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Número 06 - Octubre de 2009   

Artículos
Bailes viejos
Pascual Gaviria. Ilustración: Ilustración: Bad Soja

 

Para contrarrestar las lagunas que han dejado las juergas librescas reseñadas en esta página, estará bien esculcar una memoria de los bailes remotos de la villa escrita por dos protagonistas del "sexo barbudo". Zapateos elegantes en la casa del Señor Cosme Sacachimbo, en la culata de Robledo, y saltos algo más dudosos en la casa de ña Fulgencia, en el Barrio Guanteros, cerca del antiguo cerro de las tres cruces hoy en manos de un solo Salvador. Los dos bullicios sonaron entre 1870-1876 y sus crónicas fueron publicadas en la Revista Antioquia y en una compilación de relatos llamada Antioquia Literaria. Todavía los consejos de Monsieur Carreño eran regla de civilidad que apenas los más jóvenes, los más burdos y los más borrachos se animaban a desafiar.

Para el baile elegante en la casa de Robledo se regaron rumores con dos meses de anterioridad y la parroquia toda entró en conmoción. Según Antonio Marín Restrepo, cronista y bailarín rechazado por la dueña de una "boca más linda que un botón de rosa", Medellín apenas seguía de vez en cuando el paso de algunas guabinas y contradanzas y el solo rumor de un gran baile desató profunda sensación. "Los estadistas se preocuparon; los industriales pusieron el grito en los cielos; los viejos saltaron para arriba; las señoras beatas hicieron rosca y declamaron en todos los tonos contra las liviandades del siglo; los gazmoños que también abundan en la parroquia, lanzaron excomunión mayor ipso facto contra los herejes corruptores de la sociedad".

Para las invitaciones Don Cosme se puso su frac traído de Jamaica y salió a la calle "a convidar gentes y más gentes". Es bueno dejar claro que según el cronista también hubo dicha con la promesa de la orquesta y sus polkitas: los comerciantes celebraron la buena venta de flores, cintas y encajes; las matronas vieron oportunidad para arrimar bien a sus ahijadas y los muérganos gozaron pensando en la oferta para sus demandas. Pero dejemos en la puerta de Don Cosme a los señorones y los danzantes, a las señoras y las señoritas, y vamos al Barrio Guanteros, a la casa de ña Fulgencia, donde no hay espejos ni tapices ni arañas que admirar.

La invitación para Ricardo Restrepo, cronista del baile más movido, vino de boca de la propia Fulgencia, cocinera con ganas de jugar el rol de anfitriona del patrón:
"Pues es que esta noche vamos a hacer una cenita y a bailar un poquito, y nosotras querríamos que usted nos honrara la casita asomándose por allá aunque sea un rato".

La disyuntiva del invitado bisoño a esa clase de reuniones está dada por la elección entre ruana o levita. En vista de que la primera puede parecer desprecio Don Ricardo sale con los faldones cruzados por delante acompañados de chaleco y pantalón blancos. En una de las calles más desiertas del barrio encuentra la casa en sazón, empuja la puerta y recibe un frío recibimiento: "Saludé a las personas que estaban cerca, dándoles las buenas noches; pero la mayor parte permanecieron en silencio y las demás me contestaron con tono apenas audible".

En la sala baja y medio oscura hay seis "ñapangas" disfrazadas de señoras. Según le cuenta su guía de ocasión, un funcionario de oficina pública con boleto de entrada a las casas ricas y a las casas deliciosas, todas son criadas huidas bajo el pretexto de una tía enferma. Y deben tratarse de "Señorita" y de "Hágame el favor" para que entreguen lo que saben bailando Polka, Wals o Strauss; porque han olvidado el bunde y la guabina en la casa de trabajo junto con la ruana. El "sexo feo" está representado por tres o cuatro artesanos simpáticos y pacíficos, acompañados por un sastre belicoso a quien ha pinchado la aguja del socialismo y por un joven elegante de patillas sobadas que según dicen vive de la rapidez de su mano. La mirada que le prodigan al recién llegado hace prever que habrá baile.

Es hora de volver a la casa de Don Cosme y dejar el ánimo de las ñapangas con la música alta y la luz baja. "Las señoritas entran en fila como una gran serpiente, luciendo sus escamas y arrastrando las colas". Las señoras están sentadas en la sala y vigilan todo con la atención del espectador de teatro en la butaca. A los señores de elevada posición social, "se entiende quienes tienen dinero, venga de donde viniere", les interesa más la cháchara que el baile. Para "expresar ideas con los pies" están los caballeritos de vestidos irreprochables, bien acicalados, con bigotito frisado y un grueso cigarro Ambalema en la mano. Han entrado también en fila, como soldados de un regimiento, para no turbarse al saludar a los anfitriones.

