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Número 31 - Febrero de 2012     

Artículos
La historia de C
Luis Ariete. Fotografías kink.com
 
Fotografías kink.com
 

Quae fuerunt vitia, mores sunt
Los vicios de otros tiempos
son las costumbres de hoy.

Séneca, Carta XXXIX a Lucilio.

Más que edificios plateados en forma de pirámide; más que puentes rojos sobre una bahía azul, calles en zigzag adornadas de flores y tranvías eléctricos de madera… Más que colinas verdes y una isla marrón con una cárcel habitada por alcatraces blancos, San Francisco, Estados Unidos, es un state of mind —un estado de la mente—, como dice su publicidad oficial. Más que próceres, acartonados o atribulados, sus héroes son astutos, excéntricos y como reza en sus placas, “más grandes que la vida”—larger than life—. Un lugar metafísico, habitado por seres sin límites terrenales.

En sus calles florecen movimientos libertarios que luego se extienden por el mundo. En los 60, en los alrededores de Haight St., comenzó el movimiento hippie; en los 70, en el barrio Castro, surgió el orgullo gay a la cabeza de Harvey Milk y en los 90 estalló el boom de las empresas punto com, que entre otros cambios sociales y económicos ayudó a hacer visibles comunidades antes ocultas y comportamientos “vergonzantes”.

Si dicen que en San Francisco se está llevando a cabo una revolución, es mejor prestarle atención.

Cada día, a eso de las 9:50 a.m., C salía de su casa en el barrio La Mission, y en su bicicleta blanca pedaleaba quince cuadras hasta su trabajo. Dejaba atrás las coloridas casas de la calle Folsom y pasaba por un pavimento lleno de grafitis y callejuelas enmarcadas en murales que parecían túneles para sicodélicos viajes matutinos. Era la primavera de 2010. Mientras avanzaba soñaba con lo que quería hacer en la vida y por lo que se fue a vivir al exterior: tomar fotografías y hacer documentales. No pensaba en su trabajo, seguía pedaleando, pequeña y anónima, como un duende escurridizo en las calles de una ciudad que parecía permitirlo todo. Exhibirlo todo.

Aunque disfrutaba y aprendía de lo que hacía cada día, en la noche, en su casa, no quería saber nada de ello: ni hablar de sus compañeros, ni recordar las cosas que dijeron, ni oír sus lamentos; esperaba no volver a ver sus pieles azotadas, ni sus cuerpos amarrados, ni sus babas chorreadas; tampoco sus risas ni sus gestos orgásmicos; no quería pensar en lo que tuvo que grabar y editar ese día. Se preparaba algo vegetariano para comer, hablaba con su novio de las clases de capoeira a las que asistía dos veces a la semana, y se reían con algún video musical ochentero de Claudia de Colombia o del Grupo Niche, bajado de Youtube.

Justo antes del cruce de Mission St. con la 14th St., en los grandes escalones a la entrada del trabajo, C detenía la bicicleta blanca y se bajaba. A sus pies se levantaba su lugar de destino: un imponente castillo sombrío, silencioso como un gran hoyo negro, llamado el Armory, una fortaleza de principios de siglo XX que fue armería de la Guardia Nacional estadounidense.

Fotografías kink.com

La fortaleza fetiche

En el Armory y en los alrededores de Folsom St., en un radio de unas diez cuadras, crece una idea, un espíritu, un movimiento que se extiende por el mundo. Folsom es la calle de mayor diversidad sexual por metro cuadrado de Estados Unidos. El último domingo de cada septiembre se celebra el Folsom Street Fair, que reúne a más de 400 mil personas en el festival de sadomasoquismo, prácticas de dominación y sumisión sexual y exhibición de atuendos eróticos de cuero más grande del mundo.

Y si allí las prácticas sexuales más diversas se exhiben con algarabía, en el interior del Armory se nutre en silencio —y con mucho dinero de por medio— uno de los más inesperados cambios del siglo XXI: “la revolución de los pervertidos”, una próspera industria norteamericana.

A primera vista, el Armory parece un castillo abandonado, una cárcel, un sanatorio de 19 mil metros cuadros al que uno preferiría no entrar; sin embargo, a las 10:00 am en punto, como cada día, C cruzaba con su bicicleta la puerta de entrada y comenzaba su jornada laboral.

En 2007, Peter Acworth, un inglés que llegó una década atrás a Nueva York a hacer un doctorado en Finanzas, anunció la compra del Armory por 14 millones de dólares para convertirlo en la sede y estudio de grabación de su empresa de pornografía online Kink. com —la palabra kink hace referencia a preferencias o comportamientos sexuales no convencionales o a la persona que los practica—. Acworth fundó la compañía en 1997, después de leer la historia de un bombero inglés que empezó a vender imágenes pornográficas por Internet y en poco tiempo hizo 250 mil libras. El estudiante de doctorado copió la idea, pero le dio un tinte personal, el de sus preferencias sexuales y su experiencia con el Bondage — ataduras con fines eróticos—.

