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Número 34 - Mayo de 2012     

Crónicas
Postales de Bellavista
Paula Camila O. Lema

  William de Jesús Montoya terminó pagando cerca de 4 años de cárcel por haber guardado algo de bazuco para el día siguiente. Si en la noche se lo hubiera soplado todo no habría tenido que enfrentar un proceso en el que su defensora de oficio le recomendó no aceptar cargos por el porte de una cantidad de droga que excedía los gramos de la dosis personal. Semejante consejo lo llevó a Bellavista. Allá se hizo periodista y desde el encierro y la abstinencia publicó su boletín El Difusor con historias de los presos. Nos deja algo del día a día de la cárcel como sencilla advertencia.
 
Postales de Bellavista
 
     

A las cinco y media de la tarde de un miércoles de finales de noviembre un hombre cruza la puerta del patio cuatro de la cárcel Bellavista. Viene de pasar los últimos diez años de su vida en la calle, ahora encuentra una soledad similar en el umbral de un pasillo de la cárcel. El pasillero, bajo órdenes del patrón del patio, le pregunta quién es y si tiene con qué pagar dormida –celda, camarote, "carretera"–. Como no tiene, se acomoda en el pasillo junto a medio centenar de presos. Tendrá que esperar a que sean las nueve de la noche y la actividad se modere para poder dormitar, porque allí nadie duerme. Custodiado por los guardias debió atravesar una puerta de diez metros por cinco, y reparar en un letrero entre cínico y cordial que reza "Bienvenidos a Bellavista". En el lugar conocido como "el túnel" ha tenido que esperar la entrevista con la junta de patios; luego, en lo que se conoce como "el tren", los recién llegados se han repartido por los patios asignados. Para salir de allí, treinta y cinco meses después, no en libertad sino en remisión a otro penal, tendrá que atravesar catorce puertas. Reseñado con el número 277707, residirá quince meses en el patio cuarto y otros quince en el dieciséis. En el cuarto dejará el bazuco y creará para los reclusos un periódico y una comunidad terapéutica. Será castigado por ello por sus compañeros y remitido a la cárcel de Puerto Triunfo por un director recién llegado, donde pasará sus últimos cinco meses de encierro como el preso 888. Seis meses después, en un pueblo caliente, húmedo y pegajoso, sentado a la mesa de una parada de carretera, y sin grandes alegorías, el hombre dará su testimonio de la vida en el presidio. — La cárcel Bellavista es el Establecimiento Penitenciario y Carcelario de Medellín pero queda en Bello. Sobre ella dice en la página oficial del Inpec: "con orgullo se puede decir que es el Centro de Reclusión más pacífico de Latinoamérica". Fue abierta hace 35 años para dar cabida a 1.700 presos y hoy alberga a cerca de 7.300. La imagen del hombre es la de un pueblo con dieciséis patios que hacen las veces de barrios del "estrato uno al nueve". Cuatro de ellos –el dos, el cuarto, el ocho y el quinto– se conocen como los del "agite", porque "en el momento menos sospechado cualquier cosa puede pasar": una asonada, un tropel, una huelga de hambre, una "volante" – que es cuando guardias armados de perros y gases entran a requisar cada rincón–. En esos patios se juntan delincuentes de todo tipo, cerca de 5.500, según el hombre. "En la cárcel todo es prohibido, pero todo se puede". Las reglas de juego son estrictas pero están prestas a romperse en cualquier momento. "Allá cada cual tiene que respetar, sin importar quién sea, pero también cada cual, cuando le da la gana, le falta el respeto al que sea". Todo es un negocio, y los negocios están escritos en piedra: se transan semanalmente y lo que se debe se paga: "uno allá tiene que ser honrado, tiene que ser responsable, tiene que ser hombre y marchar como hombre y hablar como hombre". Las visitas son los fines de semana. Del preso que visitan durante un tiempo y después olvidan se dice que "le cogieron la curva", y al que nadie visita le dicen "pirata". Los que sí tienen dolientes están autorizados a recibir a diez personas, tres por visita. Los domingos son las visitas conyugales femeninas y los sábados las masculinas, porque "también hay mucho preso que le llega su esposo, su amigo, y es normal y es muy respetable". El primer domingo de cada mes es la visita de los niños, casi una fiesta, y el patio se decora con globos y los internos se disfrazan de payasos y reparten torta. La autoridad son los reclusos porque los guardias son apenas cuatrocientos. Al señor que manda le dicen "cacique", y hay que pedirle permiso hasta para dormir: "lamentablemente en la cárcel vos no sos dueño de vos, y como vos en la cárcel no valés nada, no podés decir nada". El don tiene alrededor suyo una cohorte de reclusos que lo protegen y se encargan de hacer cumplir sus órdenes: los "pasilleros" le rinden cuentas de cada pasillo, y a ellos, allí, otros reclusos conocidos como "cachorros". Cuando hay tropel todos los presos se involucran; están curtidos de calle y de violencia y cuando no, la cárcel entrena en la práctica. Si alguien queda debiendo será llamado a cuentas en un rincón lejos de los ojos de los guardias, y si la vuelta es con chuzo, el otro habrá de tener chuzo también. Por eso se dice que "uno en la cárcel no tiene amigos", sino conocidos que están en la buena, porque en la mala se esfuman. "Esa es la vida de cárcel, y esa es la cárcel, y eso es real, y eso es normal, porque en la cárcel todo lo que ocurre es normal".

