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Número 22 - Abril de 2011   

Artículos

 
Pentateuco: Garita Santa

Gaspar Torres

 

Las preguntas malas son siempre un reto tortuoso. En formato escrito me llegó un cuestionario de revista. La primera, la peor, decía: "¿Usted de qué se arrepiente?". Tanto me tocó esculcar entre imaginaciones y recuerdos que llegué hasta un confesionario. Y le dicté mi respuesta escrita a la voz costeña de la entrevistadora que invitaba a todos los pecados: "Me arrepiento de haberme sometido a las torturas del confesionario. Más o menos hasta los 11 ó 12 años me tocó hacer el ejercicio retorcido de inventar pecados veniales para la oreja infinita e inmisericorde de un cura al que no quería confiarle ni la tarea de religión. No recuerdo una situación más incómoda que ese interrogatorio, en el que un cura usa la ganzúa del remordimiento mientras uno intenta mostrarse como un pecador promedio. El recreo de la media tarde que duraba una hora y cuarenta minutos, era una conversación entre condenados queriendo bajar sus penas."

El cielo llegó antes del cartón de bachiller. Al comienzo de lo que llaman octavo decidí que no me acercaría nunca más a esa ventanilla siniestra. Pero los confesionarios ya no son lo que eran. En una vieja Semana Santa veraniega y solitaria me fui para la Catedral Metropolitana. Me recibieron dos táparos amarrados a un poste de luz al frente de La Polonesa, el menos equino de los locales que rodean al Parque de Bolívar. Un juguete para la niñería ambiente. Me olvidé del cagajón en busca del incienso. Cuando entré a la iglesia, la fila del confesionario se enroscaba al estilo de una fila del Banco Agrario; llegué hasta el cubículo donde un feligrés entregaba lo suyo y me di cuenta de que el padre fingía escuchar, mientras enviaba un mensaje de texto al más acá. Ya hubiera querido yo un confesor tan distraído en mis años de escolar.

 
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