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Número 25 - Julio de 2011   

Editorial
La perversión deportiva
Editorial
 

Hay personas inteligentes y útiles socialmente, que desmienten su talento y una educación esmerada, vistiendo la camiseta de un equipo de fútbol para afrontar la afrenta del tumulto de un estadio, y convertirse en un elemento en el mondongo de la masa vociferante de olores amotinados de sudor, orines y fritanga. Algunas, poetas y novelistas que no escribieron con los pies y que saben que la cabeza no sirve solo para criar piojos, defienden la pueril debilidad con el cuento de que necesitan relajarse, mártires del stress, o con la pragmática afirmación de que ir a fútbol es la única cosa razonable que se puede hacer con un domingo que es el bobo de la familia de los días, amarillo, estéril y casi siempre largo. A veces esgrimen el nombre de Albert Camus. Que incluso llegó a ser portero, explican, de la selección argelina. Y extremando la insensatez, toda pasión es insensata, algunos incluso escribieron futbolísticos cuentos, sonetos en alejandrinos a la Alejandro Brand y guiones cinematográficos donde mezclan los goles de verano de los barrios pobres del trópico anotados y cantados en una cancha polvorienta junto a un basurero, el bendito conflicto armado, una novia obrera, y una guaracha de música de fondo. Los intelectuales modernos son propensos a asumir los amores de lo que llaman el pueblo, aunque los mimen en lo seco, al amparo de una biblioteca surtida y atendidos por una señora de por días.

La literatura latinoamericana está llena de ejercicios deportivos sentimentales, tirando en ocasiones a épicos. Que confunden la compasión por los humildes con la ostentación de la habilidad retórica. Pero no es criticable. En tiempos de Guillermo el Conquistador también se glorificaba a los triunfadores en las justas, supongo, y ahí está Píndaro.

Y cuando se emborrachan, estos amigos míos se deshacen en las aguas floridas del elogio, en estentóreas exaltaciones de las piernas de algún muchacho de Tumaco que comparan con los bailarines rusos, los magos chinos, y con el nonplusultra de lo humano, que quienes no fuimos a Oxford ni a Heidelberg nombramos aquí el verraco de Guaca o el putas de Aguadas. El fútbol es la máxima expresión de la inteligencia, no es solo pies. Precisa del genio de los ojos y de la malicia para el driblar y de la nietszchena impiedad para humillar un adversario con farolitos repetidos y ordeñamientos condenables, y el espíritu de profecía para adelantarse a sus decisiones. Ah, pero el fútbol también prepara a los hombres para la solidaridad y el valor, para el sacrificio, y la paciencia de perder con grandeza, la nobleza de ganar sin orgullo, y la sabiduría de saber que todo nos sucede, victorias y derrotas, pero a pesar de todo hay que esforzarse. No advierten que el fútbol así visto también copia las hablas de la guerra. Y que los porteros se fusilan, los delanteros disparan, el árbitro decreta la pena máxima, y cobra un capitán de equipo.

Los pueblos arcaicos necesitaron los deportes para absorber la energía sobrante en la gruesa monotonía de la horda. Sociedades de animales de presa, por el juego de pelota y las luchas cuerpo a cuerpo, singulares o por bandos, que dieron origen al deporte moderno, mantenían en los jóvenes de la tribu el entusiasmo por el homicidio. Y hoy las turbas deportivas prolongan los rituales de los estadios en el frenesí destructivo, el incendio, y la asonada, en recuerdo de los deportes madres. Algunos se identifican con el león o el oso, otros con una soberbia ave de rapiña encrespada, y otros, como nosotros, con la mayor de las carroñeras. Hace años en Centroamérica hubo una guerra justificada en razones futbolísticas. Y todos los días un pequeño imbécil babeante acuchilla a otro porque lleva una imbecilizante bandera babeada hacia alguna parte.

La adhesión al equipo de fútbol devuelve a ciertas personas a los instintos primarios y aniquila en lo multitudinario lo único que tenemos sagrado: el derecho a la soledad y a tener miedo. Los deportes, empezando por el ajedrez que tiene la ventaja de ser un deporte seco, son guerras virtuales, simulan batallas, son juegos de poder. Los chibchas y los aztecas borrachos de chicha realizaban en fechas marcadas marchas inhumanas entre Choachí donde nace la luna y Chía donde reina, y remataban la competencia en las matazones de las guerras floridas. No es cierto que el fútbol una, congregue, o adecente. A lo sumo amontona. Y en ocasiones embrutece. Como la religión, los deportes deberían ser llamados opios del pueblo. Dicen los que trotan que producen sus propios éxtasis. Y que las dopaminas que se segregan en el ejercicio físico inducen un estado semejante al que inducen la oración en los piadosos, y el alcohol en los descarriados. El orden, según eso, debería requisar las raquetas.

La miserable condición del más hermoso de los atletas, Cassius Clay, reedita la lógica de las competencias entre los precolombinos que sacrificaban los ganadores a los dioses. Si quieres conservar la vida, estás obligado a perder. O mejor, evita competir. ¿Y las tribus de Inglaterra de antes de la invención del balón no recurrían a las cabezas de sus vecinos como hacían ayer tan solo los crueles paramilitares colombianos en sus orgías con vallenatos? Yo que puedo contar con los dedos de Vargas Lleras las veces que fui a un estadio, de cuando en cuando sin embargo me detengo a mirar los partidos de fútbol de los hijos de los tenderos de un vecindario en una manga llena de desniveles, perfectamente no reglamentaria, que a veces descalzos hacen rebotar los balones en piedras aprendidas para enloquecerles el efecto. Y eso se me parece a la alegría. En cambio me es imposible obviar lo trágico y lo trivial en el gran circo de los grandes equipos de fútbol. Y qué es un equipo de fútbol. Una bandera. Una secretaria. Un combo de avivatos encorbatados, y de bolsillos ávidos. Y unos muchachos recogidos en villasmiserias de Buenos Aires, pantanos de Nigeria, y favelas de São Paulo, sometidos al engranaje formidable de la industria moderna del sudor, que los convierte en multimillonarios para consuelo. La crónica moderna de la estupidez humana cuenta con las bravas barras, y la biografía de Maradona.

Que los deportes contribuyen a la buena salud es un prejuicio. Mucha gente también se muere de gimnasio. El sicoanalista neofreudiano Whilhelm Stekel afirmó apoyado en una vasta experiencia clínica que los futbolistas a veces se convierten en impotentes precoces. Y si la promesa de la bicicleta es que acabaremos pareciéndonos a Peñalosa o a Mockus uno mejor se baja y camina. Yo he visto caer muchos amigos queridos bajo los árboles de un parque mientras se entregaban a sus ejercicios matinales en sudadera. Un futbolista africano murió con el corazón reventado en pleno partido por una copa insípida. Y solo puede ser una antihigiénica muestra de cofraternidad, eso de rematar los enfrentamientos cambiando de camisetas, como he visto. Qué asco la camiseta del Pibe o de Pelé, después de noventa minutos de sudarla. Y supongo que peor olerá la de Kaká, que lleva ese nombre cacofónico. Y cacósmico. Yo creo que entre todas las actividades que obligan a sudar y conducen al júbilo de la taquicardia, las únicas que valen la pena son los deportes de cama. Lo demás es desperdicio, vana deshidratación. Aunque en algunos el gol provoque un estallido semejante al orgasmo. UC

Eduardo Escobar