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Número 34 - Mayo de 2012     

Crónicas
Crónica del defraude de SoHo
Mauricio Ospina
 

He regresado a casa. Luego de varios meses fuera del país he vuelto como aquel hijo que gasto pródigamente los ahorros del último año. Tengo como prueba mis bolsillos vacíos. Por estos días me presiona la urgencia de dinero: ¿cómo conseguirlo mientras responden a los currículos que he repartido en una estrategia que se asemeja a la física de una granada de fragmentación? Pues bien, debo hacer uso del morro de viejas desnudas y semidesnudas que están guardadas en mi habitación en poses sugestivas, una encima de la otra, apiladas en mi biblioteca esperando un poco de acción que las saque del letargo en el que las he confinado por largo tiempo. No me cabe duda, mi vieja colección de revistas Soho me hará ganar unos pesos.

Vivo en Itagüí, un nido de gallinazos, una mezcla de pueblo y ciudad que padece los males de ambas categorías. Su parque principal esta ocupado por pandillas de viejos pensionados amantes de los relojes de pulsera, para ellos el mal mayor de esta generación es el teléfono celular, un aparato ininteligible, usurpador de la honorífica tarea de traducirnos el mensaje del tiempo.

— ¿Para qué la necesidad de ese aparato si tan solo a unos pasos en cualquier dirección alcanzamos a un antropoctupus que nos extiende uno de sus tentáculos por la módica suma de doscientos pesos el minuto? ¿A ver… para qué carajos?

A estos viejos de pantalón con tenis yo los veía con cierta admiración. Estos neoluditas iban a salvarme el día depositando todas las riquezas que traían encima a cambio de las mujeres en pelota en 2D que exhibiría ante ellos. Con emoción me di a la tarea de acomodar en medio del parque de Itagüí a Paula Andrea Betancur, Patricia Castañeda, Zharick León, Juliana Galvis, Alejandra Azcarate, Claudia Bahamon y el angelito de Lina Marulanda. Con esta última vacilé un poco, no quería irrespetar a la difunta pero se me pasó la patanería y me decidí conmemorar lo maja que fue.

Los tenis enmudecieron los pasos de los gallinazos, me percate de ellos cuando me alcanzaron sus sombras estando aun de rodillas ante estas mujeres dignas de venereación. La ágil mirada de los carroñeros saltaba de un escote a una entrepierna, de unas tetas a un culo y de nuevo a unas tetas; cuando llegaban a una transparencia afilaban la mirada y la sostenían por algunos segundos, sus cataratas temblaban, luego lo hacían todo de nuevo. Me senté sin musitar palabra, estaba convencido que estas reinas se revenderían solas. Un par de minutos después la desbandada de viejos se apartó de mis muchachas. Soho había defraudado mi confianza, mi negocio no era tan seguro como prometía.

—Debe ser un problema pensional — me dije— ¡Sí, eso es! El raquítico sistema pensional de este país no le permite a un cansado y pobre viejo darse un sencillo gusto navideño como pagarse la fina estampa de su muchacha preferida. Pero volverán, o vendrán otros. Estas mujeres son una tentación irresistible para este pueblo de coperas.

El reloj de la iglesia y mi celular estaban de acuerdo en la medida del tiempo. Pasaron dos horas y no vendía la primera de segunda. Durante este tiempo se habían acercado algunos curiosos con cara de no comprar, me provocaba espantarlos como las moscas molestas que eran. Un niño regordete, de unos diez años, sentado muy cerca chorreaba su helado por su boca cuando descubrió las carnes jugosas y libres de mis muchachas, imagino que para él debió ser una experiencia religiosa, justo allí, en frente de la iglesia de María Auxiliadora. Yo pensaba, y eso me lo enseño la revista, que el sexo era la mejor estrategia de ventas. Pero hay sorpresas piadosas. Nada menos sensual que una mujer con delantal sosteniendo a un niño en sus brazos. Sin embargo ella atraía a su negocio a miles de fieles clientes ¡Qué ironía! Incluso las estúpidas palomas preferían el templo; por supuesto, es la casa del espíritu santo, por eso el estado debería conferirles a todas las iglesias una licencia como palomeras, protectoras de la corporeidad del espíritu santo y nada más. ¿Pero qué hay del padre y del hijo, donde andarán este par de varones que, como tales, deben adorar las mujeres? ¿Me compraran alguna revista?


Crónica del defraude de SoHoCrónica del defraude de SoHoEl desempleo nos permite mantenernos fieles a la verdad. Es una de sus no pocas ventajas. Me siento muy bien cuando un limosnero me pasa revista y puedo contestarle orgullosamente: no amigo, no tengo un peso; y ante los casos de insistencia me mantengo firme diciendo: yo no trabajo, estoy desempleado; a veces añado a esto último un lapidario: yo también estoy necesitando platica; esta sentencia provoca la huida del limosnero y con ella llega mi libertad y una conciencia tranquila. Así sucedió esta tarde con un tipo sospechoso, siempre es sospechoso cuando alguien que claramente no conoces te saluda con una cursi amabilidad. Antes de que confesara la verdadera razón por la que se sentaba a mi lado, este parásito me demostró su afición por el grupo La Pestilencia. Con su olor le hacía un homenaje a la banda pero para apartar las dudas entonó sus melodías en un par de ocasiones. El pestilente también fue exitosamente apartado por mi honesta estrategia.

Dicen que Jesús, la versión adulta del niño que está en los brazos de María Auxiliadora, se le presenta a los necesitados en forma de un humilde y vulgar cristiano; recuerdo esto cuando veo que ante mis muchachas se ha parado un vendedor callejero de periódicos, bajo su sobaco izquierdo sostiene su mercancía amarillista mientras con la mano derecha agarra un muslo de pollo contra el que arremete sin piedad. He ahí al improvisado salvador de los hombres y potencial cliente de un necesitado. Yo, que momentos antes me preguntaba por el paradero de las dos terceras partes de la santísima trinidad, estaba seguro que aquel sería la justificación de mi jornada laboral. Y tuve el honor y la gloria de que la aparición me hablase y entre nosotros se dio esta conversación:

—¿Pura teta no más, cierto?

—Sí, sobre todo teta, una que otra pela un poquito más pero sobre todo en las últimas. Estas están viejitas y aquí solo se ve teta y culo.

—Ah sí, culo también. Pero casi todo es teta. Si uno quiere ver mas tiene que comprar la Playboy.

—¿Le paso alguna para que la ojee? ¿Cuál quiere?

—Sí, páseme aquella de allá.

Fue aquí que el divino índice se estira para señalar a la elegida y aquella elegida es Zharick León. Al ver esta escena digna de la Capilla Sixtina pienso: qué buen gusto tiene chuchito.

—Esa me gusta. Yo me la llevo.

Bien, este fue mi santo y seña. Después de esto empaque las revistas cuidando de limpiarle el polvo y las miradas indecentes que cayeron sobre las páginas expuestas a este pueblo de avechuchos desplumados. Tendré que venir de nuevo si no consigo trabajo pronto. Mis niñas no me pueden defraudar.UC