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En Bellavista las deudas siempre se pagan, y "a cualquiera lo pueden matar por un fósforo". Las cuentas se arreglan en el "bongo", como le dicen al lugar donde se distribuye el alimento. Cada patio desfila por su comida, y es indispensable, para evitar trifulcas, que jamás se crucen allí los habitantes de dos patios distintos. Los "parlantes" –presidiarios que hacen las veces de comunicadores– anuncian con algún gesto la hora de la alimentación; a eso le dicen "sonó el bongo". Los reclusos atienden el llamado con prisa: todos quieren llegar primero a ese inmenso salón y, bien enfilados, entrar a alguno de los cuatro túneles en que otros reclusos redimen su condena llenando cocas con sopa, seco y jugo. Aunque en el bongo no hay guardias –están apostados en los túneles–, durante los 45 minutos que dura el recorrido, los reclusos respetan la fila, siempre en movimiento. 

Cuando hay problemas todos lo saben de antemano, y alrededor de los involucrados se arma un corrillo, "como en una pelea de gallos". Nadie interviene; si alguno lo hace los demás siguen el ejemplo, y cuando eso sucede llegan los guardias con sus gases y "todos llevan del bulto". En el cuarto hubo una vez un hombre moreno, "niche", a quien le gustaba cambiar de patio con frecuencia y "patinar" por todos los pasillos haciendo negocios. Pagaba condena por el robo de un celular y le faltaban dos meses para salir libre. Un par de semanas antes, en el patio quinto, le había fiado un bluyín a un señor en dos mil pesos. El tiempo pasaba y el señor no saldaba su cuenta, entonces el "niche" lo citó en el bongo. Mientras circulaba la fila, el "niche" apuñaló en el cuello al señor, que ante los ojos de los reclusos se desangró lentamente hasta morir. Los reclusos patinaban en la sangre mientras desfilaban por la escena del crimen, porque pase lo que pase la fila del bongo nunca se detiene.

