Número 109, agosto 2019

Emergencia en Policlínica

Juan Fernando Ramírez Arango. Ilustración: Mónica Betancourt

El Colombiano
El Colombiano. 12 de mayo de 1985. Archivo Universidad de Antioquia.



En 1985 aparecería uno de los letreros más icónicos de la Medellín ochentera, del que solo queda una foto que adornaría la portada de El Colombiano el domingo 12 de mayo de ese año: “SOLO SE RECIBEN CASOS DE VIDA O MUERTE”. Letrero en mayúsculas sostenidas, en letras bastardas sobre una hoja tamaño carta, pegado a la entrada de Policlínica, el mayor centro de urgencias médicas de orden público de dicha necrópolis. “Aviso grave”, como rezaba el pie de foto del diario leer de los antioqueños, impulsado por la falta de recursos presupuestales que se traducían en hacinamiento, a la sazón se alojaban 180 pacientes en noventa camas, y en la carencia de elementos básicos: “No hay gasas, ni esparadrapos, ni antibióticos, ni suficientes instrumentos quirúrgicos”. Carencia que, por lo tanto, debía ser suplida por los pacientes: demanda desesperada que crearía su propia oferta salvaje en los alrededores de Policlínica: “Una especie de mercado negro, donde algunos aprovechan para especular con la venta de medicinas y material hospitalario”. Aviso grave que, paradójicamente, pronosticaría lo que iba a ser Policlínica a partir de 1986, año que inauguraría el homicidio como primera causa de muerte general en Medellín, esto es, un hospital de guerra. Policlínica como hospital de guerra, como masivo lugar de vida o muerte, omnipresente en la prensa nacional desde ese año de inflexión, pero también recurrente en otras representaciones alejadas de la inmediatez como el cine y la literatura.

Así, en ese 1986, en cuyo último bimestre se filmaría Rodrigo D, una de sus secuencias desembocaría, precisamente, en urgencias del Hospital San Vicente, o sea en Policlínica: la del protagonista junto a otros tres figurantes acompañando a don Filiberto, quien tenía síntomas de derrame cerebral. Secuencia que terminaría con las siguientes palabras de Rodrigo, que darían a entender que un derrame cerebral en potencia no es suficiente para ser considerado un caso de vida o muerte en Policlínica: “Váyanse por aquí, derecho, y volteen allá, que yo creo que los atienden más ligero por ahí que por urgencias”. Secuencia un tanto inconexa que, sin embargo, un año después, en 1987, en el proceso de edición, no sería descartada de la película.

Al año siguiente, en 1988, Policlínica haría su primera aparición en las bellas letras, en Golosina de sal, de Helí Ramírez, en un poema titulado En el comercio de la suerte. Allí, a través de doña Benilde, una anciana que, al quedar viuda, se vería en la necesidad de vender lotería, el finado Helí sugiere que hasta el azar encuentra la muerte en Policlínica: “En una pieza colectiva de Policlínica / doña Benilde para siempre / colgó el gancho en que ensartaba los billetes de lotería para la venta”.

Un año después, en 1989, en “Company Town”, un artículo de la revista Rolling Stone que sería amenazado de demanda por Juan Gómez Martínez, por entonces alcalde de Medellín, el autor, Howard Kohn, apuntaría esto acerca de Policlínica: “Cuarenta víctimas de disparos llegaron el día que estuve allí… Una joven, de unos veinticinco años, había ingresado con una herida de bala en la garganta unos días antes de que yo llegara a la ciudad. La trataron y le dieron una cama. A pesar de los guardias armados en la entrada principal y un puesto de centinela de la policía al otro lado de la calle, nadie detuvo a los dos sicarios que, con las armas en la mano, entraron unas horas más tarde y le dispararon de muerte mientras ella dormía”.

Al año siguiente, 1990, se publicaría No nacimos pa’ semilla, de Alonso Salazar, una suerte de polifonía de los combos criminales de Medellín que giraría en torno a Toño, un sicario de la comuna nororiental, de veinte años, el mayor de muchos hermanos huérfanos de padre, quien, tras sufrir un atentado de Los Capuchos, un grupo de autodefensa, moriría lentamente en Policlínica: “Con voz tranquila empieza a contarme su vida, mirándose hacia adentro, como haciendo para él mismo un inventario”. El inventario iniciaría con la mala estrella de los trece muertos que llevaba encima. El 13 de mayo de ese mismo año, en “Esas son las cosas que te da la vida”, kilométrica crónica de Juan José Hoyos acerca de Rodrigo D publicada por El Tiempo, se diría esto de Ramón Correa, coguionista y actor fallido de la película: “Hay un muchacho más que no apareció en Rodrigo D, pero que es fundamental en su historia. Se llama Ramón y también vive en Villa de Guadalupe. Según Víctor, él es el verdadero guionista de la película. Cuando empezó el rodaje, el muchacho estaba en la cárcel de Bellavista. Lo habían capturado en las puertas mismas de Policlínica, hasta donde se arriesgó a ir llevando en un taxi a un amigo moribundo. El amigo había sido herido a balazos durante un asalto a una tienda. Ramón fue interrogado por la policía y prefirió ser condenado como cómplice antes que delatar a su amigo”.

