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Número 06 - Octubre de 2009   

Antimateria

 

El líchigo Da Vinci

Era nada menos que el genio reunido de Leonardo Da Vinci, además de mi oportunidad de conocer por dentro la Caja de Madera, que por fuera se ve tan atractiva. Fui, hice la fila y entré a un laberinto estrecho, abarrotado, tan mal dispuesto que no me dejó ver bien ni al genio ni el interior de la Caja.

Pasamos por la exposición (que no paseamos, como debió haber sido) en grupo de 20 personas, conducidos con evidente prisa por la guía que nos ametrallaba con su libreto. Por el abarrotamiento, nos llovían esquirlas de los discursos con que aguijoneaban a los grupos de atrás y de adelante. Era una sopa de letras y de artefactos.

Una sola sala amplia había, todo hay que decirlo: la que lucía el estudio científico de la Mona Lisa. El resto era un almacén de muebles en ofertas, con apenas 20 ó 30 centímetros entre una maravilla y otra; parecían los días de aniversario Éxito. La asustadora tortuga de guerra, circundada de cañones, no era más que una cucaracha arrinconada del miedo. Vi claustrofóbico al hombre-murciélago, temiendo sacarle un ojo a alguien con la punta de sus alas. Los célebres estudios anatómicos del Maestro estaban adocenados, cual mostrario de marquetería, en una pared de 4 metros de alto, en un pasillo que cuando mucho te dejaba retroceder 2 pasos para ver los de arriba. Misión imposible. Para colmo, muy mala iluminación y letras diminutas en las fichas.

¿Por qué no escogieron un mejor lugar, más amplio, o diseñaron mejor el espacio? Que no vaya a ser que menosprecian al público y consideran que debemos abstenernos de criticar y estar agradecidos porque al menos nos trajeron la exposición. Que no sea que también piensan estrecho.

Debo consignar aquí que, pese a todo, salí riéndome con las frases automáticas de un guía: "Por su interés en el cuerpo humano, especialmente el masculino, decían que Leonardo era homosexual, pero nunca le pudieron probar nada".