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Número 22 - Abril de 2011   

Artículos

Desnutridos y desnutridas
Sergio Valencia. Ilustración Cachorro
 

En Medellín poca gente aguanta física hambre, según determinó un juicioso estudio que la Escuela de Nutrición y Dietética de la U. de A. hizo para la Alcaldía en el 2010. Poca gente, hay que aclarar de inmediato, comparada con la que antes vivía hambrienta, que era mucha. Porque de todos modos preocupa que más o menos 230.000 personas (el 10% de los que andareguiamos por aquí) se acuesten sin haberle metido lo suficiente al estómago y con las tripas reclamando.

Afortunadamente, lo ratifica el estudio, si las autoridades municipales persisten en atacar el problema del hambre como lo han venido haciendo y pulen sus estrategias con las recomendaciones de los expertos, es factible que en un día no muy lejano lleguemos al ansiado punto de cero buchones con las costillas forradas y el pelo de mentiritas. Que así sea.

El asunto, igual o más grave, es otro, pues como suele suceder en Colombia, mientras se arregla un problema sale algo peor a eclipsarlo.

Inseguridad alimentaria

Ya bastaba con la inseguridad en las calles, con la que parece no puede nadie, "ni mi Dios con dos piones" como resume desesperanzado el dicho antioqueño. Ahora quedó demostrado que el 60% de los medellinenses, además de sufrir con las balaceras y los atracos, sufre de inseguridad alimentaria, que no es menos que vivir la cruel incertidumbre de tener con qué almorzar hoy pero no saber si mañana se conseguirá la plata para almorzar de nuevo o siquiera desayunar.

En concreto son un millón cuatrocientos mil ciudadanos los que viven al día con su alimentación, en la cuerda floja de sus intestinos. Más de la mitad de los que cruzan por La Playa con la Oriental, de las que hacen aseo en El Poblado, de los que cuidan carros en el estadio, de los que motilan prados o cogen goteras en Belén, no saben a ciencia cierta si al otro día aguantarán hambre. Por suerte no tienen hambre en el instante, pero vuelve el sol a salir y vuelven las inevitables ganas de comer, de ellos y de su familia; lo que tal vez no vuelva es la oportunidad de satisfacerlas.

No tener ni arroz para aplacar el hambre es terrible, pero es apenas una pizca menos terrible tener que tasarlo.

El huevo o la gallina

Esa vergonzosa cantidad de gente que padece inseguridad alimentaria se ve obligada a apretarse continuamente el cinturón, y no es un chiste. Del Perfil Alimentario y Nutricional de Medellín 2010, que así se llama el estudio, se infiere que ante la probabilidad de quedarse sin comida por falta de ingresos, las familias hacen primero cambios cualitativos en su dieta. Por ejemplo, pasan obligados del jugo de frutas al refresco en polvo, de la carne pulpa a la gorda y de la ensalada de verduras al tronco de panela. Y otra vez la perversa realidad los arrincona, enflaquecen aún más su menú por el lado de la cantidad: De los tradicionales tres golpes pasan a dos, de los fríjoles a la sola tinta y una ración de carne (cuando la hay) la convierten en varias. Así, literalmente, logran sacarle el cuerpo al hambre y, de carambola, resuelven un eterno dilema de la humanidad, pues si a un inseguro alimentario le preguntan qué fue primero, si el huevo o la gallina, responderá sin titubeos que primero fue la gallina pero después se volvió imposible de comprar.

Alguien dirá, quizás uno de esos godos platudos que moralizan el estatus quo, que esa forma de enfrentar la pobreza es otra muestra del ingenio paisa para resolver los problemas inherentes a la vida y lo refrendará orgulloso con un "antioqueño no se vara". Y no es así. El ingenio que se gasta para inventar con poco una comida presentable es solo una respuesta mecánica a la adversidad, tanto que los ingeniosos cambios en la dieta de quienes no tienen asegurada una buena alimentación les resultan doblemente perjudiciales, como comprueba la citada investigación.

En el limbo de la nutrición

Que Dios proveerá es promesa cada vez más difícil de creer. Hasta la FAO reconoce que "en el 2009 padecían hambre crónica o subnutrición en el mundo 1.020 millones de personas, de las cuales 1.002 millones se encontraban en los países en desarrollo".

