Número 105, marzo 2019

Tras las huellas de Simón Páez
David Eufrasio Guzmán. Ilustración: Mónica Betancourt

El corazón no es más que una pera de carne
Helí Ramírez

Seis meses después de llegar a la montaña, adonde me vine a vivir con Diana en busca de un aire sano y un ritmo tranquilo, tuve que visitar el médico. La razón fue un preinfarto. Lo supe después porque si hubiera sabido en el momento lo que me pasaba en el mango no hubiera sido capaz de conducir una hora hasta el hospital más cercano: bajar rebotando quince minutos por carretera destapada hasta el corregimiento y de ahí 35 minutos de curvas en bajada hasta la loma de Robledo para seguir bajando, y luego diez minutos fatídicos de tacos y semáforos hasta llegar al Pablo Tobón Uribe completamente infartado, porque resulta que llegaba más rápido por la Facultad de Minas. Bajé grogui, como si me hubiera tragado un chito y se me hubiera ido por el camino viejo hasta el corazón, y me estorbara. El ataque, que fue leve, tampoco vamos a exagerar, me agarró arrodillado mientras mezclaba tierra con boñiga y compost en un cajón de madera. A esta altitud, 2610 metros sobre el nivel del mar, es común marearse si uno se pone de pie muy rápido, pero esto era distinto, era un dolor en el pecho. Diana estaba cerca, dedicada a desyerbar el plató de los árboles y arbustos que habíamos sembrado y que, por inexperiencia, hicimos muy pequeños. Con las manos anudadas en el pecho la llamé y decidimos salir para el hospital antes de que se produjeran más réplicas o algo así, lo único que quería era estar en manos de los médicos. Hacía veinte años no los necesitaba, hasta ese día era un tipo sano y más ahora que mis tiempos de enclenque en la ciudad le habían dado paso a un cuerpo cada vez más vigoroso y dorado gracias a la mayordomía y jardinería al aire libre.

—Qué irónica es la vida —le dije al médico—. Me voy al campo a darle aire limpio a mis pulmones, a ejercitar mi cuerpo y mi alma con las labores más dignas, que son las de la tierra, a comer sano, a alejarme de los excesos y el trasnocho, y resulto preinfartado.
—¿De pronto tiene una rutina muy pesada?
—No, doctor, jardinería básica, algo de mantenimiento a la casa, salimos a caminar con frecuencia... yo no puedo hacer mucho esfuerzo porque tengo una hernia.
—¿En qué trabaja?
—Hago labores en el computador y lo que le digo.
—Cigarrillo, licor...
—Bah, a veces unas copas, cuando bajo a Medellín.
—Hoy no se las vaya a tomar.
—No, no, hoy no.

En el camino de regreso, pensaba con Diana qué actividad me podría estar perjudicando, o qué esfuerzo exagerado habría hecho, pero por más que pensábamos, no dábamos con nada: la mayor fuerza de lo que hacemos ambos está en las palabras.
—Bueno, al principio que estabas gomoso, guadañabas, ¿esa cosa no es muy pesada?
—Vibra mucho y es muy ruidosa, pero no, uno solo queda con el hormigueo en las manos.
—Y me acuerdo que hiciste como doscientos huecos para sembrar los eugenios.
—Uy, sí... y la palacoca lo agita a uno en forma porque hay que cavar y morder en el mismo movimiento.
—Y toda la pica y pala que echaste para los huertos.
—Ahí era para que me hubiera dado el infarto.
—Es lo que yo no entiendo.

Ilustración: Mónica Betancourt

Cerramos el episodio con la promesa de estar más atentos y conscientes de las labores que estaba desarrollando, era incómodo sentirme especialmente observado cuando dejaba el computador para ir a dar vuelta al cultivo de marihuana o a preparar la melaza para el caballo o a cosechar fresas, pero era necesario detectar cualquier mala práctica que estuviera poniendo en jaque mi órgano impulsor, mi vida.

Pronto pudimos determinar que dentro de la casa, lavar loza, cocinar, lavar un baño, barrer, no representaba ningún peligro. El mundo exterior era más complejo; cuando uno sale a hacer algo, corre el riesgo de irse quedando y se puede entretener horas con los fenómenos de la naturaleza que piden una mano para armonizar con el espíritu del hogar; también resultan tareas para hacer en el invernadero, en la bodega, en el parqueadero, y en medio del agite uno se puede sorprender cambiando de lugar una matera pesada, peinando una rosa o barriendo todo el pasto recién cortado. Pero como alerta natural, la hernia siempre ha funcionado perfecto: si el esfuerzo a realizar crispa los músculos del abdomen, lo aborto.