Mientras estudiaba desarrolló un primer sitio web llamado Hogtied.com, en el que comercializaba imágenes de Bondage sacadas de revistas. Casi inmediatamente empezó a hacer varios cientos de dólares y en 1998 ya ganaba más de mil dólares diarios. Dejó las finanzas y se mudó a San Francisco, “la capital mundial del fetiche”. Quince años después, Kink.com es una de las compañías porno más exitosas de Estados Unidos, con más de 60 mil suscriptores, 100 empleados, 30 millones de dólares de ganancias al año y una fortaleza en el medio del barrio La Mission.

Fotografías Kink.com

Kink.com es un gran portal web que alberga más de veinte páginas especializadas en diferentes clases de fetichismo sexual y que explotan situaciones dirigidas a lo que se conoce como comunidad BDSM, una sigla que engloba a personas que se excitan con prácticas eróticas y sexuales como el Bondage, la Dominación-Sumisión y el Sado-Masoquismo.

Los nombres de los sitios son una clase rápida de fetichismo moderno: Todo Culo (Everything Butt), Atamientos con Aparatos (Device Bondage), Amarrado de Pies y Manos (Hogtied), Hombres en Dolor (Men In Pain), Vergüenza Pública (Public Disgrace), Sexo y Sumisión (Sex And Submission), Culo Azotado (Whipped Ass) y Perras Divinas (Divine Bitches), entre otros.

Sus videos son el laboratorio de práctias de la revolución: Hogtied — que significa atar un animal con las cuatro patas juntas—, se dedica a eso pero con mujeres. En él se pueden ver modelos amarradas de pies y manos, amordazadas, colgadas del techo, que el director lleva al orgasmo con vibradores, con su mano o por medio de latigazos. En Divine Bitches la fantasía de la mujer dominante se hace realidad dolorosamente. Se pueden ver hombres, esclavos, a los que las mujeres, dominatrices, hacen sufrir con mordiscos, choques eléctricos y torturas en el pene, ya sea con ganchos de ropa, trampas para ratas, chuzos, candados, cadenas o espuelas. Device Bondage es para quienes fantasean con mujeres inmovilizadas por aparatos que asemejan torturas medievales.

La clave para que estas fantasías extremas se hagan realidad y sean permitidas por la ley estadounidense es consentimiento, quizás la palabra que mejor define un state of mind. Los videos de Kink. com terminan con una sonrisa de los actores y unas palabras de satisfacción por lo que acaban de hacer.

La iniciación de C

Antes de ingresar a Kink, C pasó por varios trabajos. Primero fue modelo de desnudos en una academia de artes. Nunca lo había hecho, pero le ayudaron mucho esas cosas que aprende uno en la infancia y no se sabe cuándo van a servir: las clases de ballet y de danza. Luego consiguió un trabajo en el centro de San Francisco sacándole fotocopias a expedientes de juzgados; se aburría, pero podía asistir a sus clases de cine y cultivar su afición a la fotografía.

Llegó a Kink por curiosidad. De tanto insistir, su novio, que también estudiaba cine y trabajaba allí como camarógrafo, la llevó. Era un buen trabajo: le pagaban bien, tenía los sábados y los domingos libres y lo dejaban utilizar los equipos de grabación de la empresa para hacer sus propias películas. ¡C podría hacer sus documentales!

La iniciación de C en la pornografía extrema corrió por cuenta de una dominatriz y una electrocutada. Empezó como asistente auxiliar en el sitio Divine Bitches. Para empezar aprendería limpiando los sobrados de una sesión de porno: sudor, ungüentos, fluidos. Las reglas al interior de los set de grabación son estrictas. Solo se permite la presencia de los actores, el director, el camarógrafo y el asistente. El primer día de trabajo C debía ser la sombra del asistente principal.

Cuando entró al set vio al director y al asistente amarrar a un hombre a un poste hasta dejarlo inmóvil. Una dominatriz le pegó unos electrodos en el pecho, el abdomen y las piernas. Luego lo vendaron hasta dejarlo como una momia cableada. C se convirtió en sombra, muda. Con las primeras descargas eléctricas se supo que el aparato no funcionaba bien: hubo un corto circuito, la momia se estremeció y cayó al suelo, inconsciente, en medio de la humareda. “¡Corten!”. Director, camarógrafo y asistente corrieron a ayudarlo. C se quedó paralizada, como si la electrocutada hubiera sido ella. Desamarraron al actor, le quitaron las vendas e intentaron reanimarlo. Afortunadamente la momia sobrevivió: ¡Bienvenida C! ¡Esto es Kink. com!

