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Número 27 - Septiembre de 2011  

Artículos
…Y yo que lo iba a dejar
Francisco Saldarriaga. Fotografías Juan Fernando Ospina
 
Fotografía Juan Fernando Ospina
 

Lo confieso: a mí también me aterra la idea de terminar mis días con un tanque de oxígeno como sustituto de los pulmones; me da pánico que la cara se me llene de paños cancerígenos y que la boca se me pudra en una eterna y purulenta llaga. Lo que más me asusta es la insinuación de que mi vigor sexual quede encorvado y flácido como lo sugiere aquella colilla con la ceniza hacia abajo, y que advierte con tono apocalíptico: “Fumar causa impotencia sexual”… Entonces no sabe uno qué es peor: tener que escoger entre prótesis para los pulmones y para otra parte… Todos esos miedos me asaltan al ver las elocuentes fotografías que vienen estampadas en las cajetillas de cigarrillos, y sin embargo, a pesar de todo, me gusta fumar.

Soy un hombre de vocaciones tardías. Como la gran mayoría de las decisiones que he tomado en mi vida: comencé tarde a fumar. Después de los veintipico. Hasta entonces me resistí a hacerlo: durante mi adolescencia no me interesó. Como a todos, al principio me supo maluco y no me pareció para nada cool igualarme a esos imberbes que posaban de galanes por el simple hecho de echar humo a la salida del colegio, o de rebeldes en las afueras de una fiesta de garaje. Así que no empecé a fumar desprevenidamente y luego el vicio me cogió ventaja, como pasa con aquellos que empezaron a temprana edad. Ya mayorcito, fumé a sabiendas de que era un vicio placentero y que tarde o temprano me pasaría la cuenta de cobro.

Esta claridad ha definido mi relación con el cigarrillo. Me ha mantenido alerta en su consumo y también me ha arrastrado en el torbellino de los excesos. Como les sucede a todos los fumadores, me he sentido hastiado de fumar diario; y cuando me siento enfermo de saciedad, empalagado de humaredas, he renovado los nobles propósitos de dejarlo, y lo he dejado… y lo he vuelto a coger al cabo de semanas o meses. En muchos casos por debilidad de carácter. Pero en la mayoría he retornado por el gusto que me produce fumarme un cigarrito en medio de una extenuante jornada, por darle contentillo a la ansiedad, por quemar el tiempo mientras dejo que las ideas se enreden en el vagaroso humo… En fin, por esa inefable sensación de consumir aquel tabaquito prendido, crepitando entre los dedos, y sentir la textura de ese aire caliente que juguetea dentro del cuerpo. Gran parte de la culpa la tiene también este nocivo romanticismo, este obstinado empeño bohemio de disfrutar el cigarrillo, por encima de cualquier consideración sensata.

Así que no es del todo cierta aquella afirmación de que quienes fumamos estamos atrapados irremediablemente en una esclavitud adictiva por las miles de sustancias que acompañan al tabaco para apresarnos. Tanto coger como dejar “aquel vicio” es una de las decisiones más personales que uno pueda tomar en esta sociedad donde te condicionan hasta el sexo. Salvo algunos lamentables casos como el del Toro Fumador o el del Mico Cigarrillero, célebres en algún estadero de carretera en los que algún inescrupuloso indujo a la adicción a estos pobres animales para aumentar sus dividendos, no conozco a nadie que hayan obligado a fumar. Caso contrario suele ocurrir con las iniciaciones de trago a los más jóvenes en el seno familiar o barrial, donde tíos insistentes o vecinos ineludibles suelen acorralarnos con sentenciosas frases como: “Tomate este trago —mientras te apercuellan con una llave de lucha libre— , y no me lo vas a despreciar”, te sentencian, mientras te lo embuten gañote adentro, sin dar chance a réplica ni respiro.

Que yo sepa, dentro de nuestra educación tradicional a nadie fuerzan a que fume con aquellas “cariñosas intimidaciones”, salvo la mentada maniobra del padre de familia, que al descubrir fumando a su hijo adolescente le obliga a consumirse una cajetilla entera, sin pausa, para darle una lección ejemplar. Pero en este caso se busca lo contario: inducir repelencia al cigarro de por vida, a la par que se le propina un forzado enfisema pulmonar como escarmiento al muchacho.