El patio cuatro es un edificio de cuatro pisos, pero solo ocupa tres porque el último, antes conocido como La Guyana –lugar de castigo–, fue adaptado para recibir delincuentes bellanitas. Los pasillos y celdas no se cierran nunca, porque en el exterior no caben los presos: fue construido para aproximadamente 250 y hoy lo habitan cerca de 1.700. La necesidad lo ha transformado hasta casi derrumbarlo: está lleno de cambuches y de agujeros que los reclusos han abierto para dejar que entre el aire y vigilar lo que sucede afuera. Como los demás patios de agite, está despierto las 24 horas. A las cuatro y media de la mañana comienza el día, y todos, excepto los que pagan al cacique un impuesto para dormir hasta tarde, tienen que levantarse. Se desayuna a las cinco y media, se almuerza a las nueve y media, se come a las dos de la tarde. En la mañana y la tarde salen del patio quienes necesitan atención médica y quienes para reducir su pena validan la primaria, aprenden ebanistería o hacen algún curso: tres días de estudio o de trabajo equivalen a un día menos de encierro. Luego, entre cinco y seis de la tarde, los presos regresan a sus celdas y pasillos, que pueden rondar a su antojo hasta las ocho. Después, encerrados en el pasillo, esperan que vuelva el día para que todo empiece de nuevo. En los intervalos tediosos los presidiarios juegan cartas, dominó, ajedrez y microfútbol. El patio huele siempre a marihuana y a cigarrillo, y todo el día retumba la música –vallenato, salsa, guasca–: "hay partes donde uno no puede ni hablar, y no se puede decir nada". A veces toman chámber, un licor artesanal que los dueños del negocio elaboran con fruta o jugos podridos, azúcar y levadura, descomponen con tornillos y hierven con lo que tengan a mano. Algunos leen en la biblioteca del patio, los más acomodados matan el tiempo en sus celdas, enfrente del televisor y del ventilador, y los que están afuera eluden la caca de las palomas "porque si a vos una paloma te caga, te hacen la bulla más verraca y te gritan: cagao, cagao, cagao". En los entreactos, el parlante notifica diligencias, audiencias y libertades. A veces hay peleas, a veces hay volantes, y hay que estar siempre alerta, pero del cuarto nadie quiere irse pues, de los patios de agite, es el único donde hay solo un cacique. — A veces, aprovechando la abundancia de presos piratas y sin mujer, una prostituta ofrece su cuerpo para rifar entre los reclusos, "porque en la cárcel todo es posible". La mujer envía fotos en poses provocadoras, desnuda, o casi, y con toda la seriedad del caso los dueños del negocio "patinan" por celdas y pasillos exhibiéndolas y anotando en una lista a los participantes. Juega con la lotería de Medellín, y según la ocasión el premio incluye también marihuana, almuerzo, chámber y perico: "Prácticamente el plato debe ser completo, y es normal, eso es normal". A las nueve o diez de la mañana del día pactado, la mujer entra a la cárcel como una visita normal, vestida normal, y a la tarde abandona la cárcel junto a novias y esposas, normal. Como ella, es normal que otras prostitutas pidan a algún preso que las incluya en la lista de visitantes, para entrar y hacer su día en la cárcel, dada la necesidad. Como con la rifa, en este sentido la cosa es seria, pues la visita es sagrada como pocas cosas en esa cárcel donde a las prostitutas, normalmente, se les dice taxis.

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Los demás patios de Bellavista son "especiales", y sus reclusos nunca se alimentan de la misma comida del bongo. El once es para empleados del gobierno y no pasa de 200 internos; no se roba, no se mata, pero de todas formas se puede conseguir cualquier cosa. El diez es el de los viejos, mayores de sesenta años, y lo habitan menos de un centenar de reclusos que pasan los días escuchando radio y jugando cartas o dominó. El seis, el de la comunidad terapéutica, es para aquellos reclusos que durante dos meses han participado en las precomunidades de los demás patios; si sus intenciones son sinceras, el interno irá al patio seis y allí convivirá durante dieciocho meses con otros cuarenta internos mientras recibe "tratamiento terapéutico". El trece es para los presos que trabajan en el "rancho", como le dicen al lugar donde procesan los alimentos, y se los ve siempre de blanco, con mallas y cachuchas. Hay, además, un anexo para enfermos mentales en el que conviven una veintena de reclusos. La enfermera, que "también debe estar loca", les suministra drogas y hace las veces de madre. 

 

Se sientan, caminan, cantan rancheras, declaman poesía, miran fijamente al visitante para pedirle cigarrillos, y de vez en cuando negocian con carros, fincas, aviones y barcos imaginarios. Viven dopados y, a decir del hombre, "son internos que prácticamente han matado y han comido del muerto".

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Por haber creado el periódico y promovido la rehabilitación al hombre lo tildaron de sapo, y un día lo hicieron desfilar por el pasillo para recibir golpes de todos los internos. Eran las cinco y media de la tarde. Herido y ofendido, se acercó a la reja que separa los guardianes de los presidiarios, conocida como "rastrillo", y anunció a los gritos su intención de "enrastrillarse", es decir, declararse en peligro y exigir cambio de patio: "Eso es gravísimo, porque llaman al cacique del patio y le dicen: 'oiga, qué es lo que pasa con este interno, cómo así que aquí no puede vivir'". En el rastrillo, mientras se hacía la investigación de rigor, el hombre permaneció hasta el martes, cuando amenazó con huelga de hambre. Como el periódico lo había hecho visible afuera, las autoridades carcelarias temieron un chasco mediático. Los guardianes le decían que pidiera traslado al patio dieciséis, "El Poblado de Bellavista", el "estrato nueve" de la prisión, y él lo hizo.

