Número 112, diciembre 2019

Rodrigo D: tres obituarios y un aviso clasificado

Juan Fernando Ramírez Arango



Por estos días, hace 33 años, o sea entre el 26 de octubre y el 30 de diciembre de 1986, se estaba rodando Rodrigo D. Allí, en un tiempo muerto de la filmación de la única secuencia que reuniría a todos los actores principales de la película, hecha en El Temprano, aquella finca abandonada a la que le sobrevivían escasos muros en pie y una piscina mohosa, y a la que los muchachos iban, entre otras cosas, a “brincar”, es decir, a simular peleas con arma blanca, fue tomada la instantánea que acompaña este texto. En ella, de izquierda a derecha, están: Jeyson Idrian Gallego, alias el Trapia, Francisco Marín, alias Francis, Carlos Mario Restrepo, alias Rata Mona, y Wilson Blandón, alias el Alacrán, el primero, el tercero y el cuarto, junto a Ramiro Meneses, protagonistas de dicha ópera prima cinematográfica. Aunque la foto aparece en pantalla en tres documentales, en Mirar al muerto, por favor, Cuando llega la muerte, y Yo te tumbo, tú me tumbas, Víctor Gaviria no recuerda a ciencia cierta quién la tomó ni sabe quién la tiene. Lo curioso es que esa instantánea, como se relatará a continuación, predijo el orden cronológico en el que esos tres protagonistas serían asesinados en la vida real.

El Trapia

Fotogramas tomados del documental Mirar al muerto, por favor. 1988.
Fotogramas tomados del documental Mirar al muerto, por favor. 1988.

Nacido en 1970, era el más joven del elenco, desde los cinco años conocido por Ramiro Meneses, “Jeyson era como uno de mis hermanitos”, y es que las madres de ambos eran amigas de larga data y socias en una venta de empanadas. En el libro Víctor Gaviria, los márgenes al centro, Ramiro cuenta que, hasta los cabalísticos trece años, Jeyson “era un pelmazo con tendencias homosexuales, un muchachito al que todas las personas le decían: ‘Haga esto y lo otro’, hasta que explotó un día y decidió que no”. El punto de inflexión que marcaría esa explosión negativa, tendría nombre propio, el Conejo, “la única persona mala, mala, mala en Rodrigo D”, con el que Jeyson haría buenas migas. El Conejo, un figurante que solo estaría en pantalla 49 segundos para narrar cómo su hermanito volvió de la muerte después de que le cayera un ladrillo en la cabeza, fue el que, según el libro El pelaíto que no duró nada, le puso a Jeyson el alias de Trapia, cuando corría 1983 y Jeyson se había convertido en un soyado, en un fanático del rock vieja guardia y de la mariguana y se había dejado crecer el pelo como si fuera una trapiadora. Ese mismo año aprendería a manejar moto y a armarles y desarmarles el motor. Además, finalizando esa vuelta al sol, lo amenazarían de muerte por primera vez, obligando a su familia a trastearse de La Salle a Villa Guadalupe. Allí, en el distópico 1984, se haría jíbaro y conseguiría su primer fierro, un 38 largo “que le había robado a un man del tránsito en Boston”. Con ese fierro, en 1985, empezaría a robar a diestra y siniestra, “cambió el rock por el robo”, y heriría a Toño, un “man que le tenía la mala” y que no le quiso prestar un inflador. Ese mismo año se