Basado en esta libre elección que da el ejercicio de ser fumador, queda claro entonces que quien no se desintoxica es porque en el fondo ha tomado la decisión de vivir intoxicado por voluntad propia, como parte de su way of life. Pero es una verdad de a puño que quien lo quiere dejar y le mete empeño y conciencia a esa renuncia, lo deja temporal o definitivamente, tanto como quiera.

Cuando se logra esa claridad, el fumador sabe que no necesita de chicles especiales, ni de cigarrillos eléctricos o de chocolate, ni de parches de nicotina, ni de terapias de hipnosis con Tony Kamo, ni de costosos y exhaustivos tratamientos de desintoxicación, y mucho menos de sesiones de intervención con familia abordo, amigos incondicionales e hijos confrontadores que se preocupan por tu salud y por tu futuro más que vos mismo.

Más que leyes restrictivas de autoridades, movidas bajo el altruista propósito de “protegernos de nosotros mismos”, basta con que el fumador acepte que la debilidad es más fuerte que la fortaleza. No obstante, este pensamiento, así como ocurre con todas las ideas que promueven el libre albedrío, el pleno ejercicio de la personalidad y la aceptación de la responsabilidad de un vicio, parece poner a temblar los cimientos de nuestra sociedad. E incluso se asume como algo peligroso y subversivo, que atenta contra el bienestar social de la “gran mayoría”.

No defiendo a las tabacaleras. Desprecio sus prácticas infames, como volver más adictivos los cigarrillos para mantener enganchados a los incautos fumadores, y ni hablar de la notable influencia de su dinero y su poder para resultar favorecidos en las decisiones políticas de los gobernantes de turno. Y más que nada, detesto esa actitud de inocentes perseguidos que asumen con las restricciones que les ha impuesto la ley en cuanto a la difusión de su publicidad.

Pero el consumidor también ha sido señalado. De una manera muy sagaz, se le ha vendido a la opinión pública, basado en rimbombantes estadísticas médicas, que los fumadores constituimos un endémico problema de salud pública. Se ha tratado de demostrar que los costos de tratamientos médicos para atender a estos “enfermos” está desangrando los sistemas de salud privados en los que cotizamos y, en una letanía que finge altruismo, esta teoría ha terminado por avalar el método de atacar el problema de raíz, desde la prevención… esto es, privando, restringiendo a su máximo los espacios y medios para los fumadores.

Bajo la premisa de que el bien general prima sobre el particular, los fumadores hemos terminado por convertirnos en una suerte de parias, de exiliados, en grupúsculos de personas indeseables al que por ley los establecimientos se reservan el derecho de admisión… Y sin embargo, meditando, exilado en las afueras del bar con el pucho de la vida apretado entre los labios, concedo que esta medida ha dado buenos frutos tanto para los que fuman como para los que no.

Prohibir que se fume en espacios públicos cerrados o restringirlos a zonas de fumadores, ha estimulado que muchos fumemos menos, al menos en proporción; ya que fumar se convierte en un rito que implica salir a la calle y asumir el hábito de manera personal para que no se afecte a los fumadores pasivos. Para los fumadores moderados, e incluso para quienes son acérrimas chimeneas, esta parte de la ley también ha estimulado la conciencia y el respeto.

La sensatez de esta medida se ha impuesto de tal manera que incluso para uno como fumador ya resulta extraño ver películas viejas, donde tipos como Humphrey Bogart se la pasan fumando en recintos cerrados, echándole el humo en la cara a la damisela de turno. Y de otro lado, ha renovado en los corrillos callejeros una suerte de encantadora complicidad, donde los fumadores se integran y reconocen el gusto por su hábito, no sin cierta nostalgia de no poder escuchar un tango o un rock al calor de una buena calada…

Pero así como la sensatez termina por convencer con innegables argumentos, la necedad termina cayendo por su propio peso. Y en este sentido la medida que prohíbe la venta del cigarro menudiao es necia por varias razones: atenta contra el sentido común, las dinámicas reales de cómo vivimos, y afecta no solo a los fumadores.