El patio dieciséis es de máxima seguridad. Fue construido como anexo –lejos de los demás patios y diferente a ellos en todo– para albergar a quienes cobijó la Ley de Justicia y Paz. Sus tres pisos están habitados por cerca de cincuenta reclusos, entre guerrilleros, paramilitares y algunos delincuentes comunes. Las "celdas", una por preso, son "apartaestudios" con baño, ducha, lavamanos, cocineta, lavadero, sala comedor, cama y un armario. La comida es más abundante y mejor, y los presos tiene su propia biblioteca, sus propios centros de atención médica y odontológica, sus propios talleres y programas de disminución de penas: ningún preso del patio dieciséis tiene necesidad de mezclarse nunca con los de los demás patios y para no perder el privilegio, "todos marchan como un relojito, como pisando algodón".

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Es medio día en el patio dieciséis. El hombre está haciendo gallinas de madera en su taller cuando escucha a los guardias pronunciar sus nombres y apellidos. Le dicen que tienen cinco minutos para empacar porque sale en remisión para otro centro penitenciario. Le dicen que es en serio, que se apure. El hombre se entera de que será enviado a la prisión de máxima seguridad de Puerto Triunfo, en predios de la Hacienda Nápoles, inaugurada tras la bendición de un cura UC en el segundo semestre de 2010: "Puerto Triunfo es lo contrario a Bellavista: es lo peor, es el infierno". Llega al patio dos –de mediana seguridad– un miércoles a las nueve de la noche, esposado de pies y manos. Lo uniforman con un pantalón y una camisa de color caqui y raya naranjada en los costados, y unas botas que, no se sabe bien por qué, en la prisión se conocen como "las Ricky Martin". Las botas cierran con velcro porque están prohibidos los cordones y los cinturones, pues muchos de los presidiarios saben que no saldrán vivos de allí. Al hombre le asignan una celda que debe compartir con otros tres reclusos y en la que nunca hay agua. Los patios son herméticas moles de cemento "al estilo de las cárceles americanas", donde día y noche hace cerca de 35 grados de temperatura. La comida no está mal pero el agua llega dos veces al día, tibia y turbia, y el servicio médico es precario porque ningún profesional de la salud se amaña en esas tierras lejanas y de aire "malsano". Los programas de redención de penas son pocos, como pocos son los empleados, pero las solicitudes de permisos y libertades condicionales se tramitan más pronto que en Bellavista. A las seis de la mañana todos los reclusos son sacados de sus celdas, y, bajo el sol, obligados a permanecer hasta las cuatro de la tarde, cuando vuelven al encierro de sus celdas. Uniformados, numerados y vigilados, los presos matan el tiempo en medio del calor: "para el común de los presos un día es nada y se la pasan sentados por ahí, recibiendo sol o durmiendo en un corredor". Las visitas, una vez al mes, son la única oportunidad que tienen de cambiarse el uniforme por su "ropa de civil". Los visitantes son recibidos en un patio dispuesto solo para ese fin al que no se puede entrar nada, y los implementos de aseo deben ser enviados al penal por correo certificado.

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A la mesa de un restaurante, en un pueblo caliente, húmedo y pegajoso, un hombre recuerda su vida en el presidio. El calor empieza a derretir la entrevista en el preciso momento en que recuerda la tarde que le notificaron libertad "condicional". El hombre no suda una gota, pero ahí, en el preciso momento, llora. Cuando todo ha terminado ofrece para la venta una gallina de las que aprendió a hacer en Bellavista, da las gracias, dice a la orden. Tras despedirse, tomará un bus con dirección al pueblo en que vive con su mamá. Se sentará con ella a la mesa, trabajará la madera, ofrecerá puerta a puerta sus gallinas. Parecerá, entonces, como si en verdad su vida hubiera regresado a la normalidad.UC