Síguenos:




Número 34 - Mayo de 2012     

Artículos
Cervecería Cuervo

 
 

Cervecería Cuervo Por
Juan Hincapié

Sin educación académica, pobres -"muchas veces no se encontraba en su casa para comer"-, solteros, virginales, cultos, viajeros, cerveceros y hasta santos, según Fernando Vallejo; así fueron los hermanos Cuervo: Ángel María y Rufino José.

Ángel combatió en la guerra civil del 60, una de tantas del siglo XIX en estas tierras, en ella conoció al General Domingo Hincapié, quien siempre se lamento de perder su fortuna en manos de los Liberales triunfadores. La guerra, la pobreza y el resentimiento terminaron por unirlos.

Ángel tuvo éxito al crear una cervecera en Santa fe de Bogotá cuando corría el año de 1867. Allí lavaba las botellas, y él mismo hacía la cerveza; mientras Rufino hacía de cobrador entre chicherías y borrachos, dedicado a recoger el dinero y tonar notas para sus "Apuntaciones críticas sobre el Lenguaje Bogotano".

Con el éxito el mayor de los Cuervo no olvido a su amigo de infortunio en la guerra; y estando Hincapié ya en Medellín le ofreció la franquicia de la Cervera en esta ciudad a su hijo mayor, Juan Hincapié. Así nació la Cervecería Cuervo en Medellín en el año 1870. Para la fecha Leopoldo otro de los hijos del General Hincapié, vivía en casa de los Cuervo en Bogotá y estudiaba medicina. Eran familias afines en oficios y partidos.

En un principio las instalaciones de la cervecera en Medellín fueron en Palacé con Perú, pero las buenas aguas de Santa Elena motivaron llevarla al corregimiento. Por los problemas que implicaba el transporte desde la montaña retornó a la ciudad para ocupar la vieja casas donde hasta hace unos años funcionó el DAS, en la Calle Ayacucho. Aun se ve el portón ancho hecho para el paso de las carretas con los toneles. La cervecería cerró sus puertas a finales del año 1895.

De la cervecería Cuervo en Medellín solo queda un libro de contabilidad con cartas comerciales de un tal: J.M. Vargas V. El decir de Fernando Vallejo al conocerlas fue "si tiene errores de ortografía, sí son del Terrible", y sí que los tiene. Vargas Vila también tuvo tratos comerciales en esta historia.

La cervecería Cuervo en Bogotá fue vendida por los hermanos Cuervo a finales de la década de 1870. El dinero les alcanzo para vivir holgadamente el resto de su vida en Paris. Ángel Murió en 1898 y Rufino en 1912.

En la Librería Los Libros de Juan, en Medellín, se conservan dos fotos inéditas y algunas cartas de Don Rufino José Cuervo, el libro de cuentas de la cervecería y las etiquetas de las botellas expuestas al público. Y al tiempo.


Cervecería Cuervo
Por 
Marco Mejía

En las minas era costumbre entre los obreros el consumo de chicha, no sólo para saciar la sed, sino para perder la cabeza. En Bogotá las chicherías abundaban pero no las frecuentaban los más pudientes y el vino o el brandy traído de Europa se agotaba en pocos días. Hacía falta una bebida que, sin ser chicha ni limonada, satisficiera con nobleza los gustos en los salones y tabernas. Así nació la cervecería.

En ese sótano montó Ángel la incipiente fábrica de cerveza y se metió a investigar cuánta literatura existía sobre su elaboración. Ardua tarea porque la hizo en solitario. Después de mucho leer y luego experimentar, después de mucho errar y sobre la ceniza renacer, después de encontrar el procedimiento que logró recopilar entre ensayo y ensayo, descubrió por fin la fórmula. El método utilizado para encontrar el punto óptimo de la cerveza me dio la idea para hacer mis notas: anotaba Ángel la fecha de inicio del proceso y éste detallado en cada paso en una ficha en la cual incluía la calificación que daba al resultado. Para mis Apuntaciones hice lo mismo; creé un sistema de fichas con todas las anotaciones usando una palabra por tarjeta y comparándola luego con los ejemplos que extraía de los clásicos; Ezequiel me ayudó años después a perfeccionar la técnica organizando en una caja de cartón los temas que investigaba en cada vocablo.