enamoraría de Janeth, una vecina casada y con dos hijas que le llevaba cinco abriles de diferencia. Las hijas eran mellizas pero se diferenciaban porque una tenía una oreja enroscada y era la que no quería a Jeyson. Con Janeth el balance sería deficitario, tendría más bajas que altas, tanto que, cada vez que tenía rabia con ella, le daba por quemar billetes: “Prefería que se quemaran a que le sirvieran a Janeth y a las niñas”. En el balance general de ese 1985 también estaría su primer “cascado”, una culebra del Palomo, uno de sus parceros, que vio “botada” por el sector de Probien. Lo mataría desde una moto con su segundo juguete, una Walther P38, de un solo tiro: “Se lo di más certero que un hijueputa”. Por ese chulo encima le tocaría huir del barrio: a través de Ramiro Meneses, que ya vivía allá, Víctor Gaviria le daría posada en su apartamento. Así, impelido por el acoso de sus enemigos, por eso se filmaría al otro lado de la ciudad, en El Diamante, ingresaría a la película. A la que llevaría algunos de sus dichos, el más recordado “qué punk”, sinónimo de “qué chimba”, para denotar lo bien que se está en una ocasión o situación. Y en la que sería asesinado dos veces, desde dos puntos de vista, el de su asesino y el de él. Después del rodaje de la película retornaría al barrio, donde rápidamente sería herido en un cruce por Los Balsos, “la bala le entró por el cuello y le salió por la espalda”, inhabilitándole por un tiempo su brazo diestro, el de disparar. Inhabilidad que no le impediría cometer su segundo asesinato, a alias Pony, quien lo había amenazado de muerte días atrás. Hecho por el que tendría que abrirse de Medellín un mes, una semana en Bogotá y tres en Cúcuta, donde recuperaría por completo la movilidad del brazo. De regreso, restándole ocho meses para morir, cambiaría de parche, comenzaría a trabajar de jíbaro en la casa de vicio de la Kika. Allí, se haría adicto al bazuco y le entregaría su segundo aporte lingüístico a la ciudad, al denominar a esa droga, por la taquicardia que produce, “taquis”, y a sus consumidores “caritaquis”, ambas palabras incluidas dieciocho años después en el Diccionario de parlache. El 30 de noviembre de 1987, un señor apellidado Arredondo lo contrataría como sicario, para eliminar a alias Lolo, un ladrón del barrio, a cambio de 150 mil pesos. Al cual borraría del mapa el 23 de diciembre, de seis disparos, con un 32 al que llamaban El niño Dios, porque la Kika lo había conseguido el 24 de diciembre de 1986. Con parte del pago, el 6 de enero, se iría diez días de vacaciones para Coveñas, no sin antes, el 30 de diciembre, robar una boutique junto al Alacrán. Un mes después, el 22 de febrero, se suicidaría su mejor amigo, Hugo Arley, de un changonazo en la cabeza. En el velatorio, Jeyson haría abrir el ataúd para tocarle la cara y los pies y preguntarle lo siguiente: “¿Quién será el próximo, parcero?”. La respuesta la daría él mismo mientras enterraban a Hugo Arley en Campos de Paz: “Yo voy a ser el próximo”. Y no se equivocaría: quince días después, el 6 de marzo de 1988, en la cancha de La Salle, de cinco tiros en la cabeza, lo asesinaría un tío del Pony.