Un año después, en 1991, un artículo titulado “Morir en Medellín”, publicado por la revista mexicana Nexos, empezaría en Policlínica: “En Medellín todo el mundo sabe que si te balacean, atropellan o apuñalan hay que ir a Policlínica, una clínica de urgencias a cargo del Hospital de San Vicente: los cirujanos e internos que atienden ahí las noches de fin de semana tienen una experiencia inigualada y la fama de hacer milagros. La vigilancia en la clínica es estricta; se han dado casos de asesinos frustrados que fueron a rematar a sus víctimas a la sala de recuperación, así que ahora los guardias en la entrada se cercioran de que sólo entren los heridos y sus acompañantes. Un sábado, a la medianoche, vi bajar de un taxi a un hombre al que la sangre se le filtraba por un gran hueco en el pelo. Aún podía caminar, y le tocaba hacerlo, porque la clínica no tiene camilleros para ayudar a los pacientes que ingresan, y aunque en menos de diez minutos vi cinco hombres gravemente heridos, no llegó una sola ambulancia”.

Al año siguiente, en 1992, en una antología de narraciones recogidas por Rubén Darío Lotero en sus clases de español, titulada Historias de la calle, una de ellas expresaría que solo las promesas de corto plazo sobreviven en Policlínica: “En noviembre mataron a un amigo mío. Él me quería pero a mí solamente me gustaba. En toda la iglesia de San Blas le dieron tres balazos. Él no murió ahí mismo; alcanzó a llegar a Policlínica. Cuando estaba allá, yo llegué a tiempo y pude hallarlo vivo. Yo le dije que él no moriría. Pero me dijo que ya sentía la muerte, que le hiciera una promesa. ‘Pasaré tres años sin tener amigos especiales como tú’, le dije. ‘Tanto no; seis meses’, replicó. ‘Siquiera un año’, le pedí. ‘Está bien’, me dijo. Me quedé con él tres horas y por la noche falleció”.

Un año después, en 1993, en Mujeres de fuego, libro de testimonios de milicianas y justicieras de Medellín, quedaría claro que, ante esa sangrienta ciudad, ni siquiera un aborto salido de madre era considerado caso de vida o muerte en Policlínica: “—Estoy embarazada del Bambino y no quiero tenerlo —me dijo.

Nos recomendaron una señora de Lovaina que hacía abortos. La buscamos por la calle que lleva al cementerio de San Pedro, en una casa pintada de un color amarillo con las paredes roñosas. Nos abrió una señora de unos cuarenta años con un delantal de cocina. La hizo acostar en un cuarto oscuro, que hasta tenía telarañas, y le metió una tripa rosada por la vagina.
—Sáquesela mañana y tendrá su problema solucionado.

Al día siguiente Marcela me dijo que no tenía valor para sacarse la tripa. Nos metimos a una pieza y con los ojos cerrados se la saqué. Como a la media hora le empezó la hemorragia más hijueputa, le salían los troncos de sangre. Pensé que se iba a morir y arranqué con ella para Policlínica pero no la quisieron atender. Le pedí a una patrulla de la policía que nos llevara a la clínica del CES, donde le hicieron el curetaje y le pararon el desangre”.

Rolling Stone. Abril de 1989. Archivo personal.

Rolling Stone. Abril de 1989. Archivo personal.

Finalmente, un año después, en 1994, en La virgen de los sicarios, Policlínica sería mencionada cuatro veces, la última en una pesadilla del narrador en primera persona y protagonista de la novela, en la que le ruega a los médicos de turno que atiendan a Colombia, que salven a Colombia herida de muerte: “Mientras en las comunas seguía lloviendo y sus calles, ríos de sangre, seguían bajando con sus aguas de diluvio a teñir de rojo el resumidero de todos nuestros males, la laguna azul, en mi desierto apartamento sin muebles y sin alma, solo, me estaba muriendo, rogándoles a los de Policlínica que le cosieran, como pudieran, aunque fuera con hilo corriente, a mi pobre Colombia el corazón. Luego entraba adonde el director a pedirle que mandara cerrar las puertas del hospital porque por todas partes venían a rematarla asesinos contratados, sicarios”.

Posdata 1: También en 1994, en una columna de El Tiempo titulada “Lo perverso reina en los titulares”, Tom Quinn daría a entender de manera irónica que si en Policlínica no se atendieran solo casos de vida o muerte no sería la máquina de producir titulares que es.

Posdata 2: Según el periódico de salud El Pulso, entre 1980 y 1984, o sea en los cuatro años anteriores a la aparición del letrero que adorna este artículo, Policlínica impondría el récord mundial de más operaciones de corazones heridos por causas violentas o, lo que es lo mismo, de más cirugías a corazón abierto por trauma, con un total de 1022 casos. “Mientras que un hospital de referencia en Estados Unidos atendió 711 casos en 20 años”.

Posdata 3: Un año después de la aparición del letrero que adorna este artículo, o sea en 1986, según El Pulso, Policlínica “atendería en urgencias 46 000 consultas y 14 500 hospitalizaciones, por lo que casi todos los recursos se dedicarían a urgencias y traumas, y a reorganizar el servicio para convertirla poco a poco en un hospital de guerra”.UC

Universo Centro N°109

ver en el número 109:

Descargar pdf