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Número 34 - Mayo de 2012     

Artículos
Tranvía Ligero
Clímaco Soto Borda

Desde la insignificancia de un diálogo tuitero, una imagen y una historia del tranvía ligero.

Tranvía Ligero

A pasitrote bajaba Alejandro por la calle de San José, abanicándose con una carta voluminosa. Faltaban minutos para las tres y tenía prisa de alcanzar el correo. Al llegar a la esquina de la calle 13 se detuvo contrariado. No podía pasar, el camino estaba totalmente obstruido, como con una barricada inmensa, por un carro del tranvía descarrilado, un milord de la Compañía Urbana que iba detrás, un landó destartalado que subía con su postillón de jipijapa grasiento y ruana mugrosa, y un enorme carro de la Empresa de Tracción que venía por la segunda Calle Real lleno de trastos viejos, cargado como un elefante de la antigüedad.

Una parihuela que conducían dos mozos cinchados por los hombros, atestada de loza, se había detenido también, lo mismo que dos criadas que conducían una mesa de bronce llena de parásitas y camelias, y lo mismo que una silla de manos, cuya cortinilla levantaba cada momento una garra y dejaba ver la cabeza de un viejo blanco, casi muerto, parecido a la estatua del comendador.

El descarrilamiento paralizaba bruscamente la vida de aquel pedacito de Manchester.

Los mozos de cuerda descargaban sus fardos; los dependientes que abrían en la calle bultos suspendían la tarea y se quedaban alelados con la pata de cabra y el martillo en la mano; los ciclistas paraban sus máquinas y se desmontaban; las mujeres veían el suceso a prudente distancia; los peatones se trancaban; los corrillos se abrían en alas, había gentes asomadas en los balcones y a las puertas de los almacenes. Una nube compacta de emboladores, policiales, vendedores de cigarrillos, viejas, mendigos, vagos, fámulas, cachacos y artesanos rodeaba al paciente, un enorme carro caído de medio lado como una casa en ruinas.

Los pasajeros se bajaron para quitar al enfermo un peso de encima y quedaron únicamente en la última banca un ciego, un sacerdote y una señora que no podía hacer la gracia por motivos ajenos a su voluntad y que representaba peso y medio.

Dos mulas enclenques, exánimes como dos ratones tirando un buque, bajo una lluvia de azotes y de insultos, hacían esfuerzos sobremulares para sacar del atolladero al carro paralítico, su compañero inseparable.

Por fin los conductores de otro carro que llegaba, los del carro enfermo, los postillones de los coches, los hombres de la parihuela, los de la silla de manos y algunos mozos de cuerda, una docena de hércules bogotanos reunidos bajo la presidencia de un policial de aspecto jupiteriano, después de una corta sesión deliberante, resolvieron meterle el hombro al armatoste.

Tranvía Ligero

-Una... dos... tres... -gritó el presidente con la voz de Estentor.

- ¡Hmmm! --exclamaron los hércules al tiempo. ¡Nada! El carro quieto.

- ¡El otro! Una... dos...

- ¡Hmmm!

El gigante de madera levantó las ruedas de atrás y se desplomó. Rejo a las mulas... Nada. El gigante había caído mal. Se hizo el otro esfuerzo y el carro quedó en su puesto. Un soplo de satisfacción corrió por la multitud. Todo el mundo sintió alivio, menos las mulas. Empezaba para ellas la danza macabra.

Los pasajeros volvieron a montar: cuatro o cinco hombres de un salto y tres señoras con miedo y trabajo poniendo en vergüenza pública las pantorrillas gordas, de medias blancas y unas botas con tamañas orejas, como debieron ser las del rey Midas.

Las pobres acémilas, después de otro baño de rejo y algunas excitaciones al estilo de Vizcaya, arrancaron echando los pulmones, y el carro siguió como por sobre rieles.

Petit Manchester se puso de nuevo en movimiento. Había mucha luz, mucho calor, mucho ruido. Alejandro, que observaba atento las maniobras, vio el reloj de San Francisco. Era más de la hora. Se resignó a dejar la carta y se la echó al bolsillo.

Velarde pasaba y lo llamó. Le fastidiaba estar solo.

-¿Ya estás desocupado? -le dijo.

-Hace un momento salí de todo. ¿Qué quieres hacer?

-Cualquier cosa. Lo que tú quieras.

Alejandro le conté el suceso con detalles horribles y bajaron por Santo Domingo. UC

Tomado de la novela Diana Cazadora