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Número 06 - Octubre de 2009   

Artículos
Chucu-chucu: un ritmo muy fashion
Paula Camila Osorio Lema. Ilustración: maxgallinazo
 
Ilustración: maxgallinazo
 

"Pa que tú lo bailes, pa que tú lo goces, algo que es muy nuevo, y nadie conoce".
La Billo's Caracas Boys (Pasito Tun Tun)

No sé si les pasa, pero cuando llega diciembre, y en tiendas y cantinas resuena un chucu chucu de esos cuya letra todos nos sabemos (digamos: Yo que vivo enamorado de tus ojos, de tu boca, ayyyy, y de tu cuerpo bonito. Eres para mí el candor, eres para mí una diosa, te quiero hasta el infinito), de repente me entra lo que me gusta llamar el "síndrome decembrino": instintivo meneaíto chucuchuquero, que las tías, casi siempre en diciembre, casi siempre al calor de un aguardientico, acompañan de un siseo, muy de tía: ps, ps, ps. Entonces, me siento antioqueña, familiar y nostálgica, y recuerdo las navidades cuando niña, los tíos fritando chicharrón en el patio, los primos aprovechando la licencia festiva para hacer todo lo que no podíamos hacer en otra época del año.

Pero el Chucu-Chucu, sobra decirlo, no es solo diciembre, ni tablado en Feria de Flores, ni parranda de mafioso a las tres de la mañana, todos muy borrachos, con ganas de bailata y antioqueñidá. Es también la eterna pregunta por lo nuestro, la perenne vergüenza de saber que todo lo propio es prestado, a pesar del gastado discurso de una raza inexistente, que no es pujante sino tramposa, que no es berraca sino chanchullera, pero que, en últimas, también tiene lo suyo.

El asunto es este: unos muchachos insolentes, que apenas rondan los 30, decidieron sacar el género del clóset, sacudirle la vulgaridad y convertirlo en un pretexto para la burla, y también para la reflexión. Y digo sacarlo del clóset, porque como me dijo uno de esos muchachos, "incluso para los chucuchuqueros es agresivo que les digan que tocan Chucu- Chucu". Y digo vulgaridad, porque en la última Feria de Flores tuve el privilegio de ver a la Orquesta Sinfónica de Eafit tocar con pasión un chucu-chucu. Y eso que el vocablo nació para nombrar con desprecio algo que se consideraba de mal gusto, o sea mañé. Porque es un género popular por excelencia. Porque como dice con razón Jorge Cotes, director y productor del Tropicombo, somos esnobistas y nos ha gustado siempre desacreditar nuestra música. Porque "la identidad colombiana es la falta de identidad", como anuncia con caligrafía infantil el segundo trabajo de los muchachos candelarios, la nueva generación chucuchuquera.

Chucu-Chucu parlante

Más fácil que decir qué es, es contar qué no es: no es porro, no es cumbia, aunque se parece mucho porque de ahí justamente proviene. No es de Antioquia, pero es lo más parecido a una música propia que tenemos los paisas. No es bandeja paisa ni mazamorra, y sin embargo es identidad. Y en más detalles de tipo explicativo entraré luego de exponer las causas (o mejor, los causantes) del renaciente interés por la música de siempre, que escuchamos casi siempre sin mucho pensarlo.

Si usté pregunta, a los que saben, le van a decir que en la ciudad solo tres agrupaciones hacen Neo Chucu- Chucu, como acá lo llamaremos, a falta de otro término más preciso. Está Puerto Candelaria, que hace Chucu- Chucu Underground, según ellos, o Chucu-Chucu Jazz, según otros; está Gordo's Project, que hace Chucu- Chucu Fashion; y está Parlantes, que no se dedica estrictamente al género, sino a lo antioqueño y a lo popular: en ambas categorías se enchola perfectamente el Chucu-Chucu. El gran abanderado del "naciente movimiento" (y el que se lleva todas las ovaciones) es Juancho Valencia, director y compositor de Puerto Candelaria, un grupo que junta el jazz y la música colombiana, para hacer una cosa muy rara, única en el mundo, que más que jazz es música colombiana. Muy amigo de él es José Villa, director y compositor de Gordo's Project, y también Jhon Henao, director musical de Parlantes. Amiguitos todos, en el camino tuvieron una inquietud común que, en palabras de José Villa, fue la siguiente: "¿cuál es mi manera de hacer música colombiana siendo yo un paisa que tal vez no quiero tocar bambuco?". Porque en la música colombiana está de un lado la negra (cumbias, porros, gaitas, etc.), y del otro la blanca (bambucos y pasillos), y casi nunca se juntan, y más bien viven de pelea.

