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Número 21 - Marzo de 2011 

Artículos
Viaje al río Mira
Ignacio Piedrahíta. Ilustración por Jr.
 

Góngora, el lanchero, nos dice que la boca del Mira está a una hora y media de Tumaco, "subiendo" por la costa. "Subir", me imagino, es ir para el norte. Pero cuando salimos de la bahía la embarcación va torciendo hacia la izquierda. Resulta que la corriente del mar va en la costa Pacífica de sur a norte, de modo que "subir" quiere decir remontarla, o sea, ir hacia el sur.

Cuando las olas son grandes, Góngora las coge de manera oblicua: sube por el frente diagonalmente y con buena potencia del motor, pero cuando llega a la cresta disminuye la marcha para caer suavemente del otro lado. Cuando son pequeñas, pasa cortándolas a toda velocidad, triturándonos los riñones.

Navegamos cerca de la costa y en cierto punto nos acercamos a lo que evidentemente es la salida de un río. Es un brazo viejo del Mira. El oceanógrafo a quien acompaño me explica que de todas las salidas de un río, solo una es la que funciona. Más adelante pasamos cerca de otras bocas antiguas y en desuso, todas a puntos de ser cerradas por largos islotes de arena.

Más "arriba", por fin, llegamos a una enorme desembocadura de medio kilómetro de anchura. Es el verdadero canal de salida del Mira, que en las fotos aéreas se ve como una trompeta semicerrada al final por la consabida barra arenosa. La diferencia aquí es que esta barra lucha día a día contra el feroz caudal de la corriente de agua dulce.

Las orillas del río están cubiertas de bosques de manglar, cortados a su vez por esteros o pequeños ríos. Todo allí, en la desembocadura del Mira, es móvil. Unos años los canales tienen un recorrido, pero después este cambia, y solo algunos lugares sobreviven largo tiempo a tan ingente cantidad de agua. Estos lugares son llamados "firmes", porque allí se pude levantar un pueblo sin el riesgo de tener que abandonarlo al año siguiente.

El pueblo más importante de la boca del Mira se llama Milagros Frontera, lugar de origen de Góngora. Nos acercamos en la lancha. Del último poblado importante del país antes de llegar al Ecuador, se ve lo siguiente: restos de paredes de casas, losas de cemento derrumbadas, inodoros desgonzados y partidos a la mitad. Las inundaciones de principios del 2009 pasaron alevosas por el firme.

Nos acercamos a la playa y bajamos. Góngora interrumpe el sueño de un par de pescadores que dormitan en sendos chinchorros. Detrás de las primeras construcciones destruidas el panorama es otro, pues sobreviven algunas casas espaciosas y bonitas, hechas de tablones sin pintar dispuestos de manera vertical. Sin embargo están todas cerradas. Mientras el oceanógrafo y sus estudiantes toman mediciones, yo me adentro, vagando entre las calles desiertas.

Al final, en la parte más alejada de la orilla del río, hay una casa abierta. Un viejo está sentado en el porche trabajando en una red. Es una caliandra, me explica: se deja toda la noche en la salida de un estero a ver que cae. Por la limpieza del nylon, es fácil adivinar que no ha caído nada la noche anterior. Es ecuatoriano, me dice, pero llegó al pueblo hace cincuenta años, cuando este se llamaba Cabo Manglares y quedaba al otro lado del estero.

Le pido una explicación a ese anciano delgado y saludable. Baja de su entablado y me señala un descampado al otro lado del estero: allá quedaba el pueblo. Todo parece muy sencillo para quien está acostumbrado a que las aguas cambien de curso y redibujen el mapa de la tierra emergida año tras año.

Ilustración Jr.

 

 

 

Le pregunto por qué no se ha marchado, como todo el mundo. Es evidente que el pueblo se lo está llevando el río, le digo. La gente aquí está acostumbrada a que todo cambie, a volver a hacer sus casas, me dice. ¿Entonces?, replico. Por respuesta, el viejo relata la muerte del esposo de su nieta, dos años atrás. Los asesinos, dice, eran hombres sin ley que tomaron el pueblo como su propio reino; los motivos, venir el muchacho de lejos, de una tierra extraña y sospechosa; y sus métodos, macabros: colgarlo de los manglares que crecen detrás del pueblo.

