1. Dos cajas forradas en cinta negra, una lámpara rota, un televisor y una esponjilla en la cocina. Todo era viejo y era todo lo que habían dejado. La que fuera dueña y habitante de la casa había muerto hacía días y su único heredero, un sobrino adulto que vivía lejos, dejó todo encargado a una oficina de arrendamientos. Pintaron y acondicionaron el apartamento para hacerlo habitable. Lo que dejaron fue lo que faltó por botar. Me pidieron que guardara todo por unos días y me hicieron entrega de las llaves en una cajita redonda de metal. En la tapa estaba escrito, a mano y con letra cursiva, “Filatelia”. Me dijeron que por vivir en el primer piso debía cambiar siempre el bombillo de la entrada al edificio y me pidieron que los llamara para confirmar el pago de cada mes.
2. La vecina de enfrente, Judith, vivía con su hijo y fue la primera que llegó a contarme dónde estaba. Allí, donde ella y yo hablábamos, había vivido Gabriela. Murió vieja y sola. La acompañaban un perrito y mucha basura, cosas que había ido acumulando. Andaba siempre pegada de una pipeta de oxígeno y dormía con su perro en el cuarto de atrás. Judith me dijo que su madre, quien también había muerto, fue la única amiga de Gabriela y que ella nunca les permitió entrar a su casa. Murió asfixiada y solo se enteraron dos días después cuando ella no salió y el perro no ladró. Entraron y la encontraron muerta, recostada en un sillón. El perrito murió días después, consumido, en la casa de alguien que lo acogió. Quedó seco y más pequeño de lo que era.
3. La superstición espera algo del mundo. La teología también. Esperan que el mundo y la vida decidan hablar y que seamos nosotros quienes escuchemos y quienes, iluminados, usemos las claves descubiertas para juzgar y juzgarnos. Como si fuésemos distintos, nosotros y el mundo. Como si hubiese entre los dos puntos una distancia insalvable. Somos siempre, a la misma vez, destinatario, remitente y parte del mensaje.
Sigo percibiendo de múltiples maneras lo que pasó. Cuando pretendo organizarlo, asumo que ha sido una combinación de coincidencias, suertes y curiosidades, pero lo son en la medida en que estoy profundamente implicado en el sentido que les atribuyo. Son necesarias. Si así no fuese nada habría notado. Otras veces un pequeño teólogo supersticioso alza la antorcha y decreta, junto conmigo, que se me apareció, que sin palabras, ni cuerpo ni existencia, me habló y me hizo su testigo.
Encontré un tesoro en el apartamento. Una cajita fuerte. Empotrada en el muro, con la fachada falsa de un tomacorriente. Un guardado. Un escondido. Cerré la ventana y miré con cuidado que nadie estuviera cerca. Volví a abrir y a mirar. Con mucho cuidado. No había nadie. Fui y aseguré la puerta de la casa y volví a ver mi hallazgo.
4. Aparentemente todo ha sido construido, reconstruido, excavado y horadado y pocos resquicios de la vida en las ciudades –de orden material o simbólico, o de cualquier otra índole– no han sido echados abajo y erigidos nuevamente antes de que los habitemos.
Movilización es el lema. Adaptación es la herramienta. Ostracismo es la amenaza. Histeria. Un derrumbe que nunca acaba. Estos, lo sabemos bien, no son tiempos para descubrir tesoros.
Tuve que forzar la cerradura. Un destornillador y un martillo. Tres golpes secos. Cayó el seguro y se vieron dos bolsitas de cuero que cubrían dos cajas de madera. Eran cajas antiguas de cigarros.
Pocas cosas igualan la perplejidad del descubridor. Me preguntaba si debía contárselo a alguien. Al heredero o a la oficina de arrendamientos. Legalmente, consulté, debía contárselo al dueño del lugar y darle parte del botín. ¿Pero qué botín? Adentro había prendedores, escapularios, aretes, anillos y medallitas religiosas. Nada ostentoso. Todo muy curiosito y peculiar. Dispuestos sin ningún orden en cada cajita. Tirados. Sin duda nadie más había visto este tesoro de baratijas. Eran de Gabriela. Decidí, sin embargo, no decírselo a nadie. No había allí nada valioso y desconfié de poder enredarme en líos al comunicarle al heredero que había encontrado el tesoro de su tía, pero que solo era una colección de baratijas y antiguallas insignificantes. Un semillero de pleitos, presentí, y nada dije a nadie.