Hoy en Medellín, el 60% no vive precisamente en ese infierno alimenticio, pero está condenado al limbo nutricional. Es decir, el millón cuatrocientos mil conciudadanos de que hablamos alcanza a comprar comida y llena su barriga, pero forzados por los bajos ingresos llevan a la mesa comida barata, esa que parece leche, ese salchichón color carne, ese azúcar gaseoso que traba el hambre, todo aquello que no hace más que engordarlos. De tal manera que sufren a la vez de déficit nutricional y de exceso de peso. Vaya paradoja subdesarrollada: ¡Rozagantes desnutridos! ¡Falsos positivos!

Ilustración Cachorro

También contribuyen al problema la globalización de la producción de alimentos y la toma de los mercados por parte de las multinacionales, pues no le dejan más camino a las clases bajas que consumir "alimentos baratos con alta densidad calórica". Comida chatarra, llenadora, para hablar claramente.

Aseveran los investigadores que la situación alimentaria y nutricional de Medellín se aleja de la de los países pobres, y al mismo tiempo de la de los países más desarrollados. "Parece que la ciudad se acerca más a la situación que viven algunos de los llamados países de economías emergentes. En ellos, en medio de los problemas de inseguridad alimentaria, desnutrición y carencias nutricionales, también penetraron problemas como el sobrepeso, inicialmente en las zonas urbanas, y luego se convirtieron en un fenómeno generalizado que avanzó y continúa avanzando con inusitada celeridad. Por otro lado, el estilo de vida de la población pasó a ser más sedentario".

[Hay un dato curioso en el estudio que no sé dónde meterlo pero que amerita el paréntesis: Las comunas en que mayor porcentaje de población permanece sentado durante la jornada diaria son El Poblado (58,9%) Laureles (54,8%) y La América (49,9%), y entre los corregimientos, el de San Cristóbal (40,3%)].

[Y otro: 6 alimentos predominan en el 90% de los hogares de todas las comunas: huevo, arroz, arepa, papa común, tomate y sal].

Si se tratara de un sencillo problema de apariencia, no importara tanto. Gorditos y gorditas siempre ha habido, y ese carretazo de que todos tenemos que pelear contra los genes y la gula y el deseo para lucir una cintura socialmente correcta nos tiene hasta la coronilla. Pero resulta que la obesidad trae consigo, inevitablemente, enfermedades ruinosas como la diabetes y la hipertensión, por solo mencionar dos y no mencionar la cantidad de males que acarrea la gordura excesiva en los niños.

Solución intravenosa

El hambre y la inseguridad alimentaria tienen la principal causa en la desigualdad social. Lo que significa que no se solucionan fácilmente ni sólo con buenas intenciones. "La desigualdad social se refleja en la marcada diferencia de ingresos y oportunidades, excluyendo del progreso a buena parte de la población y limitando sus derechos, entre ellos el derecho a la alimentación", aclara el Perfil, y añade: "Los problemas en casi todos los campos de la salud reflejan claramente la manera como se distribuyen los bienes sociales". Ya dijimos que no será fácil, estamos hablando de nada más y nada menos que de una justa redistribución del ingreso, en Latinoamérica, el más desigual de los continentes.

Y nada despejará el oscuro panorama de la inseguridad alimentaria en nuestra ciudad hasta que no reconozcamos la raíz del problema y actuemos en consecuencia. Lo dice el bienvenido estudio de la Escuela de Nutrición y Dietética que hemos citado: "La situación alimentaria y nutricional de Medellín, así como los estilos de vida de sus habitantes, son un reflejo de dos características que han sido destacadas en diversos estudios: un territorio en proceso de consolidación como gran ciudad, profundamente desigual, que ha legitimado la desigualdad social como si fuera inherente a su proceso de desarrollo".

Queda solamente recomendarles a los lectores que busquen el Perfil Alimentario y Nutricional de Medellín 2010 y que desayunen bien para que no se duerman leyéndolo.

 

En concreto son un millón
   cuatrocientos mil ciudadanos
   los que viven al día con su
   alimentación, en la cuerda
   floja de sus intestinos