Síguenos:




Número 35 - Junio de 2012     

Un tal Alan SmitheeArtículos
Un tal Alan Smithee:
El padre de las películas repudiadas

Oswaldo Osorio.
 

Se dice que el peor director de la historia del cine —o al menos de Hollywood— fue Ed Wood. No obstante, dejando a un lado sus nefastas películas —que vistas hoy causan cierta fascinación—, en el director de Glen o Glenda había pasión y compromiso por lo que hacía y el total convencimiento de que sus películas eran buenas. Por tal razón, ese infausto crédito se lo deberían dar mejor a Alan Smithee, el director de esas películas de las que nadie quiere responsabilizarse y que, por su orfandad, generalmente son productos menores, cuando no peores que los de Ed Wood.

Y es que el señor Smithee no es un director de carne y hueso sino un seudónimo, el cual es usado por los directores que no quieren ser asociados con una película, que si bien dirigieron total o parcialmente, en algún momento se les salió de las manos y perdieron el control sobre las luces, la cámara y la acción. Aunque el Gremio de Directores de Hollywood no permite el uso de seudónimos, si el afectado en cuestión hace la solicitud y se demuestra que la película que dirigió es muy distinta a la que se va a exhibir, el Gremio le permite usar el ya institucionalizado seudónimo.

Alan Smithee es un anagrama de “The Alias Men” y fue usado por primera vez en la película Death of a Gunfighter (1969), en la que el actor Richard Widmark hizo cambiar al director Robert Totten por el cineasta Don Siegel. Al finalizar la cinta, Siegel no la quiso firmar porque Totten había filmado la mayor parte, y éste, obviamente, tampoco lo quiso por haber sido retirado del proyecto. La solución fue inventar un nombre, el mismo que en adelante sería usado cuando se presentara una situación similar. Aunque cabe anotar que ha sido usado con variaciones como Allen Smithee, Alan Smythee o Adam Smithee. Además, en algunas ocasiones ha sido utilizado para otros créditos distintos al de director, como actores, guionistas o vestuaristas.

Un tal Alan Smithee

Desde entonces este nombre ha aparecido en los créditos de más de cincuenta películas, series de televisión y video clips, incluso se puede encontrar en producciones rodadas décadas antes de su nacimiento, esto por gracia de las reediciones para video, televisión o para su proyección en los aviones, como ocurrió, por ejemplo, con un filme titulado The Indiscreet Mrs. Jarvis (1955), el cual cambió mucho en su copia para VHS en 1992. También le pasó, como a tantas otras, a la célebre Dune (David Lynch, 1984) cuando fue mutilada para su emisión televisiva. En ambos casos tuvo que venir el comedido Señor Smithee a firmarlas.

La salida del anonimato de este nombre sucedió en 1998 y está llena de paradojas. Este año se realizó la comedia titulada Una película de Alan Smithee: arde Hollywood arde, donde un director llamado Alan Smithee, luego de una serie de adversidades durante un rodaje, decide firmar con seudónimo, pero el que le impone el Gremio de Directores es, por supuesto, Alan Smithee. 

Un tal Alan Smithee

Un tal Alan Smithee

 
Este filme fue dirigido por el veterano Arthur Hiller, quien — y esta es la primera paradoja— por diferencias con el productor pidió firmar con el seudónimo que ya sabemos. Es posible que fuera una estrategia publicitaria, pero la película fue tan infortunada que tal vez sea cierto que el director de Love story pidió remover su nombre.

Otra paradoja que comienza con esta película es que, desde entonces, se tomó mayor conciencia de este seudónimo por parte del público y la industria, con lo cual se empezó asociar a malas producciones, o al menos problemáticas, con lo que esto implica en términos de sus balances finales. De hecho, ya para el año 2000, el Gremio de Directores le permite a Walter Hill usar el seudónimo de Thomas Lee para la película Supernova. Aún así, hay quienes lo siguen utilizando por fuera de la institucionalidad, ya por tradición o incluso a manera de guiño, como se hizo en el capítulo 138 de Los Simpsons.

Todo este asunto a simple vista parece solo una simpática anécdota de las tantas que hay en el excéntrico Hollywood, pero detrás subyace el eterno dilema de la creación, producción y percepción del cine, que es aquel que se desprende de su doble carácter de arte e industria. Usar seudónimos no es una práctica ajena a otras artes, pero es en el cine donde se presenta de esta forma vergonzante en razón de las eternas y frecuentes tensiones que se dan entre el director, quien se asocia normalmente con la vena artística del cine, y el productor, quien se preocupa por el componente industrial, o lo que decían en el viejo Hollywood era el Octavo Arte: hacer dinero con el Séptimo.

En Colombia, como nunca ha habido una industria de cine, esta figura no ha tenido oportunidad de germinar. Lo más cercano en el uso de seudónimos en la cinematografía nacional tiene que ver con deformaciones de un sistema de producción que solo ha podido tener alguna prosperidad cuando el Estado lo subvenciona: Primero, en los años setenta, cuando muchos de los llamados “cortos del sobre precio” eran firmados con un nombre diferente por aquellos directores que, habiendo ya recibido el máximo de beneficios a que tenía derecho una persona, ponían a un testaferro para aparecer en los créditos; y segundo, en los años ochenta, cuando en los infaustos tiempos de Focine unos directores fueron embargados porque alguna vez soñaron con hacer una película, pero ese sistema estatal de apoyo, mal diseñado y corrupto, se los cobró inhabilitándolos, por lo que se vieron forzados firmar con otro nombre parar poder trabajar en diferentes cargos de otras producciones.

De manera que si en Hollywood firmar con seudónimo fue un asunto relacionado con preservar el buen nombre de los directores, en Colombia ha sido un asunto de supervivencia, ya por corrupción, para torcer la ley a su favor, o por justicia, para hacerle el quite a una ley inicua. Cualquiera sea el caso, negarle la paternidad a una obra siempre será un asunto traumático, no importa que hacerlo represente una ganancia monetaria o que el hijo repudiado sea un adefesio. Atrás, en la butaca de los sueños, queda la historia planeada como una obra maestra.