Síguenos:




Número 35 - Junio de 2012     

Artículos
La vuelta a Equis en 8O años
Elkin Restrepo. Ilustración del autor
 

A fines de mayo, el poeta Jaime Jaramillo Escobar, ex-X504, cumplió ochenta años, una cifra que constituye apenas el comienzo de su inmortalidad. Fuera del agasajo de los amigos, la lectura de sus poemas en el Matacandelas y el aroma de beatitud, ya intensísimo, que despide, Jaime asistió a su cumpleaños como a otro cualquiera, con modestia, pulcritud y lucidez. Con aquellas virtudes que no impiden advertir en él al Nadaísta que, alejado de todo exhibicionismo y rebelde estridencia, como era la regla entre sus compañeros de letras, logró lo que muy pocos logran, tratándose de la Poesía: elevarla a un orden del que devolverse ya no es posible. En otras palabras, en acercar con desenfado la poesía a la vida, haciéndola su propia sustancia.

Sus poemas que, apegados a las virtudes balsámicas del versículo bíblico, saltan todo lindero entre el verso y la prosa, gozan de un público cada vez más amplio, los editan en distintos países editoriales prestigiosas y los entonan, para agregar una nota sabia, amable, en radiodifusoras mañaneras. Igualmente, la lectura que él mismo hace de ellos, con su tono de recitador de acto público de escuela, anda por cd, dvd y documentales que se multiplican, convertidos en un objeto inapreciable, como lo es una joya real.

Por lo común, el poeta dedica el tiempo a llevar su vida de siempre, repartida entre su biblioteca, los talleres de poesía, las películas y su oficio de galeote escribiendo reseñas para algunas revistas del país, cuyo pago apenas le da para comprar el paquete de alpiste, el café y la sopa que su cuerpo disciplinado le reclama por momentos. Una prueba más, si se quiere, de su condición de extraterrestre, aseverada por algunos conocidos. Jaime no fuma, no bebe y apenas come, y es hacerse a un lío invitarlo a un restaurante, donde elegirá del menú la porción baby o una sopa de espaguetis y, quizás, si está glotón, una agua aromática. En verdad, X no necesita de nada, le basta con el espíritu, ser solo él, un raro, el más raro de todos, y esto, que ha venido cumpliendo con lealtad ciega, ha sido suficiente para convertirlo en uno de los más destacados poetas en el panorama de la poesía colombiana e hispanoamericana.

El día de su cumpleaños, en plan de agasajarlo, varios amigos (Luis Fernando, Claire, Janeth, Doris y el suscrito) acudimos a su apartamento donde, primero, servido por un moderno Ganímedes, saboreamos un café, parte del ritual con el que Jaime da la bienvenida a sus amistades; luego echamos un vistazo a las macetas con flores y plantas medicinales que cultiva en el balcón y, después, fuimos a un restaurante donde pidió la porción consabida del menjurje de siempre.

Elkin Restrepo

 

Más tarde, peripatéticos, aprovechamos la cercanía del Jardín Botánico, un lugar idílico si no hubiera tanto escolar sin qué estudiar. Dimos una vuelta larga por el bosque, nos entretuvimos en el mariposario, sobre todo con la postiza autoridad de la guía, y terminamos visitando la sección de plantas carnívoras, nuestras preferidas por razones que no es del caso traer acá, cuyo estado incipiente, pero no carente de interés, nos obligó a decir en coro, como en su famoso poema: "¡Oh!".

Al final paramos en Le Gris de Oviedo, para tomarnos un café y mordisquear unos pastelillos que él no miró, y yo, contagiado a estas alturas por su aura astral, aparté con un gesto de la mano. Fue entonces cuando el poeta, con arrestos de atleta, nos confesó que acababa de comprar, a precio de ganga, los doce tomos de La Historia de la Humanidad publicada por la Unesco, a los cuales piensa dedicar los próximos diez años.

Dios guarde a su poeta. UC