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Número 27 - Septiembre de 2011  

Artículos
Fifa culture
Wilson Orozco. Ilustración Jacinta Molina
 
Ilustración Jacinta Molina
 

Mi hija me hace una llamada clandestina desde su colegio a través de su celular y me dice que quiere ir al partido Francia- Portugal y que ella no tiene con quién ir y que si entonces yo la puedo acompañar. Es decir, yo soy su última y resignada opción. Le digo que sí porque a un hijo no se le dice que no. Solo por eso.

Me vuelo entonces de la Universidad donde trabajo para un partido que es a las 5 pm, es decir, un horario digno de los vagos. Llegamos a las cercanías del estadio y parejitas con cara de estrato 28 parquean sus carros y lucen orgullosos camisetas de la ya eliminada selección Colombia (¿?).

Tenemos que comprar las boletas revendidas y el tipo que me las vende actúa con el mismo misterio que si me estuviera vendiendo un kilo de cocaína. Me recibe la plata con sigilo, mirando para todos lados y me manda adonde una mujer que las saca de un bolso, también mirando con sigilo. Es decir, con unos nervios que contagian a cualquiera. ¿Será éste mi primer encuentro con la Cultura Fifa? Qué diferencia con los revendedores que en un partido Medellín-América gritan a todo pulmón, a punto de reventarle los tímpanos a un policía:
—¡Vendo y compro boleta que sobre!

Y las cosas siguen pintando "bien" o mal: no hay aglomeraciones, ni colados, ni policías montados a caballo organizando filas imposibles de organizar…y finalmente el ambiente está raro porque me parece que todos esos asistentes nunca van realmente al estadio.

Entramos y encontramos que la novedad es que las sillas están numeradas, es decir, no existe esa conchudez de pitas que señalan los puestos de las barras de siempre. Todo es muy civilizado tanto que la gente que está sentada en el puesto que no es, se levanta tranquilamente para que el real dueño del puesto se pueda sentar. El mundo al revés.

Los equipos salen, y una señora anuncia todo en inglés y en español como seguramente el estandarizado y homogenizado protocolo de la Fifa debe rezar. Así nadie entienda lo que dice. No, perdón, el público asistente sí que lo debe entender a juzgar por la cantidad de niñas con frenillo y aún con sus uniformes del Mary Mount y señoras muy elegantes con gafas oscuras como si estuvieran en toros.

En algún momento, a alguna tribuna le da por hacer la ola ya que el partido hace honor a lo que es: un mundialito sin ton ni son, parecido a un Pony fútbol pero con más ínfulas. Así que la gente mejor se entretiene haciendo olas mareadoras porque además el segundo país más feliz del mundo tiene que refrendar esa felicidad.

Las sustituciones también las anuncian en inglés: si continuamos con la cultura Fifa en algún momento habría que decir entonces: "the substitution is for the Chigüiro Benítez", pienso como para entretenerme.

Llega el descanso y hay que comprar cualquier cosa e ir al baño. La única bebida bendecida y obligada es la ubicua Coca- Cola y los baños son iguales a los de un estadero en la costa. Claro que ni los unos ni los otros salen por televisión. Es decir, están bien así.

Empieza el segundo tiempo y la gente no sabe a quién hacerle fuerza. Y no sabe qué hacer frente a los goles que se comen los jugadores de Francia. No sé por qué me siento en un partido del Medellín.

Y a propósito del Medellín, me acuerdo de todos los desmanes en esos partidos a los que precisamente no vienen Juanita, ni don Juan Luis ni doña Lucrecia. No, viene más bien el Yeison con ganas de saltar a la cancha para perseguir a los cracks o troncos de turno. Y la pregunta filosófica entonces es ¿mallas o no mallas?

Revelan la asistencia y dicen que son 41.000 hinchas que le cumplieron al Mundial y a la ciudad. La gente por supuesto aplaude. Es decir, se aplauden a sí mismos.

Una vez cumplido con el deber, muchos se van antes de que se acabe el partido. Ya la cosa está definida y además hay que sacar el carro rápido del parqueadero.

Los desparchados (y sin carro) nos quedamos hasta el final-final. La señora del micrófono nos dice en inglés y en español que tengamos un buen regreso a casa. Es decir, nos manda para la casa. Porque ni el día ni los equipos dan para que no nos esperen en la casa. ¿O serán cosas también de la cultura Fifa?

Finalmente, mi hija y yo salimos caminando hasta el Metro. Y vamos sin afanes porque ya sabemos que nos espera otra larga media hora de pura CULTURA METRO. UC

 

 

Ilustración Jacinta Molina