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Número 06 - Octubre de 2009   

Fiebre amarilla
 

Artículos
Fiebre amarilla:
Carreras mínimas
Fernando Mora Meléndez

Fiebre amarilla
 

El muchacho se subió al taxi. Íbamos por la Ochenta con la Treinta y cinco cuando me dijo sin mirarme:
"Necesito este carro".
Yo lo vi de reojo.
Tenía una cara flaca y pálida, motilado a lo recluta y con unas ojeras de vampiro.
"Necesito este carro", volvió a decir, sin mirarme.
Llevaba la camisa por fuera del pantalón, dos tallas más grande que él.
"Hermano", le dije, "¿usted está hablando en serio?".
"Claro que estoy hablando en serio", me contestó, "¿O usted cree que estoy charlando?".
Ni siquiera se tomó la molestia de mostrarme el arma. Con la mirada hacia el parabrisas me ordenó que subiera a San Javier. Ya era tarde y no quería averiguar si el arma que tenía era de verdad. Aquí la verdad no cuenta. Y un muchacho como esos son los que no tienen empacho en despacharte para el Otro Lado, por entrega inmediata.
Mientras desviaba hacia el occidente, rumbo a San Javier, el pelado se entretuvo prendiendo un cigarrillo; y fue entonces cuando hundí el acelerador y cogí por un atajo que conozco, en el que hay un retén de policía. El muchacho al instante se dio cuenta del camino que había tomado y me habló alterado.
"Hey, ¿usted para dónde es que va?".
"Para San Javier", le contesté.
"Por aquí no es", me dijo.
"Por acá también se sale".
No sé por qué ni cómo se calmó. Avanzamos unas cinco cuadras más y, en efecto, allí estaba el retén. De inmediato paré el carro, salí de él muy rápido y les grité a los agentes que por favor vinieran.
"Este muchacho me amenazó, que lo tengo que llevar a San Javier y que necesita el carro".
Los policías lo hicieron salir, lo esculcaron contra la capota y lo único que encontraron en sus bolsillos fueron cincomil pesos y un pucho de marihuana. El pelado estaba llorando y dijo que lo del carro era una broma, que él ni siquiera sabía manejar.
"¿Qué hacemos con él?", me preguntó el agente.
"A mí que me pague la carrera", dije, " y denle una patada".
El agente me pasó el billete de cincomil, me miró a los ojos por debajo de la gorra y me propuso:
"¿Por qué no se la da usted?".
"Porque yo no soy policía", le dije.
"!¿Cómo así?!" "¿Usted es de los que creen que los policías sólo estamos para dar patadas?".
"No lo sé", le dije.
"Dele usted la patada", ordenó el agente.
"Yo no", le dije, "¿usted cree que yo soy de esos taxistas que dan patadas?".
Alcancé a escuchar todavía el llanto pasito del muchacho.
"Entonces ¿lo dejamos ir?" me consultó el policía.
"Ustedes verán", les dije, "al fin y al cabo ustedes son la autoridad".
El muchacho me miró con la más dura y triste de sus miradas. Puse primera y aceleré.