Con los días me sentí muy bien y nos olvidamos tanto del asunto que no nos percatamos de que una mañana dediqué varios enviones de fuerza para ayudar a sacar del lodo el camión de la leche. Lo empujamos entre ocho con un esfuerzo bárbaro, estaba bien atollado. Eran días de aguaceros y noches caliginosas. En la montaña, cuando apagamos la luz para irnos a dormir, la oscuridad es absoluta. Dicen que lo absoluto no existe, pero aquí la oscuridad no tiene dimensión, como si volviéramos cada noche al instante previo al Big Bang. Los nativos se acuestan con las gallinas y a las luces artificiales o astronómicas que quedan titilando en la inmensidad se las traga la niebla púrpura y espesa. Cada uno tiene una linternita en su nochero por si necesita alumbrar sus pasos, prender la luz de la habitación podría causar el efecto de un rayo. Y el silencio es perfecto, ambientado con ladridos a lo lejos, cacareos a destiempo, gotas de rocío contra la pérgola, el ulular amenazante del viento; cuando cesan los ruidos y quiere ser absoluto se transforma en un pitido, un eco, que el mismo oído produce y la montaña misteriosa replica.

Una noche, como ya había ocurrido varias veces, Páez se metió a la casa y se enfrentó con Sapuca, nuestro gato negro, absolutamente negro. Como el intruso aún tiene sus testículos, la pelea es desigual. No se insultan en su lenguaje de bebés del tártaro, ni bufan, ni hay un cortejo del enfrentamiento: el intruso llega agresivo a ver qué hay en las cocas de la comida y casca al que se le atraviese. Por eso Tiñi, la gata, se esconde cuando huele sus pasos. El hecho es que, a esa hora de sueño profundo, porque siempre ataca durante el continicio, los rugidos nos despiertan de una manera violenta. Yo me paro como si estuvieran matando a nuestro hijo que no existe, con gritos de ultratumba y el corazón en la boca, dispuesto a matar, pero torpe, sin espacio ni tiempo. Mi propio susto termina por espantarlo. Su nombre es Simón, pero por un inexplicable capricho de la mente le decimos Páez, Simón Páez.

Horas después, en el desayuno, me sentí un poco débil, no tenía fuerza ni para esparcir la mantequilla en el pan tostado.
—Mi amor, tengo como taquicardia...
—¡¿Sí?!... ¡Ej!... ¿Serán esas despertadas que nos pega Páez?
Epa. Apenas dijo eso traté de recordar un poco lo que siento en esos eventos, que siempre quedan como en el olvido, como si se hubieran vivido entre el mundo real y el onírico. Ocurren confusamente y allá quedan, la consciencia no tiene la suficiente infraestructura para traerlos de vuelta como tema de conversación.
—¡Eso es!, es muy posible porque yo siento esos rugidos dentro del corazón, como si lo desgarraran.
—Claro, el corazón pasa de la quietud del sueño a esos sustos tan repentinos.
—Por eso lo siento molido, aporriao, es como si saliéramos en el carro sin calentarlo, se le iría dañando el motor.
—Hay que hacer algo, un gato no te puede enfermar. Lo primero que hicimos fue caminar un kilómetro hasta la casa donde sabíamos que vivía Simón. Allá nos enteramos de que no estaba operado y que a duras penas iba a dormir o a comer algo. Que no lo podían controlar. No, ni más faltaba. Fue como ir a ponerle una queja a la madre de un hijo profesional de cuarenta años. De regreso recuperamos una bromelia que se había caído de un drago y nos encontramos con el enigmático hombre del hacha, un vecino.
—Ese atigraíto es jodido, un tiempo se estuvo metiendo a mi casa a robarse la comida de los animales; yo salía y él se me enfrentaba, hasta que entré un pedazo de manguera y cuando estaba comiendo le metí unos juetazos, no volvió.
—Ah listo, gracias hombre leñador. Vamos a ver qué hacemos.
Dibujé un croquis para analizar movimientos y accesos. En la noche siempre dejamos la vidriera principal y la ventana del lavadero abiertas para la libre y espontánea movilidad de nuestros gatos entre el tibio interior y el salvaje frío de afuera. Atamos cabos y llenamos con deducciones algunos vacíos, Paéz entra por la principal, cruza la sala, va hasta el fondo, come y huye por la ventana.
—Bueno, una opción es cerrar puertas y punto. ¡Se cierran puertas toda la noche!
—¿Y Sapuca y Tiñi?
—Que salgan de día.
—Esa sería la solución, lo dejamos mamando.
Pero algo no nos convencía, los gatos duermen toda la santa tarde y salen en la noche, sería muy injusto encerrarlos, privarlos de los extremos del día, que es cuando la naturaleza se absorbe a sí misma para producir sonidos, vida y muerte. Y cerrarles el restaurante tampoco funciona, sus caprichos incluyen comer de a poquitos cada hora.
—Ellos tienen sus horarios y hay que respetárselos...
—¿Te imaginás a Sapuca rascando la tablilla y llorando para que lo dejemos salir a las doce de la noche o a las cuatro de la mañana?
Tenderle una trampa y meterle un buen susto se perfilaba como la mejor opción. Si entraba y quedaba acorralado en el fondo, le daba un par de fuetazos con un viril de toro que nos regaló un vecino de 96 años que asegura que cuando estaba chiquito el zurriago ya era antiguo. Por si el enfrentamiento se daba en el zaguán y huía, dejamos en la entrada de la casa un puñado de piedras que alguno lanzaría para que le zumbaran las orejas y se sintiera bombardeado. Pero esa noche no apareció, ni a las siguientes. Decidimos dejar las piedras amontonadas en un rincón y cerrar la ventana antes de acostarnos. Sabíamos que regresaría tarde o temprano, pero no con tanta sevicia.

