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Número 35 - Junio de 2012     

Artículos
Sapobytes
Sergio Álvarez

En Colombia, durante siglos, quien quisiera denunciar a algún delincuente debía encontrar un testigo, dicho en lenguaje cotidiano, un sapo. La cantidad de sapos y traidores que pueblan la historia patria es infinita. Un país de criminales siempre será también un país de soplones. La lista de amantes desairadas, de socios tumbados, de policías empecinados en ser buenos, de criminales ansiosos por sacar del juego a sus competidores y de víctimas resentidas que se han convertido en delatores es larga y está llena de historias fascinantes.

Todo habría seguido en esos términos y cada avance de la justicia tendría sus respectivos hombres y mujeres protegidos en el exterior; o habría hecho que los testigos huyeran y se escondieran por su propia cuenta ante el abandono de investigadores y jueces. Pero los malos de Colombia también se han obsesionado con la tecnología. Obsesión bien motivada. Por malo que uno sea, necesita llevar cuentas y tomar apuntes, mucho más en un mundo donde la lealtad y la honestidad escasean.

El asunto empezó a ser noticia por el computador de don Antonio, secretario personal de Jorge 40. Cuarenta, nacido en una familia "bien", conocedora de que la política es la única actividad criminal impune, pasó rápidamente de matar, desplazar y traquetear a negociar el poder con alcaldes, gobernadores y presidentes. Pero Cuarenta también sabía por experiencia que los políticos son más deshonestos que los criminales, así que ordenó a don Antonio que llevara cuentas minuciosas en un sofisticado computador portátil.

Don Antonio, que en realidad era un hombre joven y tenía pinta de yuppie tropical, obedeció sin chistar y en sus cuentas quedaron registrados, entre otras cosas, los 550 asesinatos que Jorge 40 mandó cometer durante unos pocos años en su zona de influencia. Estas y otras actividades hubieran permanecido en la oscuridad si durante un allanamiento sorpresa don Antonio no descuida el computador. Era tan jugosa la información que dejó claro que cerca del 40% del Congreso de la República de Colombia estaba bajo sueldo de las Autodefensas y muchos de estos insignes congresistas fueron a parar a la cárcel ante las contundentes pruebas del primer sapo cibernético.

Las mismas cuentas de Jorge 40 empezaron a llevarlas sus socios, los demás jefes paramilitares. Contabilizaban nóminas, compras de armas y de insumos para el narcotráfico, salidas de droga y entradas de dinero y, claro está, también de asesinatos, que es la actividad en la que son más expertos. La contabilidad ayudó a ser eficientes a los paramilitares, pero no les aminoró la desconfianza en los políticos y decidieron tomar fotografías y grabar videos de sus encuentros, fiestas y pactos. Todas estas pruebas han ido apareciendo y no han cambiado la realidad, solo la han iluminado un poco.

Extorsionar, traficar, secuestrar y volar pueblos llenos de civiles es un asunto complejo y rápidamente la guerrilla y la delincuencia común aprendieron también que debían registrarlo todo en USB, discos duros y computadores portátiles. El uso de estos artilugios es tan obsesivo, que si las guerrillas no hubieran pasado de moda hubiera sido fácil que Steve Jobs le contratara un anuncio a Tirofijo, donde, en medio de las terribles condiciones de la selva, el Comandante saliera en pantalla diciendo: Puedo olvidar mi fúsil, mi guardia personal y hasta mis amantes campesinas, pero jamás mi Mac.

Sapobytes

  

En el país del ya cansado y enfermo García Márquez una costumbre normal para los tiempos no podía evitar dar un paso hacia la magia. La madrugada que un bombardeo del ejército colombo-norteamericano destruyó un campamento guerrillero asentado en Ecuador y mató allí a Raúl Reyes, segundo al mando de las Farc, todo quedó destruido, los cráteres de las bombas eran más grandes que el campamento, pero los computadores, las memorias y los discos duros del internacional guerrillero quedaron intactos. Esta captura tecnológica fue más importante que la misma muerte de Reyes, y los enemigos nacionales de la guerrilla se frotaron las manos y empezaron a calcular que de allí saldrían las pruebas para meter a la cárcel o para hacer asesinar bajo la mesa a muchos de los simpatizantes de las Farc.

Eso no ocurrió. Tanta calidad tecnológica no se la creyó nadie y poca gente aceptó como válidos los 37.782 documentos de texto, las 452 hojas de cálculo, las 210.888 imágenes y los 10.537 archivos que se supone había en los computadores. Pero quedó claro que de ahí en adelante lo grandes sapos de nuestra violenta historia no se contarían en palabras sino en bytes.

De los discos duros de Reyes pasamos a la USB de Mancuso. Sólo una triste y solitaria USB porque el gritón que ejercía de presidente de Colombia dio orden de extraditar a sus antiguos socios. De la cárcel de la que los sacaron, misteriosamente desapareció todo rastro de computadores, discos duros y demás sistemas de archivo de información.

La USB de Mancuso dio vueltas y de ella también empezaron a salir documentos como de una lámpara de Aladino. Pero eso tampoco sirvió de mucho, porque todo se quedó en rumores y finalmente desapareció gracias al sistema con que mejor desaparecen las pruebas de cualquier delito en Colombia: pasó a custodia de la Fiscalía.

Este secuestro permanente de pruebas informáticas alimenta ahora el morbo nacional, ya los titulares de las noticias no son las caras de los políticos ladrones, los paras, los guerrillos o los traquetos, sino las imágenes también generadas por computador de los discos duros o los portátiles de los malos. En el campamento de El Mono Jojoy fueron encontrados 15 computadores, 94 memorias USB, 14 discos duros externos; en el campamento de Alfonso Cano, 7 computadores, 39 USB y 24 discos duros.

De esta manera, a pesar de que los fanáticos que han ejercido como presidentes los últimos años convirtieron a millones de ciudadanos en sapos, los grandes soplones de nuestros tiempos no son humanos, sino USB, discos duros y computadores portátiles. Bien se dice que cada pueblo apropia de una manera distinta la tecnología, según su cultura. Nosotros la hemos puesto al servicio no de la justicia, porque en Colombia ser denunciado casi nunca significa ser condenado, sino de uno de los grandes mitos de nuestra violenta historia: el de ser un verdadero y trascendental sapo. UC