencia de que todo está desmoronándose.

A los veinte años expuso por primera vez en un salón de otoño en Cristianía, nombre de la Oslo de sus días. Su cuadro Niña enferma fue recibido con entusiasmo por el público y la prensa: “Parece un guiso de pescado en salsa de langosta”, dijo el más hambriento de los críticos. Era la visión de la muerte de su hermana Sophie, la primera de la seguidilla de cinco familiares que cayeron víctimas de tuberculosis. Durante años repitió esa pintura que en sus papeles es un poema breve: “Nos despertaron en medio de la noche – Lo entendimos de inmediato Nos vestimos con el sueño en los ojos”, y una dura nota biográfica que justifica sus múltiples escenas de duelos familiares y sus manías de pintor de enfermos: “Recibí en herencia dos de los peores enemigos de la humanidad – Las herencias de la tuberculosis y la enfermedad mental – La enfermedad la locura y la muerte fueron los ángeles negros junto a mi cuna Una madre que murió temprano – me dejó la semilla de la tuberculosis – un padre hipernervioso – pietista – religioso hasta rozar la locura – de una antigua estirpe – me dejó las semillas de la locura ”.

La policía protagonizó alguna de sus primeras exposiciones, donde los espectadores escupían los cuadros y llamaban al boicot local. Munch solo intentaba representar sus peores días, los momentos que habían marcado sus desgracias.

 

Mirar con el velo de la tragedia y reproducir según las deformaciones del desaliento. Al comienzo Noruega no fue una tierra grata para sus muecas, y terminó como padre de los expresionistas alemanes. Allá entendían mejor sus agobios: “Cuando vi a la niña enferma con su pelo rojo – contra el rostro pálido – la cabeza contra la almohada blanca me produjo una impresión que luego desapareció durante el trabajo – repinté el cuadro un sinfín de veces en el transcurso de un año – Mas tarde comencé a acudir directamente a la primera impresión y a menudo pintaba solo de memoria […] Pinté algunos de los cuadros de El friso de la vida únicamente a partir de la imagen – que me había llegado al ojo en algún momento de agitación – pintaba lo que aún guardaba en mi retina – sí que solo pintaba lo que recordaba – sin añadir nada – De ahí la simplicidad y a menudo el aparente vacío de varios cuadros Pintaba impresiones de la infancia – Los colores empalidecidos de aquella época Pintaba los colores y las líneas que había visto en un estado de agitación – de esa manera lograba que ese estado de agitación volviera a salir vibrando a la luz ”.

Pero Munch tiene otros motivos y otros ángeles. El beso es otra de sus imágenes recurrentes, y sus madonas hacen olvidar el expresionismo. Sus mujeres vampiro recuerdan que fue un amante atormentado, el mismo que recibió un balazo de una novia inconforme, solterón huraño durante más de la mitad de su vida. Según sus papeles, ese descubrimiento, un beso, lo llevó a la pintura: “Dos labios ardientes contra los míos – el cielo y la tierra se desvanecieron y dos ojos negros miraron dentro de los míos”. El relato de un joven que camina por la playa y encuentra una mujer un poco mayor, con una risa extraña que lo hace encogerse como “un perro avergonzado” y lo empuja a un mundo desconocido que termina en el temor y la misoginia. Como siempre en sus relatos largos, el pintor salta de la primera a la tercera persona, del lienzo al frente del caballete: “Aquí fue donde besé por primera vez – el nuevo mundo que me abrió de par en par sus puertas – Allí se levantó para él un palacio construido con el brillo de la luna, el sol de verano – risas y llanto – locura y confusión – Embriaguez y miedo – y repugnante placer La primera amante – Al llegar el invierno el palacio se había derrumbado La radiante mujer no era solo para él – Muchos otros tenían el mismo palacio – Y entonces sintió que todos aquellos finos hilos como una tela de araña – empezaban a dar tirones en su corazón […] Aquel maravilloso mundo desapareció – Él se hundió en las profundidades – yacía entre los cangrejos y las criaturas del mar – El mar se convirtió en la vivienda de la muerte – Y desde aquí pintó el gran friso”.

Munch fue un niño que dejaba sangre en el pañuelo en cada gripa, un joven anarquista en una ciudad puritana, un hombre que desde una orilla aterró a los espectadores y alentó a los artistas. Alumno aventajado de un anarquista menor como Hans Jaeger, fue coleccionista de sus obsesiones, temeroso cuando estaba sobrio y agresivo cuando una botella lo acompañaba. Y dio un grito que hoy fascina a curadores y ladrones de arte, un grito que en palabras parece tan sencillo como el desmayo de un pintor nervioso después de una noche con muchos tragos: “Paseaba por el camino con dos amigos – cuando se puso el sol De pronto el cielo se tornó rojo sangre Me paré, me apoyé sobre la valla extenuado hasta la muerte – sobre el fiordo y la ciudad negros azulados la sangre se extendía en lenguas de fuego Mis amigos siguieron y yo me quedé atrás temblando de angustia – y sentí que un inmenso grito infinito recorría la naturaleza”. UC

 
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