Después de comer a voluntad sin nadie que lo perturbase, aprovechando la ausencia de los gatos del hogar, se subió al poyo de la cocina a caminar entre las ollas y a abrir alacenas parado en las patas traseras. El ruido de la chocolatera al caer me despertó y como un autómata me paré a ejecutar el plan; un guarapazo contra la ventana me albiriscó aún más. En su intento por escapar Simón dejó vibrando el vidrio y huyó al segundo nivel. Cuando subía con el viril de toro Diana salía de la habitación.
—¿Mñnñn, dónde están los gaticos, mñn? —preguntó frotándose los ojos.
—Ey, ey, ¡despierta! No importa dónde, abrí la ventana para que tenga salidas, ¡está arriba! —grité pasito y nervioso, con el corazón machacándome como si el pecho fuera un mortero de sangre. Ella no entendía qué pasaba, habíamos preparado el inconsciente para rugidos y peleas felinas, no para ruido de ollas y puertecitas, travesuras propias de los gatos nuestros.

Cuando remonté la mitad de la escalera y pude mirar a nivel del suelo con la linterna, iluminé a pocos centímetros el rostro guerrero de Simón Páez. Estaba debajo del sofácama. Recuerdo verlo excitado por la adrenalina, con babas escurriéndole por los colmillos, cicatrizado, la mirada torva, listo para huir o atacar, esperando algún movimiento mío para decidir el suyo. Ahí metido era imposible fustigarlo, entonces terminé de subir y lo espanté para que bajara y saliera. Lo ideal era que Diana lanzara el arsenal de piedras pero al darse cuenta de que era la fiera la que estaba en casa, prefirió resguardarse en la habitación. Y la comprendo, a mí también me dio mucho miedo estar frente a frente con ese animal y no me imagino sus garras y colmillos enterrados en mi piel.
—Parece más bien un gato montés, es demasiado agresivo.
—¿Cómo te sientes del corazón?
—Como magullado, pero ya me estoy acostumbrando.
—Prometo estar más despierta para la próxima.
—Yo me di cuenta porque vos sabés que cualquier cosa me despierta.

Haber estado en esa situación, a un paso de luchar con Páez, me recordó la vez que mi papá se enfrentó con una rata madre que me la tenía montada cuando salía a esperar el bus del colegio. No sé si mi rutina y la del enorme roedor simplemente coincidían, de pronto a esa hora ella conseguía el desayuno para las crías o salía a hacer sus necesidades o apenas llegaba de una noche de caza, pero siempre saltaba del desagüe del bloque a pelarme sus dientes, quizás el olor de los alimentos que iban soltando vapores por los intersticios de la lonchera la desesperaban y me veía presa fácil. El hecho es que mi papá me mandó de carnada para agarrarla a palo por detrás, y aunque no pudo conectarle ni un trancazo, la madre reaccionó con furia y los celas tuvieron que venir a ahuyentarla con machete y escobas. Definitivamente no quería volver a vivir una escena de esas.
—No, me cago, no soy capaz de atacarlo.
—Pero tenemos que hacer algo.
—Pues nos toca mantenernos en la misma estrategia hasta que nos levantemos más conscientes y podamos pegarle varios sustos, irlo desterrando, no veo de otra.
—¿Y si no funciona?, ¿con taquicardia toda la vida? —Doloroso ver cómo me va matando lentamente, con estos agites ya debo tener el corazón desflecado como el de un tipo de ochenta años. —Ay, no digas eso.

A partir de entonces empezamos a temerle a la noche. Aunque recién llegados cerrábamos la puerta del dormitorio para que los gatos no se metieran en la cama después de sus expediciones crepusculares, de las que llegaban emparamados, con las patas enlodadas, cadillos y hasta babosas, o con tiernos presentes silvestres de larga y fina cola o lindo plumaje, decidimos dejarlos entrar para estar unidos los cuatro, para que encontraran refugio en caso de verse en peligro. El instinto de supervivencia nos decía que Simón Páez podía matarnos a todos, de un zarpazo o a paso lento.

