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Número 25 - Julio de 2011   

Artículos
Tribulaciones de un duende
escapado de las botellas

Jorge Iván Agudelo Z. Ilustración Max Gallinazo
 
Ilustración Max Gallinazo  
 

No era un aprendiz, ni mucho menos, llevaba décadas en el negocio y, a decir verdad, lo disfrutaba más que nada en el mundo. Así pues, es mejor que no se diga que abandoné por falta de experiencia o que me arredré con un caso difícil. La verdad es que no sé de otro duende que se haya quejado o haya renunciado a su trabajo, eso me convierte menos en un cobarde y más en una rara avis, en un pionero...

Hasta que lo conocí repartía mi tiempo en dar vueltas por la ciudad, en hacer una que otra visita a mis camaradas del campo, en leer alguna novela sobre el alcohol que me permitiera entender mejor a mis pacientes o a mis víctimas, ustedes dirán... y claro está, en llevar a cabo mi labor, que dicho sin ambages, no era otra que plantar cara a los muy amigos de la botella, darles el susto de sus vidas con mi verde presencia socarrona y obligarlos a volver a la cordura, a romper la copa o a levantarla con tanta furia que ya no era yo el que aparecía, sino la cirrosis o los negros gallinazos que se paran en las barandas a jalar las sábanas con sus picos, o la parca, que no es un ejemplo ni una advertencia, que simple y llanamente es ella, la reina última.

Todo cambió la mañana que entré en su pieza, bueno... minutos después, porque la escenografía donde se desarrollaba mi trabajo casi siempre era la misma, al punto en que llegué a pensar que sólo había visitado a un borracho en mi vida; hay leves diferencias, es cierto, pero para efectos de esta historia basta con saber que el pequeño rectángulo olía a animal recién disecado, unas cuantas botellas por el piso y el hombre en la cama temblando su duermevela. Recuerdo que me senté en una butaca listo para saltarle al pecho y hacerle saber de mi existencia, cuando ya doblaba mis rodillas y ensayaba mi sonrisa de: aun estás vivo pero vas a enloquecer... veo su frente ensangrentada, lo oigo resollar, al fin despierta, se limpia el sudor y la sangre con la diestra, maldice y se chupa los dedos... Puta vida, su grito de guerra... es ahí, como si me hubiera incitado con su mala palabra, que decido no dar más largas al asunto, brinco a la baranda de la cama y le clavo mis ojos verdes y fieros... y aquí comienza la historia, nuestra amistad de años... el hombre me mira, sabe que no está soñando, que mi presencia es tan real como su sangre, traga saliva, soporta su cuerpo magullado en uno de sus codos y me ordena como si yo fuera su sirviente: ya que estás aquí, andá por media de ron... No salgo de mi asombro, tengo prohibido, bajo cualquier circunstancia, hablarle a los borrachos, sólo puedo gruñir, gritar, patalear, tumbar cuadros y quebrar botellas, me entran unas ganas tremendas de replicar, de salirle con una de esas lindezas que tanto le he oído a los humanos, pero no, me limito a saltar y a gritar, a tumbar unos libros, a tirar las celosías por la ventana, a rasgar unas camisas... y él como si nada, complacido con mi rabieta... cuando no puedo más me dejo caer en un rincón y comienzo a llorar, es cuando mi amigo se levanta, se acerca despacio, me da una palmada en el hombro y me dice: no llorés, ya han venido otros y te puedo asegurar que ninguno lo hizo tan bien como vos... si querés me esperás yo me baño y te invito a unos tragos...

Pensé en irme con el rabo entre las patas, descansar, contarle todo a otro duende y emprender de nuevo el trabajo... pero algo me retiene, la amabilidad, el desdén, la fortaleza del primero que me saca de su cabeza ayudado por los humores del alcohol para que lo asuste y lo joda o le arregle la vida y de pronto como si nada... como si estuviera tan solo que sólo me estuviera buscando para empujarse un trago a mi lado... Y ahí estamos, en la primera de las muchas cantinas que visitamos juntos...

Una media de ron y dos copas, decía siempre, y el cantinero, extrañado al ver a un hombre sólo pidiendo un par de copas, lo atendía despacio como reparando en la clase de locura de su cliente... cuando nos sentábamos en la barra la cosa se complicaba un poco, porque a su lado siempre había una silla vacía, la mía, que sólo podía ocupar yo... y cuando algún incauto decidía sentarse encima, la furia se hacía hombre y encarnaba en mi amigo, que por lo demás siempre fue pacífico, un borracho tranquilo, como se dice... por lo regular me hablaba de unos personajes que no había visto nunca pero que conocía muy bien... un tal Georg Trakl, del que decía que era el poeta más triste que había leído jamás y que, contrario a lo que se tenía por cierto, había muerto por una sobredosis de guerra y no por una sobredosis de cocaína; Juan Carlos Onetti, que según cuentas, fue el escritor que supo sacarle mayor provecho a la cama, al whisky, a las novelas policíacas y a un lápiz; y otros, de los que me contaba su vida y sus milagros. Cuando le entraba la nostalgia, me hablaba de su infancia en una finca cafetera o de una mujer que quiso hasta la locura y le exigió, para compensar su necesaria presencia, cosas tan absurdas como un hijo y un trabajo regular. Pero no todo era conversación, tragos y felicidad, también tuvimos nuestras malas rachas; su úlcera, su depresión o una simple deshidratación, hacían de su locuacidad el más obstinado silencio. Había un silencio pactado cuando teníamos que ingresar al hospital en busca del suero intravenoso, por ejemplo... porque un borracho hablando solo o con un duende en una cantina, hace parte del paisaje, pero el mismo borracho con su mismo monólogo en cualquier hospital es un candidato privilegiado para ingresar al mental. El otro silencio, el que aparecía sin aviso en sus malos días, me partía el alma, sólo podía estarme ahí, a los pies de su cama, como un guardián espantando celajes y otros duendes, antiguos colegas que aparecían para zaherir a mi amigo.

Pasaron los años y nuestra rutina de bares, hospitales, silencios, se hizo sólida, nada ni nadie podía interferir... hasta que un buen día mi amigo decidió que la ciudad lo agobia, que necesitaba un cambio, que vendía todo y se compraba una finquita. Y así fue, en menos de lo que canta un gallo estábamos trepados en la montaña, viendo llover. Fue el tiempo más feliz de mi vida, nada nos hacía falta, la renta alcanzaba para la comida y el licor, que por ese entonces se empezó a beber despacio, como lo beben los que no tienen sed.

Cuando salíamos a caminar, de lo único de lo que se quejaba era de la persistencia del verde, de ese color que en el campo era de todos los colores, le hubiera gustado, me decía, caminar de vez en cuando sobre lo blanco, como lo hacía Robert Walser, el escritor más humilde, que murió dando un paseo por la nieve.

Una mañana cualquiera ya no estuve a su lado, supe enseguida que en su cabeza alucinada se había operado un cambio, que ya no me necesitaba, que yacía en paz sobre lo verde al lado de un árbol de café. UC