Número 107, mayo 2019

Ramiro Tejada Rendón (1954-2019)
Abogado, actor, director, gestor y, ante todo, crítico.
Miembro fundador del grupo Exfanfarria Teatro.

El libreto de Ramiro
Orlando Gallo. Fotografías: Juan Fernando Ospina

 

Ramiro Tejada

Los atenienses tenían fama de hospitalarios. Sin embargo, en el germen de ese rasgo había algo más que filantropía, había utilitarismo. Ese hombre menesteroso que tocaba a sus puertas pidiendo un mendrugo, bien podría ser alguna deidad mutando brevemente de condición al descender del Olimpo.

Morir, aun desde el agnosticismo, sigue siendo irse, migrar y, para algunos, regresar. Y puede que sintamos que nos quedó pendiente algo con quien muere. Así no haya habido alguna promesa, que como Borges anota, tiene siempre algo de inmortal.

Me duelo de que mi último encuentro con Ramiro Tejada fuera teñido por un gesto algo mezquino de mi parte: limitarle los datos compartidos desde mi celular, los cuales necesitaba para ubicar la hora exacta de un concierto al que se dirigía luego de salir del evento en el que estábamos, la clausura de un taller de literatura dirigido por el poeta Robinson Quintero. Tengo un atenuante. Le di tiempo de que buscara lo que necesitaba y mi empresa de telefonía estaba extremando su tacañería con mi plan para esa clase de servicios. Lo observé salir con prisa del salón situado en el cuarto piso del Palacio de Justicia, con su gabán café, dejando una estela jovial sobre ese grupo de tristes funcionarios. Nunca más lo vería vivo.

Ramiro Tejada

Ramiro seguía en esa fría noche su camino sobre la ciudad. Un camino que si pudiera reconstruirse en un mapa que abarcara toda su vida podría ilustrar kilómetros enteros del acontecer cultural de Medellín, para usar una expresión absolutamente acartonada y ajena al espíritu de ese duende burlón.

Alguien, en su velorio, mencionó la palabra ubicuidad para signarlo. Volteé a mirar a ese lúcido contertulio que señalaba un rasgo definitivo de Tejada. Podías verlo saltar como un poseso en el concierto de Lionel Hampton a las ocho de la noche, en el teatro de la Universidad de Medellín, cuando apenas una hora antes había hecho dos o tres atinadas preguntas al filósofo del lenguaje que daba su conferencia en la Biblioteca Pública Piloto. ¿Cómo sorteó el tráfico imposible, en el momento más arduo, para estar en dos lugares donde lo mejor de la ciudad acontecía?

Había algo irreal en él. Su actuación en las tablas no era tal vez sobresaliente, pero su vida rebosaba gestos. Y el libreto era suyo. Y era bueno.

Dirigía y producía su vida, sin concesiones. No pactó con el poder para hacer adaptaciones y más bien hizo de caballo de Troya en la elección de un alcalde de la ciudad, donde en el banquete de la derrota expresó su lema sin reato: “De derrota en derrota, hasta la derrota final”. Fue un anarquista sin pólvora, como debe ser.

Supongo que en París o en Nueva York pululan estos bufones que con su sola presencia cuestionan el statu quo, algunos con doctorado en Yale. Pero Medellín es un pueblito que queda muy lejos de todo y Ramiro Tejada fue un lujo de modernidad que pudimos darnos. Y yo fui su amigo. Y aunque fundamentalmente compartimos en el estudio del derecho, presenciando la disección implacable que el maestro Carlos Gaviria hacía de H. L. A. Hart, nunca me vio como abogado y más bien, cuando en la desolada y maltrecha plazoleta de La Alpujarra coincidíamos, me gritaba a los cuatro vientos: ¡Poeta!

Ramiro transitó de irreverencia en irreverencia por el mundo. Pero al despedirlo, se impone lo sagrado. Una oración, si no estuvieran tan gastadas. Unos versos que nombren su trashumancia. Encontré estos de un poeta de mi altar, el envigadeño Mario Rivero:

Como cualquier muchacho escapado de
la casa,
‘hago las calles’ de la ciudad y me
familiarizo con su
tacto… las hago hasta el final,
por la luz, por la sombra,
¡hasta extenuar el corazón con su
asfalto!
Me gusta su fragor,
¡el fragor de la calle dura y maloliente, el
baño de la vida!
hasta el fin, hasta el alba,
este viajar entre hombres extraños,
gente distinta, a quien no necesito,
gente encontrada sobre la ribera,
a lo largo de la creciente del día,
O, gente planeando sola en la noche,
existiendo en carne y hueso,
pero que va apagándose,
desapareciendo, hacia sus cosas,
hacia el destino, hacia el trabajo, o la vida... UC

Ramiro Tejada