Posdata 1: Un día antes de ser asesinado, el sábado 5 de marzo de 1988, en compañía del Alacrán, iría a la productora Tiempos Modernos, donde Víctor Gaviria les anunciaría que serían los protagonistas de su próximo mediometraje, El paseo.

Posdata 2: Nueve meses después, en diciembre de 1988, Víctor Gaviria le escribiría un kilométrico poema titulado “El mejor de mis actores”, el que busca sin cesar la tumba de Jeyson, quien había sido enterrado a cuatro de distancia de Hugo Arley, y no la encuentra: “Subo hasta el final de la colina y luego bajo haciendo eses / y el nombre Jeyson se ha esfumado”.

Rata Mona

Carlos Mario Restrepo, alias Rata Mona, aparecería a último momento, para reemplazar al actor natural cuyo testimonio le había agregado un nuevo hilo narrativo a la película, el de los pistolocos. Se llamaba John Galvis, le decían Johncito. En uno de los dos detrás de cámaras de esa ópera prima cinematográfica, titulado Cuando llega la muerte, lo recuerdan telegráficamente: “Asesinado días antes del rodaje. Actor intangible de la película. Muchos de sus pensamientos y expresiones están en ella”. Lo asesinaron a los diecinueve años, linchado, cuando intentaba robarse una moto en el barrio Santa Gema. En el otro detrás de cámaras, titulado Mirar al muerto, por favor, lo recuerdan así: “John Galvis permitió, a través de su confianza, que sus amigos trabajaran con nosotros en la película”. Por eso le había dicho a Víctor Gaviria que si le pasaba algo y no podía actuar, buscara a un amigo suyo para que lo sustituyera, al que le decían Rata Mona, quien había matado a un celador en un asalto y se había escapado para Yarumal, donde trabajaba como obrero de las Empresas Públicas de ese municipio. Por él iría doña Magnolia, su madre, quien, diez años más tarde, haría de progenitora del Zarco en La vendedora de rosas. En “Esas son las cosas que te da la vida”, extensa crónica de Juan José Hoyos publicada por El Tiempo el 13 de mayo de 1990, o sea un día después del estreno mundial de Rodrigo D en Cannes, Víctor Gaviria narra la llegada de Rata Mona: “Llegó en un bus, a la una de la mañana. Yo casi no lo creo: era mono y tenía una cicatriz en la cara. Caminaba como un gato. Parecía de caucho. Era un príncipe. ¡Era igual a John! Hablaba como él. Yo pensé: bueno, él nos lo mandó”. Antes del rodaje de la película, Rata Mona le explicaría a Víctor Gaviria la nueva acepción que había sumado en la Nororiental el antioqueñismo “traído”, que ya no solo era el regalo de navidad, sino también la persona que va a ser asesinada. Y agregaría que él, así como Johncito lo había sido, era un ejemplo de traído. Paralelismo que expresaría entre lágrimas, porque “cada que él hablaba de John, lloraba”. En la película, a los 41 minutos, en El Temprano, en un diálogo con el Alacrán, Rata Mona juntaría ambas acepciones en una línea: “Llega el día de los traídos y a la final uno puede ser el traído, güevón”. A continuación, aunque once minutos antes había dicho en pantalla “a mí no me gusta que me pronostiquen las cosas”, añadiría lo siguiente: “O llega el 31 y uno puede ser el muñeco de año viejo”. Frase que, por poco, pronosticaría su muerte, ya que el 31 de diciembre de 1989 le pegarían un changonazo en la cara, dejándolo irreconocible. Atentado que, según doña Magnolia, “lo traumatizó aún más. Y ligero, ligero, como a los dos o tres meses, se hizo matar, porque él se hizo matar”. Tanto así que, ese día inevitable, antes de salir de la casa, se quitaría su escapulario de la Virgen del Carmen y dejaría el fierro en el nochero. ¿Qué día fue y cómo lo mataron? Que responda Víctor Gaviria: “Lo mataron el 27 de marzo de 1990, el mismo día que la película fue aceptada para concursar en el Festival de Cannes. Guillermo, el productor, subió al barrio a buscarlo. Queríamos que bajara a celebrar la noticia con nosotros. Él estaba embalado. No quiso venir. Al día siguiente, por la mañana, ya era otro muñeco más. Le pegaron varios tiros en la cara con una escopeta recortada. Yo no pude celebrar la invitación a Cannes. Me encerré en la casa a llorar”.