5. Una notificación. Querían vender el apartamento. Yo no quería comprarlo. Tenía que partir. Reparé y alisté la casa. La limpié, pinté algunas paredes y fijé una cita con el operario de la agencia de arrendamientos. Debía entregar la propiedad. Revisando, cuarto por cuarto, le iba dando cuenta de que muchas cosas estaban tal cual las había recibido y que otras habían empeorado con el tiempo. Él tomaba nota y hacía un inventario minucioso. Llegamos al cuarto del servicio. Allí estaban todavía las bolsas de basura, la lámpara rota y el televisor. No dije nada. A él le quedó claro que me faltaban cosas por sacar. Solo pregunté, para cerciorarme, qué iban a hacer con el apartamento y me respondió que el propietario quería que lo pintaran, que botaran todo lo que sobraba y lo pusieran a la venta. “Hay que dejarlo limpio”, dijo. Pregunté entonces si el propietario vendría. “No, él nunca ha venido, ni conoce la propiedad”, respondió. Vértigo.
6. La antorcha del teólogo brillaba a lo lejos. “Hay algo allí que no ha sido visto, algo que no se ha contado y que contiene una verdad”, murmuraba. No me resistí mucho a la seducción de ese viejo, nuevo hallazgo. Ansiedad. Había olvidado esas cajas. La cajita Filatelia. El tesoro encontrado. Las cajas no examinadas. Una promesa estúpida de verdad. “Tengo un compromiso ya. Lo había olvidado”, le dije al operario. Lo lamenté mucho en su presencia, mientras se marchaba. Esperé que con eso bastara. Cerré la puerta, aseguré la puerta y cerré las ventanas. Volví a fijarme que el joven no estuviera. Que nadie estuviera. Saqué las cajas, ya en medio de la casa vacía, y las rompí con unas tijeras.
7. En una caja, solo tela para cortinas, un lápiz y unas tijeras. En la otra había varias cosas. Entre ellas un sobre con cartas. Casi todas recibidas entre 1960 y 1964. Unas las remitían las Guías Scouts de Colombia; otras eran de Lolita, una amiga de su familia, y otras de las Reverendas Madres de La Presentación, de Abejorral, en Antioquia. Allá nació en 1936 y se crio hasta el 60. Era la mayor de sus hermanos. Vivió muchos años en una de las calles principales del pueblo. Con su hermano Miguel, su hermana Libia María, su padre Ramón y su madre Libia. El padre murió en el 57 y Miguel se fue a vivir a Bogotá. Para el 60, Gabriela y Libia, la mamá, también estaban allá. Libia María se fue a Medellín. Gabriela nunca volvió a Abejorral.
Las Guías Scouts firmaban así todas sus cartas: Siempre listas. Muchas comienzan con una recomendación y unos buenos deseos. La encomendaban fervorosamente a la Virgen María y le deseaban una vida tranquila y en Cristo. Guías Scout ultracatólicas. Según las cartas, eran dos sus actividades habituales. O celebraban misas o hacían semanas enteras de “ejercicios espirituales”. En ninguna de estas cartas deja de figurar una especie de acta ejecutiva, siempre al reverso y al final, en la que se da cuenta de las misas, sus asistentes y las excusas consignadas por las faltantes. Muchas misas. Por los muertos. Por las ánimas. Por los que se estaban muriendo. Por los que iban a morir. Por la Virgen, por su hijo, por su padre. Por sus hijos. Por la paz. Por la paloma. Por el inicio de la semana. Porque el miércoles ascendieron y el viernes sucumbieron. Misas para dar gracias y misas para arrepentirse.
Al parecer, Gabriela contestó las cartas de las Guías hasta el 62. Le agradecían, eventualmente, porque era quien se hacía cargo de enviar desde Bogotá las tarjetas y recordatorios de primeras comuniones y las semanas de ejercicios espirituales. “Es una dicha —dice en algún lugar una de sus Reverendas— poder contar con ilustraciones tan hermosas, a color y en un papel tan exclusivo, para fijar el recuerdo de momentos tan especiales en la vida de sus compañeras”. Por una cara una imagen bíblica o edificante según versículos de la Biblia. Por la otra, el nombre de cada estudiante, la fecha y el número de ejercicios espirituales a los que había asistido.