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Número 22 - Abril de 2011   

Artículos

Semana de pasión
Fernando Mora Meléndez

 
Semana de pasión
     

No hay nada que alarme tanto a un amante como la frase: ¡Estoy aburrida! Se trata de una señal de peligro imposible de ignorar, sobre todo si el otro está interesado en preservar la compañía.

Pero antes de que me hubiera ingeniado algo entretenido que evitara su deserción, ella ya lo había pensado por mí.

—Nos vamos esta Semana Santa para Remedios, llegó diciendo.
De nada valió el pretexto de que la carretera era en extremo larga y tortuosa.
—Para eso hay avión, me replicó.
—¿Avión para Remedios?
—¡Sí mijito, y muy bueno!
—A mí me han dicho que por allá hay mucha culebra…
—¡Pues las matás vos!, para eso voy con un hombre, ¿o no?

Y habiendo tantos destinos nacionales, ella insistió en Remedios, una población enclavada en el nordeste antioqueño. Todo porque había leído hacía poco en La Marquesa de Yolombó que aquel pueblo era mágico y que en él se hallaban las brujas más poderosas de todo el departamento. ¿Qué harán ellas en Semana Santa?, comentó fascinada.

Me pareció exagerado invertir en un pasaje aéreo para ir a un pueblo de brujas, así fuera Salem. Pero el viernes llegó con los tiquetes y me pidió que comprara sólo los rollos de película. La idea era hacer un safari fotográfico.

El vuelo en la avioneta fue más movido que si lo hubiéramos hecho en escoba. Cogimos un jeep hasta el hotel, cerca de la plaza principal. La habitación, en un tercer piso, me pareció muy digna y hasta aseada. Tenía una ventana grande y, dentro de la misma, otra diminuta por la que podríamos espiar el vecindario en los días santos.

Después de la religiosa siesta, cargamos los rollos en las cámaras y salimos a dar una vuelta por el parque. Pero no bien hicimos el primer clic, llegó un tipo de poncho, tuso para más señas, a preguntarnos de dónde veníamos y a informarnos que en este pueblo estaba prohibido tomar fotos.

Entre temerosos e indignados fuimos a un quiosco y pedimos dos cervezas. Se trataba de pasar un trago amargo con otro, un viejo método homeopático. Desde allí vimos a los parroquianos carilargos que hablaban en voz baja y con la cabeza gacha debajo de los sombreros. Por la calle principal había un corrillo más grande de campesinos; la tendera nos dijo que estaban esperando la volqueta de los muertos. Nos bogamos esa cebada rápido y de mala gana, aunque compramos otras bebidas y provisiones para el hotel.

El programa consistía en volver al cuarto, comer sardinas con pan y esperar la noche. Como distracción nos pusimos a leer en voz alta un cuento de misterio llamado El Horla, de Guy de Maupassant. Con cautela nos asomamos por la ventana para ver las calles vacías y aún más tétricas por el sólo hecho de saber que era Semana Santa. A lo lejos se escuchaba el sórdido estribillo de una canción de carrilera.

A medianoche nos despertó un murmullo en la ventana. "Son ellas", dijo mi compañera sentimental con un hilo de voz. Luego las voces se fueron acercando y entonces pudimos entender algo parecido a unas letanías. El efecto se sintió en nuestra piel y estremecidos nos abrazamos como una pareja de erizos. No sé cómo ella sacó el coraje para abrir un poco la ventana más pequeña y así poder ver lo que había afuera. No, no eran brujas, ni ánimas del purgatorio. Eran hombres solos que caminaban con velas encendidas mientras repetían sus plegarias. Y eran una sola cola larga.

El efecto de esa visión nos desveló. Tampoco había ánimos para hacer de las otras cositas, tal vez por el temor inconfesable a quedarnos pegados. Por la mañana, la casera nos informó que la procesión que habíamos visto es la que llaman Del Prendimiento porque en ella se recuerdan las horas en las que buscan a Jesús por cielo y tierra para encanarlo.

 

Esa tarde fuimos al atrio de la iglesia para ver la Semana Santa en vivo. Debajo de las túnicas romanas había actores naturales, campesinos de las montañas cercanas. Ese Jesús, por supuesto, era apuesto y rubicundo, como Enrique Rambal en El Mártir del Calvario. Hubiera apostado a que era oriundo de El Santuario, donde hay tanta gente mona y ojizarca.

Por los altoparlantes se escuchaba el recitativo algo gangoso de los pasajes del juicio: ¡Que suelten a Barrabás! ¿Eres tú el rey de los judíos? Y antes de que cantara el gallo vimos a Pilatos, un gordito, lavándose las manos en un platón. A Jesús se lo llevaron tras bambalinas. Muchos de los parroquianos se quedaron mirando hacia la tarima, como si esperaran la crucifixión. Pero, gracias a Dios, esta escena había sido retirada del programa.

Después de poner música solemne, los actores bajaron contentos al parque y saludaron a todo el mundo. Los vimos, unas horas más tarde, todavía con las túnicas de colores, en una mesa junto al quiosco, bastante más que eufóricos. Pilatos, al lado de Judas, Caifás y Barrabas, incluso Jesús, el mono. Todos empinaban el codo una y otra vez. Se abrazaban en una fraternidad que en la Biblia jamás se dio; una bella foto que sólo ha podido quedar en el cuarto oscuro de nuestra memoria.

Por la mañana fuimos a confirmar el vuelo y nos dijeron que había problemas con la aerolínea. Me pareció curioso que no se pudiera volar justo el Sábado de Resurrección.

Fuimos a buscar algo para almorzar y nos dijeron que la cocinera se demoraba porque andaba en lo del sepelio colectivo. Si gustan pueden volver más tarde. Y de paso también nos ofrecieron un jeep directo hasta Medellín, en sólo seis horas, por si la avioneta no venía.

En una esquina había un letrero que decía: "Compra y venta de oro". Nos acercamos para ver trabajar al joyero y nos dimos cuenta de que era Poncio Pilatos, el gordito, con ojos de enguayabado. Estaba con un soplete, haciendo una filigrana en metal precioso.

Nos contó que el oro de Remedios gozaba de mucho prestigio.

—¿Tanto como las brujas?, pregunté con ese candor imprudente.
—¿Quién les dijo a ustedes que este era el pueblo de las brujas? La pregunta parecía una dura réplica.
—Un pajarito, dijo ella, para disimular.
—El pueblo de las brujas es Segovia, aclaró Poncio, con la sequedad de su guayabo.

Pero después de esto nos mostró anillos de compromiso, cristos y cadenas, para que nos antojáramos, mientras invitaba a una cervecita.

Al final pudimos despegar en la tarde y, como el día estaba bonito, ella se puso a tomar fotos de nubes. Nunca vi disparar tanto al mismo blanco. Había doce rollos disponibles.

—¡Mirá esa!, dijo, señalando una masa gaseosa en el aire, ¡igualita a una bruja! ¿Cierto?
—Sí, igualita..., dije, mientras dejaba escapar un lánguido bostezo.

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