Cachacos, los llaman las crónicas de la época e intentan dividirlos entre los elegantes, los patanes y los cornabacetes. Los reúne su libertad del yugo marital y los separan sus aspavientos, su prudencia y sus años. Los elegantes caminan tan suave como las damas, no ahorran venias al momento del saludo y prefieren la prudencia a los alardes. Los patanes van al teatro todas las noches más en busca de la botella que del drama, aplauden con palmoteos, se ríen a carcajadas, fuman delante de la nariz de las damas y olvidan que tienen el sombrero en la cabeza. 

 

Ilustración: Bad Soja

  
Además, "van a los bailes sin guantes y con botas, le hablan a media voz a la pareja y al día siguiente cuentan a sus camaradas los apretones de manos, las miradas, las palabras, los claveles, con que los regalaron en el baile fulanita y zutanita, de quienes ellos amanecen furiosamente enamorados…". Por último están los jovencitos imberbes de apenas 13 ó 14 años que aspiran a ser cachacos y se paran en las esquinas a hablar de cacerías, de perros, de gallos y de amores. Las crónicas los desprecian porque apenas leen de corrido y ya le hacen la corte a las señoritas y conjugan un verbo cercano a las copas y las botellas.

De todos los tipos hay en el corredor de la casa de Don Cosme y, como siempre, "las mujeres capaces de conmover el corazón de un usurero" son la prenda más escasa. El cronista fija su atención en aquella boca de "botón de rosa" que adorna a una "morenita picante como pimienta de Ceilán". La pequeña belleza tiene turno para las siguientes ocho piezas y rechaza al corresponsal de Robledo con un "pucherito de pensionista" y un regalo de carmín en las mejillas. La música entrega el milagro del baile pero el silencio no es menos esperado: es el momento para "las dulces confidencias, las amorosas declaraciones y los finos galanteos".

Para el final se guardan las quejas más agrias. La señora de la casa no logró que los jóvenes indolentes sacaran a bailar a todas las señoritas. Más de una se quedó sin ser citada para el baile ni acompañada para la cena. Al momento de pasar al ambigú, el bufé para que me entiendan los barbilampiños nacidos en el siglo XX, el sexo barbudo se precipita sin cuidado y sólo la minoría de bellezas encuentra un brazo que las conduzca hasta la promesa de las bandejas. Cuando la aurora irradia en el oriente los comensales más animados con las muchas copas han dejado el corredor y gritan sus razones en el salón. Resoplando las penas y las preocupaciones de todo anfitrión Don Cosme suelta su sentencia entre dientes: "No me cogerán en otra función".

Dejemos las tiaras de las señoritas y volvamos donde las ñapangas de Guanteros, sitio donde se realizaban los carnavales decembrinos en el Medellín del siglo XIX. Las botellas van por la mitad y la mala cara sobre el invitado y cronista ha disminuido. Las recomendaciones de ña Fulgencia y el servicio de guardaespaldas y consejero que encontró en la persona de un oficinista amigo parecen salvar la noche. Pero pasadas las doce, cuando llegan los platos y las bandejas con carnes dudosas y dulces, cuando el invitado está a punto de sentarse en la cabecera de una mesa improvisada, suena la campanada en la boca del sastre socialista:
"Estos cachacos del diablo se meten siempre donde nadie los llama. Pero llegará el día en que el pueblo altivo conozca sus derechos, y entonces los ricos ladrones nos pagarán las verdes y las maduras". Termina la arenga y aparecen en la puerta cinco hombres con garrote en mano y voz aguardientosa. Están liderados por un carnicero amigo del sastre rojo. Vienen en busca de gresca y encuentran la presa perfecta: ya están las velas apagadas, ya se oyen los gritos que piden cuidar las puertas y dar palo al cachaco, ya está el cronista saltando tapias de solar en solar por entre una noche "negra como boca de lobo". La escena parece sacada de esa vieja fiesta donde ña ratona que termina emboscada por gatos: "Don Renacuajito mirando este asalto / Tomó su sombrero, dio un tremendo salto / Y abriendo la puerta con mano y narices, / Se fue dando a todos noches muy felices". Ya en la casa el cronista se mira al espejo y termina con una conclusión cercana a la de Don Cosme: "Hago juramento solemne de no volver a bailes donde sean necesarios la agilidad en la carrera y profundos conocimientos en gimnástica".UC