Tratando de estar lo más cerca posible de lo "colombiano", llegaron a los lugares de la cumbia y el porro, y no los sintieron tan propios: "no —cuenta Juancho—, ese folclor no era de nosotros, eso es del campo. Nosotros nacimos en una generación totalmente incomunicada con el campo, en la niñez pudimos ir, después tuvimos 10 años, mientras crecíamos nos decían siempre: no, usté no se puede meter allá". Y buscando entonces entre el hormigón de la ciudad, fue que apareció el Chucu- Chucu.

Cuando le preguntan por ese momento en que se concretó la idea de vestir de Chucu-Chucu sus inquietudes musicales, él piensa en uno de los mayores ridículos de la historia del país: la silla vacía que dejó Tirofijo durante la negociación con el gobierno Pastrana. Así nació Proceso, el primer Chucu-Chucu candelario: "yo quería hacer una música de ese momento, en que yo como compositor empiezo a darme cuenta de la falta de seriedad del país en el que vivimos. Y el Chucu-Chucu es el mejor empaque para poder transmitir esa idea de absurdo, de caos". Eso es, justamente, Puerto Candelaria: una caricatura de lo colombiano, de lo paisa, una puesta en escena que provoca risa.

También, lo dice Juancho, es un punk made in el Trópico, presentado en dos formatos: el del Chucu-Chucu, y el de banda de pueblo, desafinada y colorida, como es "la música colombiana en su estado natural". Y si en su primera producción, Kolombian Jazz (2002), sólo había un chucuchucu, en la segunda, Llegó la Banda (2006), fueron tres. En Vuelta Canela, próximo a estrenarse, la mitad de lo que van a escuchar es chucu-chucu. ¿Y por qué? Pues para transgredir, para darse el lujo de llevar lo popular hasta los terrenos infranqueables de la academia, y poner, al mismo tiempo, a bailar al pueblo con una música tan compleja como el jazz.

Gordo's Project, por su parte,nació cuando a José Villa ("el Gordo") le dio por componer dos temas: La faldita, que dice no me dejes tan solita, levántame la faldita, ven demos la vueltecita, pa bailar la cumbiecita, y Nasty, que dice no creas, que te sales con la tuya, despierta, que no estamos en la luna. El concepto funcionó, y vio que había en él mucha tela que cortar. Entonces, reclutó un cocao'e gente, "y al final —hará unos tres años— ya nos vimos montados en un tren del que no nos podíamos bajar", como dice él. También cuenta José que no tiene más pretensión que la de entretener y empujar al bailoteo, que lo hace no más porque le sale sin esfuerzo, y también porque le gusta a las tías, que además lo bailan. En el 2009, gracias a una Beca de creación de la Alcaldía de Medellín, lanzaron su primera producción, The New Tablado, con diez temas que son Chucu-Chucu, pero también cumbia, vallenato, son, merengue, y demás expresiones de la floripepiada música colombiana (y latina).

 

Y, bueno, está Parlantes, que es tan… tan propio, tan claramente antioqueño, aunque sea rock. Ese sonido muy Medallo, que empezó con Estados Alterados y siguió con Planeta Rica, Juanita Dientes Verdes y Bajo Tierra, se concretó luego en Parlantes "con los restos de esos otros grupos, que fueron los que abrieron el camino", como cuenta Jhon Henao. Aunque nunca pretendieron hacer Chucu-Chucu, se ganaron su lugar gracias a la inquietud por lo popular, por la calle, que es donde está la Medellín de verdad. Luego del fin de Planeta Rica (su primer proyecto personal), Jhon, que estuvo siempre más cerca de la música bailable, siguió buscando cómo juntar su alma tropical con lo que aprendió de su tardía llegada al rock. Un día se juntó con Camilo Suárez, luego llegaron otros: "la mitad era tocar, y la mitad era hablar, y hablar y hablar, como unas loras hablar". Por eso se llaman Parlantes, porque importa tanto lo que dicen: Va a repetir y a cantar los delirios del lugar. Es un espejo animal de la insania general (la luz que nadie espera de tu lengua negra). Las palabras precisas las puso Camilo, y en la música logró casar Heneas el variopinto trópico y el foráneo rock and roll. Y sacaron Parlantes 2005, y en 2009 el Lenguanegra: mosaico callejero, poesía de arrabal, crónica roja de un pueblo maldito, traqueto y desmemoriado.