El Alacrán

El mejor amigo de Johncito era el Alacrán, quien estaba de viaje al momento de su muerte, de la que se enteraría telefónicamente, de boca de doña Nena, la madre del finado: “¿Con quién hablo? ¿Con el Alacrán? Véngase mijo que le tengo algo bueno para usted, pero a Johncito lo mataron”. El Alacrán creería que ese algo bueno era la pistola 9 milímetros de su mejor amigo. Pero no, era Víctor Gaviria y los 35 milímetros de su ópera prima cinematográfica: “Cuando yo llegué, ya hacía una semana que lo habían matado. Cuando yo vine los manes de la película estaban en la casa de él y yo llegué todo punkero de carretera, todo punkerizado porque andaba en rotten”. No sé qué significará el fraseologismo “andar en rotten”, pero en La ira es energía, autobiografía de Johnny Rotten, el exvocalista de los Sex Pistols se autodefinió como “algo que todos podían odiar en igual medida”, sí, como a un alacrán. En “Esas son las cosas que te da la vida”, Víctor Gaviria también narra la llegada del Alacrán: “El Alacrán llegó como quince días antes del rodaje. Venía de Santa Marta, con unos punkeros. De esos que viven por ahí, y hacen artesanías, y atracan… Traía en los bolsillos un ratón y varias cucarachas”. La pandilla de punkeros a la que pertenecía el Alacrán se llamaba Los penes erectos, cuyo distintivo era bastante literal: la palabra “PUNK” tatuada en el pene de cada uno de sus cófrades, que se desplegaba con toda claridad a la hora de la erección: “Íbamos a un baile de punk y dañábamos el equipo. Varilla corrida y cadena con la que rompíamos parlantes y todo lo que veíamos. Usábamos navajas y era un descontrol total”. Finalizando el rodaje de Rodrigo D, el Alacrán sería encarcelado. Tras salir de la cárcel se alejaría de Los penes erectos y se uniría a Los Cariñositos, una banda de sicarios de la Nororiental: “El jefe de esa banda se llamaba Norberto. Tenía plata a morir, pero era una coscorria. Ponía a los pelaos a hacer cruces para él y después se los culiaba, porque eso sí: era un cacorro al piso”. Corría 1988 y el Alacrán le robaría un tiempo a Los Cariñositos para volver a rodar con Víctor Gaviria, esta vez un mediometraje titulado El paseo, en el que encarnaría a su difunto mejor amigo, un NN llamado John que resucita para volver a delinquir. Ese mismo año el Alacrán conocería a su alma gemela, una expunkera que también había acabado de salir de la cárcel y que, como él, tenía tatuado el símbolo de la anarquía arriba del dedo gordo de la mano derecha: “Qué chimba de casualidad, dijo, y salió diciendo que él y yo éramos como hermanitos”. Con ella se iría a vivir a la pieza de un inquilinato, “cinco lucas pagamos por ella”. Allá, entre otras actividades, leerían poemas de Helí Ramírez, “que al Alacrán le gustaban mucho”, y reemplazarían el punk por la salsa: “Cuatro paredes a solas conmigo, cómo lloramos y cómo sufrimos, era la canción que le gustaba cantar a él”. Tres paredes de la pieza las adornarían con fotos de carros y de motos de unas revistas que les había regalado Víctor Gaviria, y en la pared restante el Alacrán escribiría lo siguiente: “La vida es la construcción de la muerte”. Vivirían juntos diez meses, hasta las postrimerías de 1989, momento en que el Alacrán volvería a rodar con Víctor Gaviria, esta vez un documental para la ZDF de Alemania, titulado Yo te tumbo, tú me tumbas, sobre los pistolocos de Rodrigo D que seguían vivos. Tras el rodaje el Alacrán, junto a Tito, su socio del gatillo, asesinarían a Norberto, el susodicho jefe de ambos en Los Cariñositos: “El día anterior habían hecho un cruce para Norberto, habían tumbado a un fuerte. Como a las nueve de la noche, cuando Tito y él estaban celebrando, Norberto los mandó a llamar para que estuvieran con él en el apartamento. Imagínese a ese cacorro encerrado con ellos dos solos. El Alacrán al principio se dejó manosiar, como si nada, pero cuando el Norberto estaba empelota y todo entusiasmado, le descargaron las metras. Bala corrida fue la que le sobró al cacorro”. Ese asesinato lo convertiría en un muerto pendiente en la Nororiental, por lo que no volvería a subir al barrio. Su alma gemela, sin embargo, se lo encontraría esporádicamente en el Centro de Medellín, donde el Alacrán le diría, entre otras cosas, que estaba trabajando para “un fuerte” que le pagaba a él, a Tito y a otro sicario “un apartamento muy lujoso en Envigado”. Tres días antes de ser asesinado, Wiston, uno de los figurantes de Rodrigo D, se lo encontraría también en el Centro: “Yo me pillé con él el viernes. Yo iba por La Playa. Qui’hubo, Wiston, bien o no. Y yo: Está muy bien hermano, está muy bien vestido. Ah, no, loco, camellando. Y yo: ¿Sí? Cuídese, que esto está muy caliente, hermano. Cuídese. Y me dijo: Sí, loco, esto está muy hijueputa. Y a los tres días me dicen: Mataron al Alacrán”. ¿Cómo lo mataron? Según palabras de su alma gemela publicadas en “La historia de Edilma”, de Ricardo Aricapa, así: “Tito y él se fueron a hacer un cruce, a tumbar a un tombo. Lo coronaron, pero la Toyota en la que se abrieron estaba muy mala y se varó. En esas los alcanzó la parca que los venía persiguiendo, llena de tombos, y en el abaleo los mataron. Y para que vea cómo son las ironías de la vida: ese día no cargaba sino un revólver, no llevaba la metra; él, que nunca la dejaba. Lo mataron sin su niña, como él la llamaba”.

Posdata 1: Además de sus imágenes en Rodrigo D, El paseo y Yo te tumbo, tú me tumbas, el Alacrán dejaría un poema de su autoría, sin título, escrito en 1987, en la cárcel o recién salido de ella, que inicia así: “Sigo vivo viendo morir a mis amigos / sigo vivo viendo la muerte rondar / ¿Será vida ver la muerte tan de cerca? / ¿O será muerte vivir tanto?”.