Había estado rumbiando en un tablado de la Feria y de un momento a otro me desperté en un sardinel, solo. Todos los amigos míos se van apenas me ven entonado y debe ser por algo. Dicen que yo con el guaro me transformo, como un tal doctor ¿Yekiel? o yonoséquién.
El caso es que ya no se oía ninguna música. Apenas vi a un camión que estaba cargando unos bafles gigantes y a algunos barrenderos del municipio
que recogían los restos de la juerga. Caminé hasta la Avenida para descubrir que los pocos taxis que pasaban iban ocupados.
Me resigné a seguir andando sin esperanza por la otra orilla, como un guerrero del camino, envalentonado por los tragos. Al poco rato me sorprendió un taxi vacío, casi como un auto fantasma que me seguía muy despacito.
El rostro del conductor no me inspiró confianza y aún así resolví hacerme en el puesto de adelante. Tengo la sensación de haber hablado un par de vainas con él para romper el hielo. Tal vez de música y mujeres. Me pareció que era un ordinario.
De un momento a otro ya estábamos en la puerta del edificio. Al rebuscar en los bolsillos me encontré con la terrible verdad: no tenía con qué pagar la carrera.
El hombre se cruzó de brazos, en silencio. Esperó con una paciencia desesperante hasta que ya no me faltaba nada por esculcar.
"Hey, llave, le dije, me acabo de dar cuenta de que me robaron, no encuentro la plata".
"Busque bien que por ahí debe tenerla".
"No tengo nada".
"¿Y entonces qué quiere, que me quede aquí toda la noche?".
"Tengo una música allá arriba".
"¡Vea pues a este guevón! ¡También cree que me voy a poner a beber a estas horas!".
Lo que trataba de decirle era que tenía cidís muy buenos con los cuales le podría pagar la carrera. Al fin entendió y, a regañadientes subió conmigo hasta el apartamento. Abrí el mueble de la música y empecé a mostrarle discos de esos que a uno le regalan, pero nunca se acuerda de botar: valses orquestados, boleros tocados en órgano, regalo de la entidad donde tengo las cesantías, villancicos del coro de una cooperativa.
El tipo los miró con una mueca de desprecio y pidió que le mostrara el resto de la colección. Entonces, clavó su ojo de cernícalo justo en mis joyas favoritas: Queen, discos inconseguibles de Caetano Veloso, de los Rolling Stones y Live in Pompey de Pink Floyd. El hombre los agarraba con sus manos toscas y grasientas. Disco que cogía, disco que no soltaba, mis tesoros de largos años de melómano.
"Un momento —le grité— yo a usted lo que le debo es una carrera mínima. Entonces escoja proporcionalmente".
"¡Carrera mínima! ¿Sí…? ¿Y la subida a este piso qué?".
El tipo se fue sulfurando y agarraba otros discos, haciendo gala de un gusto que jamás habría sospechado en él. No pude hacer nada. Salió con su botín dando un portazo. Tuve que echarme un guaro al pecho para reponerme de la pasma.
Sólo al otro día, con la cabeza todavía nublada, empecé a evaluar las pérdidas.
Lo primero que vi, tirado en el piso, fue el disco de los Catorce Cañonazos Bailables del 82. Estaba intacto.

Cruzaba por el Parque de Bolívar
cuando una mujer le puso la mano. Le pidió que la llevara a Prado Centro. Por el espejo retrovisor le echó una ojeada. Por debajo de ese rostro demacrado, el pelo en desorden y el rímel corrido, había una belleza tratando de remontar los estragos del trasnocho.
—¿Le molesta si le digo… una cosa? —dijo con una voz pastosa en la que había restos de Pielroja sin filtro.
—Hable tranquila que no me molesta —dijo el hombre.
—Es que usted es idéntico a un novio que yo tuve...
—¿Sí? —preguntó el conductor, como un idiota que no sabe qué decir en estos casos.
—Sí —corroboró ella, y volvió a entrar en silencio.
El carro avanzaba a tresmil quinientos pesos por kilómetro y, como había trancón, él volvió a mirar por el espejo y vio que ella estaba buena. La pasajera se hizo la desentendida, pero volvió a abrir la boca.
—¿Le molesta si le digo... una cosa?
—No, nena, tranquila, soy todo oídos.
—¿A usted le choca si yo le doy un beso?
El hombre dejó avanzar el carro unos metros hasta el semáforo, se detuvo y le contestó.
—No, nena, qué me va a chocar...
Entonces ella avanzó por entre las dos sillas delanteras y deslizó sus labios en los de él, sin prisa. Tal vez porque el taxi estaba quieto y el tiempo no importaba esta vez. Fue así hasta que el grito de un muchacho de los que limpian vidrios los hizo despertar de su deliquio.
—"Hey, pagale pieza".
El conductor aceleró y la mujer volvió a su puesto de atrás, en silencio, pero ahora con una risa maliciosa. Mientras tanto él trataba de reponerse de algo que parecía la descarga de una anguila.
—"Está muy buena" —volvió a decir en voz off.
Ya estaban frente al número que ella le había indicado.
—Llegamos —dijo
Y sólo entonces él se dio cuenta de cuán corta es una carrera mínima. La mujer se puso a revolver sus cosas en el bolso con una ansiedad premonitoria.
—Me faltan mil pesos... ¿A usted le choca si viene a la tarde... por ellos?
Y al decir esto lo repasó a de pe a pa con un gesto seductor aprendido en alguna película.
—Qué me va a chocar —dijo el buen hombre.
—Pregunte por Yenny, dijo ella, es allí en el segundo piso.
El chofer anduvo el día entero más contento que marrano estrenando lazo. No puteó a nadie en la vía, y se abstuvo de usar el pito para adelantar.
Mantuvo la euforia hasta las seis de la tarde cuando, con el deseo efervescente, volvió para reclamar su dinero en especie.
Subió al rellano, tocó el timbre y vio asomar a una viejita por entre unas cortinas.
—¿Yenny? Aquí no vive nadie con ese nombre.
Bajó desahuciado por la revelación.
"Me dio mucha rabia —comentó a la prensa— porque mis intenciones no eran sólo materiales". UC