No es difícil figurarse que las recientes inundaciones que arrasaron medio pueblo colmaran el deseo ya vivo de los habitantes de dejar aquellas tierras en busca de un lugar más tranquilo. Tal vez, de no haber sido por ese terror pasajero, los pobladores habrían reubicado sus hogares allí donde nuevos firmes se hubieran mostrado atractivos. Pero no fue así.

Una voz aguda se siente asomar detrás de la casa vecina. Es Góngora, que llega a saludar. Góngora es de esas personas ubicuas que en la mañana ayuda en una pescadería de la que se dice socio, a medio día se desempeña en el puerto como "inspector de polution" y en la tarde se le ve abonando tranquilamente las plantas de la capitanía de puerto. Ya en la noche, salta a la cancha con una camiseta cortada a su medida que dice a la espalda "Gongoragol". Me dice que es hora de continuar.

Nos embarcamos de nuevo y, no bien avanzamos por el estero que conduce desde Milagros a la siguiente boca del Mira, el motor de la embarcación se niega a obedecer. Quedamos en silencio en medio de las aguas ocres de un canal de unos veinte metros de ancho, empujados solapadamente por la corriente de la marea subiente que nos va alejando cada vez más de cualquier asentamiento, manglar adentro.

La inagotable sonrisa de Góngora va mermando hasta caer en una mueca que lo hace irreconocible. Mi consuelo no puede ser otro que una historia que va de boca en boca sobre el motorista, en la que se cuenta del rapto de la que ahora es su esposa. La que, dicen, era una atractiva muchacha, había ido desde Cali con su familia a pasar vacaciones en Milagros —lo que da fe de una población viva y no muerta como la de ahora—. Allí, Góngora habría desplegado todo su plumaje para conquistarla, a tal punto que ella misma le pidió a los padres que se fueran y la dejaran con su nuevo amor. Como aquellos se negaran, naturalmente, a semejante locura, Góngora la subió en una lancha y se perdió con ella por estos canales hasta que la familia tuvo que aceptar que lo de ellos iba en serio. Pensar que el lugar donde estamos varados sin remedio es uno de esos caños, me da una débil esperanza. Sin embargo, la historia no parece conmover a nuestro motor de cuarenta caballos de fuerza.

Después de investigaciones y pruebas, Góngora logra establecer que la máquina se ha "acostumbrado" a la más barata y mejor gasolina ecuatoriana que viene bebiendo del primer bidón, y que ahora se niega a continuar con el combustible nacional. Con apenas una pulgada del combustible extranjero que queda en el fondo, regresamos lentamente hasta conseguir que alguien nos venda la bendita gasolina ecuatoriana. Abortado el resto del viaje, ponemos proa de regreso a Tumaco, aunque a mínima potencia, pues el carburador se ha resentido y tose como un enfermo.

Pero el lanchero no sale de nuevo al mar sino que toma una ruta interna, por esteros que se van conectando unos con otros entre el manglar. Ya no debemos soportar los saltos del bote que destrozan la columna ni los eventuales chaparrones de aguasal. En cambio, la embarcación serpentea como por una pista celestial, enmarcada por enormes mangles rojos que hunden sus zancos en el pantano y se levantan a más de treinta metros. La tibieza del viaje permite a la imaginación perderse entre los arcos de las raíces del manglar, mientras las lianas colgantes golpeaban el rostro al menor descuido.

No pasa mucho tiempo antes de salir de nuevo a la bahía de Tumaco. Las casas de los barrios periféricos, hechas de madera y montadas en palafitos, surgen del fango negro de las orillas. Pasamos bajo el puente que une las dos primeras islas sobre las que está montada la ciudad y avanzamos por las aguas sucias pero tranquilas hasta llegar a lo que allí llaman el muelle turístico, que no es más que unas resbaladizas escaleras de abordaje que asemejan un atrio en ruinas. Descendemos, mientras Góngora se despide con una amplia sonrisa rumbo quién sabe a cuál de sus descansos, que también tiene varios. Nosotros nos vamos al hotel, uno de tantos que se han construido últimamente para alojar a los pilotos norteamericanos que fumigan plantaciones diariamente.

Agradecimientos a Juan Restrepo, investigador de los deltas de la costa Pacífica colombiana, por llevarme de cronista en su expedición".