Lenta pero con paso seguro la cerveza fue logrando aceptación, primero en un círculo muy restringido entre los amigos y conocidos y luego, propagada su fama, en las fondas y tabernas. Ángel lo hacía todo: producción, embotellamiento, tapado con corchos; distribución, cobro, lavado de barriles y botellas. En ese círculo giraba, mientras yo, como siempre inoperante, estaba en la academia, con absoluto consentimiento de Ángel que no me permitía ayudarle en sus faenas: "Usted a lo suyo Rufino y yo a lo mío, y llévese ésta idea en su cabeza: lo mío es para que usted haga lo suyo."

El imprevisible éxito desbordó su capacidad y lo vi al final de una tarde desesperado y ofuscado, soltando rayos y centellas: el sótano tronaba. Me asomé discreto por las escaleras que daban a la parte baja y le contemplé, tal como una vez, descubrí a mi madre en la cocina, medio dormida al lado de las botellas de vinagre, con la diferencia de estar Ángel caminado de un lado a otro, alzando los brazos y pasándose las manos por la cabeza en abierto conflicto con la cantidad de envases de cerveza acumulados en la bodega. Me vio Ángel y con mirada de soldado abatido me dijo "No puedo sólo Rufino, debemos contratar personal y no estoy seguro que podamos cubrir estos nuevos costos." Sentí como si un ángel me hiriera con su espada, reviví mi deplorable pusilanimidad y algo, como una bofetada en mi ser, sacudió mi indecisión, y así como desciende un emperador del trono, abdicando de su orgullo para dar la mano a un hombre cualquiera, bajé y agrupando una docena de botellas dije "Lo haré yo." Cortante y contundente fue mi frase. Se quedó Ángel atónito viéndome como me perdía en la puerta del sótano.

Una ráfaga de felicidad se apoderó de mí; consideré un triunfo mi primera entrega y vine por más. Crecía el asombro de Ángel que no pudo modular palabra, y terminé aquella noche con el efecto de sentirme digno en tan elemental tarea y con los días me hice digno del orgullo de ser cervecero; al principio percibía ciertas miradas suspicaces, o alguna salida socarrona en algún paisano pasado de tragos como la que escuché en boca de cierto rival de mi padre, que dijo, como para que todos oyeran: "Vean en lo que han parado los hijos del doctor Cuervo." No paré ahí, agregué mi nuevo oficio al sumario de mis títulos inconclusos. Llegué a presentarme sin vacilación con la siguiente expresión "Soy Rufino Cuervo, cervecero y filólogo, antes que nada lo primero."

Disfruté sintiéndome útil y vino pronto la recompensa; mis recorridos entre la entrega y el cobro me pusieron en contacto con lugares y personas que de no haberme involucrado en el negocio jamás hubiera sabido de su existencia. Sacaba mi tiempo para escuchar sus conversaciones, descubrí expresiones naturales, plenas de significado que empecé a recopilar; así que en el trámite del negocio empecé a demorarme más de la cuenta, porqué agregué- y lo puse ya permanentemente- mis pesquisas sobre los usos del habla que en boca de la gente del común fui descubriendo, admirado del ingenio y lo acertado de sus usos. Encontré un espacio de aprendizaje en las tiendas de las cuales me volví adicto, hasta que mi asidua presencia se convirtió en paisaje, y terminé dueño de una invisibilidad que usufructué hasta el cansancio. Accedí asimismo a incursionar en la contabilidad y me hice experto en aquello que antes era para mi alfabeto indescifrable.

Tomado de la novela Cuervo. Marco Mejía. Otraparte Editores. 2011.UC