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Número 21 - Marzo de 2011 

Byron White
El cine se cantaba en Medellín

El historiador y arquitecto Rafael Ortiz nos lleva a recorrer un buen pedazo de la carrera Bolívar de ayer

1. La Calle de los Tambores era, entre 1914 y 1950, la que hoy es la carrera Bolívar, solo que terminaba en la calle San Juan pues de allí no la dejaba pasar la Estación del Ferrocarril de Amagá. Antes de existir la Estación aquello era un potrero inmenso —limitado por el Camellón de Guayaquil, la calle de Los Huesos, Palacé y San Juan—, y servía para guardar los caballos de quienes venían a la Plaza de Mercado Amador y los animales que traían para vender; por esa época Medellín era pequeña y Cisneros un aristocrático barrio donde vivían las mejores familias de la ciudad. 

En 1950 el Ferrocarril de Antioquia compró las pertenencias del Ferrocarril de Amagá a fin de completar la carrilera, que llegó hasta Buenaventura pasando por Cali. Desaparecidos los Ferrocarriles Nacionales (dueños del de Antioquia), el Municipio de Medellín compró los terrenos para extender Bolívar hasta Los Huesos y más allá.

Entre 1945 y 1950, es decir en la posguerra, las islas del Caribe quedaron saturadas de canecas vacías que contuvieron gasolina, petróleo y otros combustibles para barcos y submarinos norteamericanos. Los muchachos de estas islas tuvieron entonces la idea genial de recortarlas y convertirlas en instrumentos musicales, y una vez diestros en sacar sonidos del metal, y acompañados de tambores, emprendieron giras continentales; hasta Medellín vinieron a parar, presentándose con éxito en el Hotel Nutibara y en los clubes Unión y Campestre.

Los muchachos pobres se entusiasmaron con las canecas y ni cortos ni perezosos hicieron las propias, alcanzando también sonidos espectaculares e interpretando de puro oído toda clase de música de la época, desde tangos hasta boleros. Ofrecieron sus servicios en los mismos lugares donde triunfaron las generosamente pagadas orquestas caribeñas, y fueron rechazados.

Por esos días se abrió la prolongación de Bolívar hacia el sur, con una rotunda equivocación: los planos suministrados por el Municipio hicieron que la rasante de la calle quedara setenta u ochenta centímetros por debajo del nivel de las aceras. Cuando la interventoría suspendió la obra, la calle quedó solo con la primera capa de asfalto flojo; para colmo ya se habían adecuado muchos locales para el comercio y la falta de tránsito los hizo imposibles de arrendar o vender. Como en Colombia todo se demora eternidades —sobre todo los pleitos—, resolvieron mientras tanto poner, en los locales, cafesuchos para prostitutas disfrazados de sancocherías.

Las bandas criollas, rechazadas por las élites, se fueron a tocar allí, por Bolívar entre San Juan y Los Huesos, en la que se conoció como la Calle de los Tambores.

2. El Café Atlántico debiera tener este subtítulo: ¡Quebrado sin hacer ningún esfuerzo! Ubicado en un punto extraordinariamente importante por el tránsito de personas y vehículos, le fue muy bien en un principio, con un administrador que venía del Café Árabe de Toto Arango, al frente de la Plaza de Cisneros. Pero de un momento a otro se volvió el parche de la colonia chocoana en Medellín, que desde temprano aseguraba la mayoría de las mesas tomándose cada uno cuando mucho dos tintos o alguna gaseosa en todo el día, mientras guardaba las pertenencias de su damisela amiga dedicada a buscar amigos. El dueño del café no pudo encontrar solución al problema de colonización y lo vendió barato. El que lo compró tampoco pudo, tuvo que cerrarlo. La colonia se trasladó al Parque de Berrío; hoy toma tinto y otras cosas en el Parque de San Antonio.

3. El Teatro Granada se empieza a construir en 1928 y con un aforo de 4.500 personas fue el primer edificio hecho para ser cinematógrafo en Medellín. En esa época sólo estaban habilitados para presentar cine dos teatros (el Granada y el Junín) y el Circo España, que proyectaron películas mudas hasta cuando llegó el cine parlante y los teatros de barrio.