Posdata 2: Como si Rodrigo D, al igual que la referida instantánea, también hubiera determinado el orden de la muerte del Alacrán, el último de sus pistolocos asesinados, él es quien pronuncia las últimas palabras de esa película: “Vámonos, loco, que este man a la final se está yendo, vámonos de aquí”. No por nada, en Estar vivo no es la vida, un documental del 2011 sobre las madres de los pistolocos que intervinieron en Rodrigo D, doña Nena, la madre de Johncito, diría lo siguiente: “Esa película fue una premonición, como si la hubiera hecho alguien que sabía lo que iba a pasar”.

Rodrigo Alonso

¿Cuál fue el germen de esa premonición? Una crónica cuyos hechos inspirarían la creación de Rodrigo D. Los hechos habían ocurrido nueve días antes, el viernes 5 de octubre del distópico 1984: ese día, pasadas las 11:30 de la mañana, un joven de veintiún años, llamado Rodrigo Alonso Arango Restrepo, subiría hasta el piso 20 del Banco de Londres o edificio Anglocolombiano, sito en pleno Parque de Berrío, corazón de Medellín, con la intención de lanzarse al vacío a través de la ventana de la primera oficina de esa planta, la 20-01. Sin embargo, una vez allí, antes de dar el salto al otro barrio, el paso definitivo al más allá, una empleada de la Seccional de Salud de Antioquia, de nombre de pila Constanza, que le recordaría a Rodrigo Alonso a su difunta madre, fallecida meses atrás, en julio de ese mismo año, lo distraería durante cuarenta minutos hasta que un puñado de policías lograría echarle mano. cuarenta minutos en vilo en los que la voz de doña Constanza alternaría de manera disonante con la voz en coro de los peatones de turno, que le pedían a Rodrigo Alonso que se tirara de una vez por todas: “Cientos de personas se apretujaron mirando hacia arriba, haciendo conjeturas, gritando chistes crueles, arrebatando carteras, intercambiando chicles y cigarrillos. Una señora perdió el tacón de sus zapatos blancos. Un niño lloraba buscando entre la multitud a su madre, una vendedora de dulces protegía con pánico su vitrina amenazada… ‘Tirate pues’. ‘Si sos tan verraco tirate’, gritaba emocionado el público”.

En medio de la gritería, mientras los bomberos instalaban un colchón de protección para amortiguar el golpe de la posible caída, doña Constanza, “de unos 50 años, estatura media y cara amable, ojos tristes, manos chiquitas y nerviosas”, llorando, rompería el hielo con una pregunta certera: “¿Pero por qué te vas tirar, decime, es que no tenés mamá o qué?”. “Yo no tengo mamá, ni nada. Yo solo he sufrido en la vida…”, respondería Rodrigo Alonso. Respuesta que vendría seguida por una doble petición: que los policías se alejaran de la ventana y que doña Constanza se acercara a una distancia más personal, o sea a unos dos metros del abismo.

Constanza: Todos tenemos una tragedia por dentro.
Rodrigo Alonso: Entonces por qué no nos tiramos todos, eso deberíamos hacer, morirnos todos de una vez.
Constanza: Pero por esa ventana no cabemos todos.
Rodrigo Alonso: Entonces venga usted sola, venga y nos tiramos juntos.
Constanza: No, yo no me voy a tirar, ni usted tampoco, ¿es que le quiere dar gusto a toda esa gente que está en la calle gritando?

Rodrigo Alonso guardaría silencio ante ese interrogante, silencio circular que a doña Constanza la remitiría a la primera pregunta, la cual volvería a formular: “Volví a preguntarle para qué diablos se quería tirar por la ventana. Sin mirarme, dijo: mañana saldrás en el periódico”.