C grabó escenas que nunca se hubiera imaginado, casi a diario, durante cuatro años. Poco a poco fue ascendiendo de asistente y fotógrafa a camarógrafa y editora. Con buen ojo y agallas se ganó la confianza de los directores de los sitios web para los que trabajó, primero en Divine Bitches, luego en Men in Pain, Fucking Machines (Máquinas Pichadoras) y TS Seduction (Seducción Transexual).

Con la rutina y el paso de los meses, su trabajo se fue convirtiendo en una dulce cadena. Quería renunciar, pero no se atrevía. Disfrutaba de la experiencia del set de grabación y de aprender de iluminación, manejo de cámaras y programas de edición, que le servían para su carrera de documentalista, pero tenía que ver lo que tenía que ver.

La belleza de los fluidos

“Siempre pensé que el fetichismo, atarse y ponerse cosas de cuero era de mal gusto, pero no, el Bondage es un arte hermoso. Eso lo aprendí en Kink. A mí me gusta tejer y el Bondage es como tejer con cuerpos humanos”, dice C.

Sin embargo, la mayoría de seguidores de Kink.com no son tan poéticos como ella. A los suscriptores les gusta ver fluidos, chorros de babas y que las modelos, amordazadas, gagueen cuando las están penetrando. Basta dar una mirada a los chats de los sitios web para comprobar que hay muchas quejas si no se ven fluidos.

“Todas las secreciones gustan. Secreciones igual plata. Cuando están grabando los directores dicen: beautiful, beautiful, al ver babas”, dice C y se apresura a mostrar el lado menos vil: “Con el tiempo me di cuenta de que obtener placer por medio del dolor era algo muy humano. Por eso a la gente le gusta cogerse a puños. Hay personas que de tanto pegarle en el culo o en los pies tienen orgasmos. Eso es Kink”, dice y comienza a contar historias de inesperados chorros vaginales.

Una vez, tomando fotos para Men in Pain, le tocó una modelo haciendo squirting. “Era mi primera vez”, dice. Squirt es botar chorros de fluidos por la vagina — sí, es real—. C no sabía que la modelo era squirting, pero sus compañeros sí. Un esclavo penetró a la dominatriz por detrás y ella empezó a estimularse el clítoris. Director y camarógrafo retrocedieron, pero C, emocionada por el espacio libre que le dejaban, se acercaba. ¡Tenía un tiro de cámara perfecto! un compañero se apiadó de ella y le dijo que se hiciera a un lado… “¡Y se viene el chorro! ¡Mis compañeros se morían de la risa!”

En cada sesión de trabajo C debía grabar tres o cuatro escenas de entre quince y cuarenta minutos sin equivocarse. En esta industria no existen las segundas tomas. Grabar un video de porno extremo es como grabar un documental en el momento en que el protagonista se confiesa emocionado, pero aquí la confesión es un orgasmo. “Si lo perdiste, lo perdiste”.

A diferencia del porno convencional, también llamado “vainilla” en Estados Unidos, en el porno estilo kink no es común que se finjan los orgasmos. El dolor, la humillación y el placer son reales. Aunque lo hagan por dinero, muchos de los modelos son practicantes de BDSM o descubren allí su lado retorcido. El trabajo de los directores es explotarlo y el de los camarógrafos no perder las expresiones que generan una descarga eléctrica o un latigazo. Esas caras y esos orgasmos son los que financian la revolución.

Una pornstar puede ganarse hasta 1.400 dólares en un día de vejaciones consentidas, lo que le da suficiente libertad para dedicar el resto de su tiempo a otras actividades, como hace Lorelei Lee, quien cursa un máster en Bellas Artes. Jessie Cox, una de las más frecuentes modelos de Kink, es mecánica de autos, pero completa su salario convirtiéndose en esclava sexual o teniendo sexo con máquinas.

La Kinky Revolution

Peter Acworth se ha convertido en un reconocido miembro y promotor de la comunidad BDSM norteamericana, contrata personas que practican “sexualidades alternativas” —el 40% de su personal pertenece al “mundo kink”—. Les paga seguro médico y se preocupa por la seguridad de sus actores. Es un empresario exitoso, invitado especial a foros económicos que discuten sobre el futuro del comercio online. Nada de eso le parece suficiente. Poseído por el espíritu de San Francisco, su misión en la vida apenas comienza.