Por esos días nos sentíamos como las víctimas de Freddy Krueger, nos dada miedo quedarnos dormidos porque ahí era que llegaba la bestia. Eran varios miedos: a interrumpir el sueño profundo abruptamente, el desgarro del corazón, el miedo genético y primitivo a la oscuridad, al animal enemigo, al depredador; una cadena de infortunios podría hacerme caer frito como un pollo, y también estaba el miedo a que les pasara algo a nuestros gatos. Me era muy difícil conciliar el sueño, esperando que llegara Páez. Pasaban las horas y de pronto sentía que llegaba Sapuca o la Tiñi. Si no duermo va a ser peor, pensaba ahí, dando vueltas en la oscuridad sideral, con cuidado de no caer de la cama a un agujero negro. Los gatos empezaron a acompañarnos más, sentían nuestro temor. En noches de desvelo, la Tiñi se encaramaba en mi pecho y ronroneaba sobre mi corazón para sanarlo. En medio del silencio, escuchaba el ronroneo y pensaba que así mismo debía sonar el universo, un crepitar gaseoso e infinito después de la gran explosión. Después de horas en duermevela llegaba el momento, con el canto de los primeros gallos, en que caía profundo.
—El universo suena como el ronroneo de un gato —le dije a Diana, esperaba descrestarla pero no me paró bolas.
—Y no volvió nuestro tormento, pues... —Hm hm, seguro se pilló que le íbamos a dar unos manguerazos —dije manguerazos pero los dos sabíamos que me refería a latigazos con el mítico viril.
Un día tuvimos que bajar al valle. Salimos en el carro y cuando bordeamos la casa donde vivía Páez lo vimos tomando un baño de sol en el murito del corredor. Frené en seco.
—Miralo, miralo —Páez estaba a pierna suelta, pero al escucharme adoptó la posición sigilosa de gallinita empollando.
—Te reconoció la voz —dijo Diana. De pronto era cierto, la vez del sofácama me había escuchado hablar muy cerca y según ella, yo no me acuerdo, otra vez le había gritado desde la ventana mientras se esfumaba en las tinieblas, “un día de estos te voy a matar, hijueputa”.
—¿Qué hacemos? Está en su territorio...
—Ay, tan lindo...
—No joda, ya te enamoraste del enemigo — chisté y chirrié las llantas contra el cascajo.
Páez no volvió a aparecer por la casa. Como los gatos seguían trayendo naturaleza viva al lecho, clausuramos de nuevo la entrada al dormitorio. La ventana del tendedero se seguía cerrando y las piedras ya hacían parte del paisaje; si de pronto regresaba con sus pasos de tigre la idea era tratar de pegarle el susto. Decirle a través del lenguaje de la agresión que no era bienvenido. Pero no volvió y las arritmias desaparecieron.

El asunto me inquietó de nuevo una mañana que me encontré con Migajita, un campesino que vive a unos trescientos metros, pero sus potreros lindan con nuestro terreno. Risueño y curioso me preguntó qué era lo que estaba haciendo en estos días metido en el bosque a las cuatro y media de la mañana con una lanza.
—¿En el bosque yo, a la cuatro de la mañana, con una lanza?
—Sí, don Ufragio, yo salía a ordeñar y usted salía del bosque con un palo de esos que la señora suya les pone a las matas de frijol.
Me reí y preferí no preguntar, no fuera que me empezaran a tildar de loco en la vereda. Mientras iba corriendo a contarle a Diana, recordé que hace poco me dijo que uno de los palos largos del huerto había desaparecido. Interrumpí sus escrituras sagradas.
—¿Viste si en estos días me levanté en la madrugada? —rogué para que se acordara de algo, pero esas horas suelen quedar en el silencio eterno del olvido, o como en el poema de José Manuel Arango, en las rojas cavernas donde habitan las bestias terribles de un sueño, que es tuyo, que te signa... el sueño arcaico que a la mañana no recuerdas.
—Hm, vos sabés que no me doy cuenta de nada.
A los pocos días aparecí con unas irritaciones en los brazos, según los campesinos era una reacción alérgica a un árbol que abunda en estos bosques: el manzanillo. Quince días con rasquiña. ¿Cómo puedo explicar esto? No sé, pero parece que ha sido en lo más primitivo donde he estado resolviendo mis miedos. Quiero darles caza. Quiero brotar de la montaña misteriosa, embozado en la niebla, con el enemigo colgando de mi mano. Quiero ver la cara de alivio de mi manada.UC