Ese mañana saldrás en el periódico se prolongaría nueve días, hasta que, el domingo 14 de octubre de 1984, El Mundo publicaría la crónica del frustrado día D de Rodrigo Alonso, bajo el título “La muerte me tiene miedo”, escrita por Ángela María Pérez: “Rodrigo es un hombre impasible y enigmático, no parece angustiado, ni cansado, ni desesperado, aunque siempre tiene una extraña humedad en los ojos”. Allí, Rodrigo Alonso, entrevistado el martes 9 de octubre, contaría, entre otras cosas, que su primer intento de suicidio lo cometió a los cabalísticos trece años, con un veneno para ratas. Además, como si los estuviera tachando en retrospectiva en el calendario, reconstruiría los días previos al malogrado viernes 5 de octubre: “El martes me echaron del taller donde trabajaba como un animal… El miércoles subí por primera vez al edificio, ya lo conocía porque allá iba a llevarle el almuerzo a Don León, un amigo de la casa… El jueves volví a subir, después me fui a tomar una cerveza y me metí a cine a ver Justicia Salvaje. Por la noche me fui a ver si podía dormir, pero no fui capaz. En toda esa semana no dormí nada… El viernes me levanté a las seis, quería ir a cobrar una plata para dejarle al cucho, pero no me la pagaron, entonces me fui de una para el edificio… Yo quería comer arequipe, harto arequipe, todavía quiero. Pero solo tenía cincuenta pesos y no me alcanzaba. Entonces me compré unas papas y me las comí mirando el edificio”. Luego subiría al piso 20, se abriría paso hasta la ventana de la primera oficina amenazando a los presentes con una navaja, se treparía a la ventana, dialogaría con doña Constanza durante cuarenta minutos y, en medio del diálogo, llegaría súbitamente el final del truncado suicidio: “Yo pregunté qué hora era, el policía dijo que eran las doce y cuarto. Yo dije: ya voy es pa’bajo. Un tipo que estaba ahí, de azul, creo, me echó mano de un brazo, duro, y me tiraron al suelo. Todos se me tiraron encima. Hice repulsa, pero cuando me quitaron la perica, me quedé quieto en el suelo. Sentí una cosa horrible. ¿Por qué no me tiraría? Lo único que me dieron fue ganas de llorar, pero me dio pena, ahí había mucha gente”.

De vuelta al presente, al martes 9 de octubre de 1984, Rodrigo Alonso cerraría sus declaraciones con una promesa encadenada al día de la muerte de su madre y a todos los viernes por venir: “La cucha se murió un viernes, y le juro, yo me muero un viernes”.

Posdata 1: Días después Luis Fernando Calderón le llevaría a Víctor Gaviria el recorte de “La muerte me tiene miedo”, a partir del cual el segundo escribiría el primero de cuatro guiones de Rodrigo D, con el que ganaría el premio a mejor adaptación en el VI concurso nacional de guiones de Focine, en 1986, usando el seudónimo: El Vago de Oz.

Posdata 2: Rodrigo Alonso asistiría a una jornada del rodaje de Rodrigo D, llevado por la autora de la crónica, Ángela María Pérez. Sin embargo, como declararía ella veinte años después en el libro Víctor Gaviria, los márgenes al centro, a Rodrigo Alonso le desagradaba la película: “Cuando se empezó a rodar las cosas cambiaron. Sentía que su historia había sido explotada, aunque creo que Gaviria le dio dinero del premio o algo así, de todas maneras sentía que algo había salido en su contra, como todo en su vida. A él la película no le gustaba, no le parecía que el protagonista escuchara música punk, él quería que escuchara vallenatos que, según él, sí son tristes”.

Posdata 3: En esa jornada de rodaje Rodrigo Alonso conocería a quien lo estaba encarnando en la película, a Ramiro Meneses, los presentaría Ángela María Pérez: “Le presenté a Ramiro y fueron como el agua y el aceite... No se parecían en sus personalidades, en lo que se parecían en aquel entonces es en eso que Gaviria muestra con maestría en su película, tenían el sueño de existir en un mundo a su medida. Eran jóvenes y con horror veían que su realidad no les tenía nada preparado. Pero Ramiro era, es y será un luchador y un ser profundamente creativo. No creo que Rodrigo Alonso lo fuera”. Después de esa jornada de rodaje, en la que Rodrigo Alonso le contaría a Ángela María Pérez que estaba trabajando en un taller y que se sentía bien, no se volverían a ver jamás: “No sé qué pensó de la película terminada. Nunca lo volví a ver”. Y Víctor Gaviria también le perdería el rastro. Por eso, si usted tiene alguna información para ubicar a Rodrigo Alonso, comuníquese, por favor, con Universo Centro.UC

14 de octubre de 1984. Periódico El Mundo. Archivo Universidad de Antioquia.
14 de octubre de 1984. Periódico El Mundo. Archivo Universidad de Antioquia.