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Número 06 - Octubre de 2009   

Fiebre amarilla
 

Artículos
Fiebre amarilla:
Nuestro señor del rosario
Sergio Valencia R.

De un lado a otro de la ciudad van los taxistas llevando y trayendo historias, averiguándolas, recogiéndolas, enredándolas ("tejiendo realidades", diría un sociólogo juicioso, o "encapsulando sus propias pasiones en aventuras ajenas y colectivas", diría un sicólogo prendido). Aquí va una muestra. Si alguien sabe otras, que las mande a ver qué hacemos con ellas.
 

Siendo Medellín ciudad rezandera cual la que más, no ha de ser muy buena la calidad de la fe que abunda pues hasta ahora no ha movido ni siquiera una de las montañas que la rodean. Todos, impíos y beatos, hemos implorado alguna vez, sin éxito, para que se traslade Matasanos y nos deje llegar rápido a Tolú, sin bambolear la angustia en aquellos precipios. ¡Vaya fe que no ha sido capaz ni con el Pan de Azúcar, tan manso cerro!

La fe de por aquí alcanza apenas para mover historias milagrosas, colindantes con lo esotérico, como ésta que me detalló un taxista, tras autenticarla con un pico en la cruz que armaron sus dedos.

"Hace dos meses —se cumplen este sábado, especificó—, una tarde en que rebuscaba carreras y no me salían, decidí arriesgarme haciendo fila en un acopio a la salida de un centro comercial; no acostumbro parquearme a esperar, me gusta más ruletiar, pero el día había estado malo y así al menos no desperdiciaba gasolina. Fui ganando puestos poco a poco y cuando llegué al tercero vi que el taxi de adelante, uno de esos chiquitos nuevo, tuvo que rechazar un pasajero porque se varó de repente. Mientras el conductor renegaba confundido, el pasajero desfiló hacia el siguiente y, para que vea que existe el destino, no apareció por ninguna parte el taxista. Parece, dicen, que salió de urgencia para el baño, o quién sabe. Entonces me tocó a mí llevar a ese señor alto, de unos 55 años, vestido elegante, de ojos claros y cara de buenagente. Debía ser de otra ciudad, o rico, porque con toda naturalidad se sentó en la silla de atrás. Habríamos andado dos o tres cuadras cuando me preguntó si era creyente, y como notó que yo no le encontraba razón a esa pregunta salida así como de la nada, me explicó:
—Como tiene esa medalla de la Virgen pegada ahí, pensé que era devoto de Nuestra Querida Madre —y señaló el tablero, justo al lado del reloj.

Muy raro me sentí al comprobar que, efectivamente, ahí estaba un óvalo amarilloso, como de plástico pero fino, del tamaño de una moneda y con la imagen de la Virgen en relieve. Tendría que haberlo visto antes, yo que sacudo bien el carro todas las mañanas. Y más raro me pareció que él lo hubiera descubierto así de rápido entre tanta maraña que adorna el panel frontal de mi cacharro.

—No la había pillado. Seguramente la puso mi cuñado, que me hace el turno de la noche —repuse para salir del paso y de mi propia sorpresa. Aunque en el fondo lo dudaba porque para descreído mi cuñado, ese se iba a ir derecho para el infierno por ateo y criticón de la iglesia.

El hombre, tranquilísimo, sacó del bolsillo de adentro de la chaqueta una camándula de madera negra, con unas pepas que al brillar hicieron que lo mirara un instante por el retrovisor, y me propuso que rezáramos un rosario mientras lo transportaba. No soy chupacirios, pero la voz de ese tipo o alguna otra vaina que no entiendo, me convenció, y terminé participando en las letanías; ¿cuántos Dios te salve María contesté? No me acuerdo. Sólo sé que de un momento a otro iba en trance por plena autopista sur a esa hora repleta de carros, sin pitar, sin insultar, sereno como nunca; hasta paré en un Pare, recuerdo.

Salí del anestesiamiento al sentir un golpe en la puerta de adelante, la del pasajero; fue un golpe seco contra la lata, como si me hubiera chocado una moto, frené y miré pero no había nadie ni nada me había tocado. Oí entonces que el señor me decía: Muchas gracias y cuánto le debo. El taxímetro marcaba casi 20 mil pesos, mucho, con esa plata se atraviesa la ciudad. Mientras me pagaba y le devolvía caí en la cuenta de que nunca le pregunté el destino de la carrera, algo inconcebible para un taxista profesional como yo. No puedo decirle qué calles recorrimos ni se lo pregunté. Se bajó dejándome como ido, y remató mi incertidumbre cuando mirándome a los ojos se despidió: Que la Virgen te acompañe, Rodrigo. Toda la vida me preguntaré cómo ese tipo supo mi nombre.

Para volver a arrancar me demoré un rato, hasta que pude deducir dónde estaba y se me quitó del todo la perplejidad. Opté por ir a entregarle el carro a mi cuñado, así fuera antes de lo convenido, para contarle el suceso y descargar la mente. Al voltear en la última esquina vi que algo pasaba, varias personas estaban reunidas delante de la puerta de entrada a las escaleras que subían al segundo piso donde él vivía. Me bajé asustado de verles la cara de tragedia. Tenía las llaves que me había dado por si alguna emergencia, pues vivía solo.

Abrí con dificultad. Empujamos con fuerza. Mi cuñado había resbalado y murió cuando su cabeza se estrelló contra la puerta. Fue un golpe seco contra la lata.

Mientras escuchaba a los vecinos relatarle a los policías que lo único extraño que habían visto era cómo un señor elegante, con aspecto de buenagente y unos 55 años, se bajó de un taxi, tocó la puerta y sin esperar que abrieran se fue en el mismo taxi, corrí a buscar la imagen de la Virgen. Ya no estaba. Llevo dos meses esculcando por todo el carro y no he podido encontrarla. Y tampoco he podido volver a dormir tranquilo". UC