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Número 21 - Marzo de 2011 

Artículos
Reserva del sumario

 
 
 

Han pasado más de 20 años desde los asesinatos de Luis Carlos Galán y Bernardo Jaramillo Ossa. Los expedientes de esos crímenes siguen abiertos. Imagínese un arrume de papeles amarrados con cuerdas, sellados en cada página, con las huellas de algunos protagonistas, plagados de un lenguaje que habla en el mismo tono del levantamiento de un embargo o el de un cadáver, llenos de tachaduras que les han dejado las versiones que se acumulan: los recuerdos de Virginia Vallejo, las conversaciones en un kiosco en Puerto Boyacá, el desparpajo de Ernesto Báez, las lágrimas de Jubiz Hazbún, la carcajada de Yair Klein. Si alguien fuera capaz de apilar todo ese papeleo y trabajar en una traducción lejos de las fórmulas procesales, encontraríamos una interesante historia reciente de Colombia. Se podría convertir un legajo en un memorial. Maza Márquez, por ejemplo, iría cambiando su figura firme, inconmovible, su pequeño cuerpo de héroe por la facha de un tira sinuoso, capaz de tener amigos comunes con su enemigo público número uno. El día que se cumplieron 20 años de la muerte de Galán, el 18 de agosto de 2009, Maza fue capturado por la fiscalía para responder como coautor del crimen. Porque los expedientes también pueden ser novelescos.

Las fotos de los cuerpos de Galán y Jaramillo Ossa en las cubetas de Medicina Legal hacen parte del primer capítulo de esa historia en expedientes. Un fragmento de los recuerdos de escritorio de un juez sin rostro que debió ordenar las primeras investigaciones en los noventa. Su hijo hacía las veces de secretario de juzgado ad honorem en las noches. Ayudaba a trascribir declaraciones y a tomar el dictado a las resoluciones del juez. De pronto, en medio del trabajo corriente de auxiliar judicial, esos papeles lo encandilaban, parecía imposible dejarlos pasar: ahí estaban los mártires que justifican la bandera y el escudo en la pared del juzgado. Entonces el juez sostenía los folios y su ayudante tomaba algunas fotos. Pruebas para un increíble álbum familiar.

Dos días antes de cumplirse 20 años del asesinato de Jaramillo Ossa, su expediente también recibió noticias. Un fiscal de la unidad nacional de Derechos Humanos lo declaró crimen de lesa humanidad, con lo que impidió que dos días después la justicia diera un martillazo definitivo y convirtiera esos papeles en reciclaje para los carretilleros de Paloquemao. El líder de la UP hablaba de su muerte con una certeza lejana a los alardes del héroe, tal vez la misma resignación que hizo que no se pusiera el chaleco antibalas ese 22 de marzo del 90: "Yo pienso que…, con toda serenidad lo digo y a veces con frialdad, que yo sé que me van a asesinar". Cuatro balazos en el pecho, disparados por una Mini-Ingram, lo tiraron contra la vidriera de una farmacia en el Puente Aéreo en Bogotá. Sus últimas palabras, que su esposa ha repetido como un salmo, muestran el ánimo tranquilo de un moribundo convencido: "Mi amor, no siento las piernas. Esos hijueputas me mataron, me voy a morir. Abrázame y protégeme".

Los expedientes no solo entregan dramas. La muerte de Galán tiene un detalle que alentará a los expertos en la teoría de la conspiración. El DAS ha mejorado, ahora que solo se dedica al chismoseo. Según dijo el Negro Vladimir, un gran todero de los paras, los sicarios llegaron a Soacha en una camioneta del DAS. Para confirmar la versión, el Negro -nos perdonará la confianza- soltó una prueba de plomo: "Es tan así que uno de los muchachos cambió el arma accidentalmente: la Uzi con que mataron a Galán era un arma del DAS y la del muchacho que iba con Rueda Rocha se quedó dentro del carro". Un registro pareció confirmar esa versión. Jacobo Torregosa, el comodín de última hora en la escolta de Galán, dijo en su informe del 22 de agosto del 89 que en el atentado se había perdido una Ingram 1831.

Con dos fotos hemos violado la reserva del sumario de nuestras desgracias.


Luis Carlos Galán S.                       Bernardo Jaramillo O.
1943 - 1989                                    1956 - 1990