Algo parecido a una definición (y un breve repaso del origen)

A continuación, para el forastero descontextualizado, lo que debió haber sido el principio: algo parecido a una definición. El Chucu-Chucu es, grosso modo, "una malformación" de los porros, las cumbias y las gaitas, una síntesis paisa de la música ajena, folclor costeño tocado por blancos. El término correcto sería "gallego", que es como decir cuadriculado. Un porro cuadriculado. O sea, más fácil de bailar pa un montañero.

Si bien tiene varias vertientes (una urbana, una rural, una venezolana), todo el género se reduce a lo mismo, según Juancho Valencia: "personas que querían tocar las cumbias y los porros de Lucho Bermúdez, y que no eran capaces, sumado a una costumbre muy paisa de desvalorar lo que no es de Antioquia".

Y aunque no venga ya al caso, luego de tanta cháchara, en adelante llamaremos al género "música tropical colombiana", que es como le dicen los veteranos en el oficio, a quienes poco les gusta "Chucu-Chucu", el nombre más vergonzante con que se conoce (también lo llaman "raspa"). El problema (y esta es una consideración muy personal) es que el nombre resulta más bien genérico: música tropical es también un merengue, un reguetón, una bachata. ¿O no?

Chucu-chucu

 

En fin. A mediados del siglo pasado, la música colombiana fue el boom en toda América Latina. Lucho Bermúdez se convirtió en todo un fenómeno, y a cada país le dio por hacer su propia cumbia (y luego por decir que era originaria). Luis María "Billo" Frómeta, fundador y director de La Billo's Caracas Boys, vivía por ese entonces en Venezuela porque no podía volver a su país natal (República Dominicana), en manos de un dictador cuyo nombre no viene a cuento. Como estaba tan de moda quiso hacer música colombiana, y para hacerlo creó un ritmo al que llamaron como él: billo. Según Jorge, "lo que hizo él fue uniformar la cumbia, el porro, la gaita, con un golpecito de tumbadora básica; y ahí está parada la fórmula rítmica de los grupos antioqueños".

Luego el billo atravesó la frontera y llegó hasta Antioquia, donde también estaba in que al nombre de las agrupaciones musicales nacientes lo antecediera un Los, como Los Beatles, o Los Rolling Stones. Y a mediados de los sesenta, aparecieron grupos como Los Golden Boys, Los Black Stars, Los Claves, Los Éxitos, Los Teenagers (y dice: Hoy enredé a tu balcón, un lazo verde esperanza, con la esperanza de verlo prendido a tu pelo mañana en la plaza). Y ahí, entre los adolescentes, estaba Gustavo "el loco" Quintero, ícono de la vertiente urbana del género, que luego formó Los Hispanos (con entonado acento: Por qué te casaste Adonay, y no me esperaste, Adonay, te sigo queriendo, Adonay, te iré persiguiendo), y después Los Graduados (también me la sé: Quién la veeee tan linda, quién la veeee tan bella, quién la ve tan presumida, si anoche bailé con ella). "Eran casi que rockeros tocando música tropical", según José: la noche que comienza, y un twist, un foxtrot, mucho yeyé, mucho gogó; y luego, la ebriedad amanecida, un porro, una cumbia, con la fórmula billística.

A estas alturas le apareció otro rasgo al género: la comunión entre la música andina y la costeña. O sea, según Jorge: "un pasillo, un bambuco, ese tipo de armonía que usa esa música andina, que se identifica tanto con la región, nosotros la cogimos y la pusimos en la música bailable".

Y así fue, con el billo y el matrimonio entre lo blanco y lo negro, que nació la música que nos identifica. Es decir que acá no hay una música propia, sino una reunión de influencias. Y lo que la hace tan propia no es más que esa forma antioqueña de sentir la música ajena, el tumbao paisa con el que nos gusta bailar un porro. También es nuestro porque Medellín es el único lugar donde se sigue haciendo, donde todavía se escucha, donde permanece. "Y si lo tenemos ahí —como dice Jhon Henao— es porque de alguna manera nos pertenece también, así sea prestado".

La podemos llamar música tropical antioqueño-colombiana, como prefiere Jorge, o la podemos llamar Chucu-Chucu, como han decidido nombrarla Juancho Valencia y su corte. En últimas, lo que importa es que nos sabe sabroso, porque nos dieron con eso el tetero. Lo que importa, como dice la canción de Gordo's Project, es que es un ritmo muy fashion, un ritmo muy play, que se va a quedar a vivir en esta provincia pretenciosa hasta que el cielo castigue nuestra falta de identidad con una lluvia de fuego de la que nadie podrá hacer luego una canción.UC

 
Ilustración: maxgallinazo