Quitándole un determinado número de asientos cerca al telón, el Teatro Granada sirvió para peleas de boxeo. Por allí pasó el célebre peso pesado español Paulino Uzcudum y cuentan que el famoso púgil argentino Luis Ángel Firpo, de regreso de los Estados Unidos donde le robaron la pelea con Jack Dempsey, hizo parte de un tragicómico espectáculo. Sucedió que los organizadores de la exhibición ofrecieron un premio de 20 pesos a quien le aguantara un round a Firpo, y a un retador que se le midió a la paliza le pagaron por adelantado. El pobre tipo aprovechó la platica extra y se mandó un sancocho recargado; todavía estaba haciendo la digestión cuando recibió un golpe de Firpo que le reventó el estómago y le provocó la muerte.

En el Granada también hizo show la famosa estriptisera Kira, hasta que un afiebrado trató de violentarla en pleno escenario.

 

4. El Teatro Medellín se construyó al frente del Granada mucho tiempo después de su existencia. Presentaba únicamente películas mexicanas, generosas en canciones, en especial corridos que la gente coreaba tan a grito pelado que sus voces se oían nítidamente en la calle y en el café de abajo.

5. Enseguida del Teatro Medellín había un café que las meseras de los demás cafés chequeaban. Iluminado con focos verdes, en su momento fue el único café gay de Medellín.

Contiguo quedaba el Edificio Medellín, propiedad de don Alejandro Ángel, que allí ocupaba algunos pisos y alquilaba otros para comercio. Cuando se fundó la Universidad Pontificia Bolivariana los estudiantes de la Universidad de Antioquia consiguieron que don Alejandro les facilitara dos oficinas. En ellas empezó su vida la Escuela de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana que después se estableció en la calle Caracas con Palacé, donde había estado el primer seminario.

Al lado del Teatro Granada, hacia el norte, construyeron una serie de quintas que rápidamente desaparecieron con la comercialización e industrialización del sector.

6. En la quebrada al frente de la Avenida Amador se estableció el laboratorio Confortativo Salomón, que tenía fama en la ciudad como poderoso reconstituyente y energizante; los campesinos vendían a canastadas los huevos para hacerse a su frasco del confortativo. Dicen que al crear la empresa, los dueños confundieron a Sansón con Salomón.

7. En la casa que seguía funcionó el Taller de los Carvajal. Muerto ya el viejo don Álvaro, los hermanos Carvajal trabajaban allí. Estudiaron modelaje en cera y barro muchos artistas nuestros, al mismo tiempo que ganaban plata: Eladio Vélez, Pedro Nel Gómez, Gilberto Uribe y otros.

La gran fuente de ingresos que tenía este taller eran los santos y las imágenes para los templos del Departamento. Los bustos de Bolívar y Santander también se vendían, pero la gran estrella en ventas era el Cristo de Limpias (España), devoción de todas las señoras de clase media y alta que querían tenerlo en casa.

8. Los Baños de Palacio quedaban sobre el costado oriental a unos 35 o 40 metros de Maturín, y los constituían una gran piscina y baños individuales. La piscina hacía las veces de sede del equipo de natación de Antioquia que dirigía Vicente Lagoyete; los dos o tres baños independientes eran muy disputados por las parejas.

9. En la esquina quedaba el Café Moscú o Ruso. Los dos nombres eran utilizados por los estudiantes de izquierda según fuera a ser la consabida trifulca en el café, pues al bar acudían miembros de distintas corrientes de izquierda y algunos miembros de organizaciones católicas. Después de unos tragos se dejaba venir la confrontación de ideas socialistas-comunistas con las católicas ortodoxas y terminaba todo en voleo de taburetes y sillas, hasta que la policía los conducía a la inspección municipal. Que lo llamaran Ruso o lo llamaran Moscú era la señal de la clase de debate que se iba a dar.

10. Entre Maturín y Pichincha se ensanchaba la calle. Inusitadamente ocupaba un espacio de 25 o 30 metros, sumado a un espacio que habían dejado cuando las Carmelitas de Clausura construyeron su convento. Al frente todas las construcciones eran de dos pisos, cada una con su almacén comercial, carpintería o ebanistería y a continuación la escalera para subir al segundo, de la mano de las prostitutas que en esas escaleras esperaban su clientela.

Ya llegando a Pichincha, en la última casa, estuvo una fábrica de ensamblaje de radios traídos del Japón, que quebró cuando llegaron los radios ya armados.

 
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Editorial: A veces llegan cartas
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El cambio climático y el invierno en Colombia
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La maja desnuda
Viaje al río Mira
La última hada
Medellín
¡Al romboi!
 
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