¿Y tú qué vienes a hacer aquí a la cocina?
—me preguntó Daniel, un joven salvadoreño que conocí en Café Salsa, un restaurante latino que recién abría sus puertas en el verano del 2009 en la calle 14 de Washington, DC.
—Vengo a recoger la comida. Soy el nuevo food runner —respondí con desconfianza, pues era mi primer día y esperaba otra bienvenida.
—¡Va! ¿Pero cómo es eso, si tú eres colombiano? —replicó el centroamericano.
—¿Qué tiene que ver el hecho de que sea colombiano? Vine a trabajar. ¿Tiene algo de malo? —le dije.
—Pues me parece muy raro porque todos los colombianos que conozco hablan inglés, son meseros y hacen plata. Vos sos el único culero que viene aquí a recoger platos.
En la jerga salvadoreña, culero es la grosería comodín. Se refiere a la persona que usa el culo para el placer sexual, aunque en ciertos contextos se convierte en una expresión fraternal. Es como gonorrea en Medellín, una forma vulgar de insultar al enemigo o reírse con el amigo. Este tipo de palabras no deberían aparecer en una publicación que respeta el idioma, pero con ellas entendí un poco mejor cómo nos perciben otras culturas en Estados Unidos.
Pasó un mes desde mi debut en Café Salsa. Me iba muy mal. Mi jefa, Isabel, una caleña, quería echarme desde el principio. Supongo que nunca se soltaba el cabello para mantener su impecable estilo militar. Cuando llegaba al restaurante, hacía una ronda por las mesas revisando el brillo de los vasos. Una huella digital en el cristal podría significarle menos horas de trabajo a un empleado, y por eso los veinte segundos de requisa daban pánico.
Una vez me sugirió que buscara trabajo en otra cosa, porque “gente como yo no debería estar ahí”. No supe si lo dijo por mí entonces inútil título universitario, o por lo inútil que era como trabajador. Y nunca lo sabré. Seis años después, averigüé que Isabel pagaba diez mil dólares de renta por el local, que sus cheques con frecuencia resultaban sin fondos, y que huyó para Colombia porque tenía problemas de impuestos con el Servicio de Rentas Internas (IRS por sus siglas en inglés), que en Estados Unidos mete más miedo que una corte federal.
Isabel nunca decía groserías, pero era cruel conmigo. Daniel y sus amigos las decían todo el tiempo, pero solo querían burlarse de mí.
Un día, como de costumbre, llevé la comida al lugar equivocado porque no entendí el número de silla y cliente. Esto alivió la noche aburrida de Daniel y sus amigos, quienes no paraban de murmurar en la cocina condimentando mi desgracia. Esa noche de sábado finalmente hice estallar una bomba de frustración que tenía adentro:
—¡No me jodan más malditos pirobos! —les grité con energía. Me desahogué, me sentí bien.
Imposible olvidar la reacción de esos tipos. Estaban felices, se reían como si hubieran escuchado el mejor chiste y, peor aún, me pedían con insistencia que repitiera la palabra desconocida. Con gusto lo hice:
—¡Malditos pirobos!
Lo que nunca imaginé es que ese insulto sería mi condena. Hasta el día que me echaron del restaurante, nadie volvió a llamarme por mi nombre. Para ellos, yo era ‘Pirobo’, el colombiano que recogía la comida.
Sin duda, entre la comunidad hispana de Estados Unidos hay una extraña fascinación por Colombia. Desde lo bueno, como las selecciones de ‘El Pibe’ y ahora James; hasta lo malo, con la cultura traqueta de Pablo Escobar. Aunque me prometí no ver El patrón del mal, sucumbí porque no soportaba mi ignorancia en tantas conversaciones con centroamericanos, mexicanos, venezolanos, y hasta una colega argentina que me encanta. La única vez que pude captar un buen rato su atención fue para explicarle qué tan real era la serie.
Pero esta fascinación también se sustenta en un estereotipo construido por nuestros connacionales en medio siglo de historia. Según la Cancillería, 4.7 millones de colombianos viven en el exterior, de los cuales el 36 por ciento están en este país. Se cree que unos cuatrocientos mil están indocumentados, y la comunidad más grande está en Miami Dade, Florida.
Por su parte, el Centro de investigación Pew asegura que el porcentaje de colombianos en Estados Unidos que viven en la pobreza es del trece por ciento, una cifra inferior al promedio general del país. Para el 2011, el ingreso promedio de un colombiano mayor de dieciséis años en Estados Unidos era de veinticuatro mil dólares al año, mejor que el promedio general entre hispanos pero inferior al de la población total. Y además, el sesenta por ciento de los colombianos en Estados Unidos habla muy bien inglés. Tenía razón Daniel el salvadoreño, cuando me criticó por ser food runner y no mesero. (El food runner no habla con el cliente y cobra una mínima comisión de la venta final. El mesero convence al cliente de consumir y cobra, en Washington, una propina promedio del dieciocho por ciento).
Pero no es una tendencia nueva, según Juan González, un periodista de origen puertorriqueño que escribió Harvest of Empire (La Cosecha del Imperio) para contar la historia de los hispanos en Estados Unidos, las primeras olas de colombianos llegaron en los sesenta. A diferencia de cubanos y dominicanos, no eran perseguidos políticos. Tampoco contratistas o campesinos como puertorriqueños y mexicanos, sino en su mayoría trabajadores con mano de obra calificada, provenientes de la clase media, y más blancos que negros, un detalle que en esa época significaba la diferencia entre la felicidad y la tristeza.
Los colombianos, cuenta González, escapaban de la crisis industrial y la inseguridad creciente en la segunda mitad del siglo XX: asesinato de Gaitán, La Violencia, Farc, ELN, narcotráfico, en fin. Esas personas —unos 72 mil en los años sesenta— no necesariamente buscaron trabajo en restaurantes y sastrerías, sino en puestos calificados, lo que les permitió superarse rápidamente. De hecho, los primeros negocios colombianos en prosperar no fueron cacharrerías, compraventas o panaderías, sino imprentas. Fue la época dorada de los impresos y era normal ver paisas, rolos, caleños o costeños maquetando periódicos. Mucho mejor que servir comidas…
Me echaron de Café Salsa porque un viernes en la noche dejé caer dentro de un ascensor más de cincuenta mojitos que iban para una fiesta en el segundo piso. Los vidrios se metieron entre la ranura por la cual se mueve la puerta y el ascensor quedó atascado. Eso activó la alarma que rechinó por una hora, llegaron los bomberos y el restaurante quedó desocupado.