Además de producir videos para satisfacer fetichismos, Acworth, inspirado en La Historia de O, una joya de la literatura erótica publicada en Francia en 1954 por Pauline Réage —cuyo verdadero nombre era Ann Desclos—, desarrolla ahora el proyecto con el que aspira a dar un golpe de mano al erotismo mundial. Es un “experimento social” con el que pretende volcar a la vida real la fantasía sexual de las relaciones de amos y esclavos para convertirlas en una forma permanente de vida, tal y como le sucede a la bella O.

O es una fotógrafa parisina a la que su novio lleva al Château de Roissy, la residencia de una comunidad secreta de sádicos, para que sea entrenada en humillaciones, castigos y violaciones. Con consentimiento, enamorada, O surge como una obediente y sumisa esclava sexual de tiempo completo: “…deja que el mundo entero sepa que soy tuya. Mientras sea golpeada y violada en tu nombre, no soy nada sino el pensamiento de ti, el deseo de ti, la obsesión por ti. Eso, creo, es lo que quieres. Bien, te amo, y eso es lo que yo también quiero”, le dice a su amante.

Fotografías Kink.com

El sitio, llamado El Piso Superior (The Upper Floor) y dirigido por el propio Acworth, es un “château online”, sin secretos, para deleite de los suscriptores y de unos pocos iniciados. Es una especie de reality porno ambientado en una casa edwardiana inglesa de principios de siglo XX, en el que el personal tiene roles definidos con una jerarquía estricta entre amos, sirvientes y esclavos. Los amos de la casa son escogidos a dedo por “Master Acworth” y los sirvientes y esclavos tienen que pasar primero por “El Entrenamiento de O” (The Training of O), otro sitio web donde durante tres días consecutivos son entrenados quienes desean convertirse en esclavos sexuales (o quieren ganarse la vida con eso). Según su obediencia y los comentarios de los suscriptores en los chats son promovidos a El Piso Superior.

La vida de El Piso Superior se transmite en vivo, vía streaming, en diferentes horarios. En las noches hay orgías y fiestas para usar a las esclavas sexuales y durante el día son sometidas a azotes y humillaciones. En pleno siglo XXI, a través de la más avanzada tecnología de video HD y web streaming, Kink.com hace dinero promoviendo una esclavitud consentida y a sueldo a la que llaman “estilo de vida”. The Upper Floor “es una expresión única del estilo de vida de dominio y sumisión. Amos y amas, sirvientes y esclavos interactúan en una estricta jerarquía fetiche en la que dos individuos nunca son iguales”, dice el sitio web. ¡Abajo las cadenas de la igualdad!

Pese a la polémica que genera, una vez al mes el Armory abre sus puertas y ofrece tours a los que asisten vecinos y curiosos, a quienes se les muestran los escenarios y se les explican las actividades sin presenciar las grabaciones. Acworth quiere sacar al BDSM del clóset y hacerlo tan visible como sea posible. En una entrevista publicada en el New York Times Magazine le preguntaron si vería normal que en los supermercados se vendieran látigos, mordazas y dildos, y su respuesta fue que si eso sucediera su misión de vida estaría cumplida.

Fotografías Kink.com

Para alcanzar dicha misión, además de hacerse millonario, está empeñado en convertir al Armory en el acorazado de lo que él llama la “Kinky Revolution” o “Revolución Retorcida”. Algunos ya consideran a Acworth el Hugh Hefner de las perversiones y al Armory la Mansión Playboy del futuro.

La apertura y naturalidad de Acworth contrastan con su elección de tener por sede un cuartel abandonado, que se asemeja a una institución mental o a un centro de tortura. Esa es su impronta. La inspiración de las “dramatizaciones” de Kink.com se encuentra en instituciones que reprimen, como la familia, la religión, la escuela, la cárcel y los hospitales mentales. C trabajó para esa revolución, que más parece una contrarrevolución pues la dominación, la sumisión y el sadomasoquismo son como un viaje a los tiempos del Marqués de Sade.

La cadena de O

Si la vida de C fuera una novela, como La Historia de O, se hubiera acostumbrado tanto a lo que hacía que no se hubiera podido alejar de ese mundo real—imaginario y a sueldo que ha creado Acworth. Al final de la novela de Réage, cuando O se ha convertido en un objeto insignificante, como si fuera de “piedra o de cera o más bien alguna criatura de otro mundo”, su amo la sigue poseyendo una y otra vez, como si usara un cenicero.

En la vida real, C encontró la manera de soltarse de la agridulce cadena que la ataba al Armory. Y así como había dejado de ser modelo de desnudos y operadora de una fotocopiadora, un día renunció y se puso a hacer otra cosa. UC