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Número 31 - Febrero de 2012     

Caído del zarzo
Trastos de matar
Elkin Obregón S.
 

En una vieja canción española, cantada por Juanito Valderrama, se oye esta estrofa, para mí un compendio popular de sociología:

En lo alto de la sierra
Córdoba tiene un cortijo,
donde le dio Lagartijo
la primer lección al Guerra
(1).

Esa copla, que cuenta una anécdota al parecer nimia, deja entrever (justamente gracias a esa nimiedad) todo un caudal de tradición y orgullo taurino, vale decir histórico y cultural, de esa provincia, y por extensión de toda Andalucía, y por extensión de toda España. Habría que leer a Chaves Nogales (Juan Belmonte, matador de toros), o a Díaz Cañabate, o a Pérez Lugín, o a Gregorio Corrochano, o al enciclpédico Cossío, o al mismísimo Antonio Caballero, para entender por dónde va la cosa (no al Hemingway de El verano sangriento, extenso reportaje, muy leído en las facultades de periodismo, escrito con una venda anglosajona en los ojos).

(1). Rafael Molina, Lagartijo; Rafael Guerra, El Guerra; pilares de la torería cordobesa; el primero la elegancia, el segundo la sabiduría; los dos construyendo, sin saberlo, una afirmación —después vendría Manolete, el tercer Califa—. Un dato más que elocuente: en alguna plaza de Córdoba hay un busto erigido en honor de Gonzalo Fernández de Córdoba, famoso guerrero cordobés del siglo XV, llamado El Gran Capitán. El escultor decidió hacer un doble homenaje, y puso al Gran Capitán el noble rostro de Lagartijo.

 

CODA

El más grande error de los antitaurinos es que atacan con saña algo que desconocen. No me deja mentir don Antonio Machado (para nada taurófilo), quien dice sobre el tema, por boca de su heterónimo Juan de Mairena: "En nuestra Escuela Popular de Sabiduría Superior procuraríamos estar un poco en guardia contra el hábito demasiado frecuente de escupir sobre lo nuestro, antes de acercarnos a ello para conocerlo". Hace un par de meses habló en una crónica Héctor Abad Faciolince —no es un antitaurino, más bien es un indiferente— de los mafiosos que iban a las plazas para oír berrear (sic) a sus toros al ser picados. Por Dios, querido Héctor, ¿quién te dijo que los toros berrean cuando se les pica?  UC