El primer perjudicado con tal contrasentido es el fumador. Cuando uno se ve obligado a comprar un paquete de cigarrillos y lo carga en el bolsillo, fuma más. Los fumadores, lejos de aquella imagen de devoradores compulsivos de nicotina, son en su gran mayoría conscientes de que el exceso suele afectar su salud. Cuando uno compra un solo cigarrillo se prepara mentalmente para fumarse uno solo en determinado lapso, así como quien se modera para comer cierta cantidad de comida. No en vano, muchos fumadores optan por comprar mejor el cigarrillo de manera individual para no sucumbir a la tentación, con la ligereza que da la gula. Pero al prohibirse esta alternativa, es como si se le dejara una bolsa de dulces a un niño; seguramente él no comería solo un caramelo.

Los vendedores ambulantes son las segundas víctimas de la tontería. A ellos no les afecta los pulmones sino otro órgano vital: el bolsillo. Si uno echa cuentas amargas, se da cuenta de que un paquete de cigarrillos Boston, el más común por estas tierras, vale cerca de $ 2.000 a costo de fábrica. Al menudiar los 20 cigarros que trae el paquete a 200 pesos unidad, quedan 4.000 pesos, 2.000 pesos de ganancia; valor superior a lo que obtiene al vender el paquete completo a 3.000 pesos. Tres son los principales productos con los que subsiste el vendedor ambulante: golosinas menudiadas, cigarrillos menudiaos y tinto menudiao. De hecho, por lo regular, la compra de un cigarrillo arrastra el consumo de una golosina y hasta estimula la compañía de un tinto.

Y si nos metemos con cifras menos insignificantes que las del simple salario de un vendedor informal, terminamos por darnos cuenta de que para ejecutar la ley, y lograr que tal prohibición se haga efectiva, se necesitaría de un aparato represor que vele por su cumplimiento en las calles a diario. Pero tranquilos, todo se resolverá de una manera más sencilla: los policías tendrán un segundo sobresueldo para acompañar el que ya les entregan los jíbaros.

Fotografía Juan Fernando Ospina

Lo más terrible es que últimamente me he venido sintiendo mal. He tenido que comprar el paquete y mis intenciones de moderación se han ido al traste. Gracias a esta medida estoy fumando el triple que antes. Tal como lo vaticinan aquellas ilustraciones de las cajas, mis dientes están curtiéndose con una amarillenta placa de nicotina; mi aliento apesta a cenicero por la cantidad descomunal de humo de los últimos días; mi piel se está tornando verdosa, seca y con paños; huelo a chito viejo; y mi consumo ha estimulado la demanda de más cigarrillos en un círculo vicioso: cuanto más fumo más quiero. Esto, por supuesto, ha repercutido en cierta repelencia de algunas chicas al verme en este deplorable estado, y amenaza seriamente con comprometer mi desempeño sexual como tanto temía.

En estos días me topé a un colega, catedrático él, fumando a escondidas en la sombra de uno de los pasillos del campus universitario. Al verme, con cierta tristeza se justificó diciéndome que a esto, a fumar furtivamente como si fuera un delincuente, lo había obligado aquella ley que prohíbe fumar en establecimientos educativos. “Y lo peor no es que me vea en este hipócrita estado, pues tarde o temprano, la imposición de una ley provoca que subvierta esa norma… Lo peor es que desde que se impuso la prohibición de fumar a mí me están dando más ganas… ya sabés, lo underground siempre es buena onda”.

Al ver el adocenamiento que estas prohibiciones han impuesto en aquellos adalides del pensamiento libre —mis colegas docentes—, sólo se me ocurre pensar en aquellos días en que el periodista Antonio Caballero era el ejemplo idóneo del fumador y se daba el lujo de conceder entrevistas televisadas sólo con la condición de fumar cuando se le diera la regalada gana. Lástima que no todos podamos ser Caballero. Así que si las cosas siguen como van, tocará dejarlo, sin remedio. UC