Número 83, febrero 2017

La lengua. Postales de Etiopía
Felipe Cáceres Cerón. Fotografías por el autor

Fotografía: Felipe Cáceres Cerón

No era, pues, el único habitante en la tierra.

A veces, cuando encuentro por la calle, en los rostros de los que pasan, la cara de mí tía, la de mis hermanas, las de amores y amigos hace mucho tiempo olvidados, un poco oscurecidos, tengo la sospecha de que Adís Abeba no es real. Pero basta escucharlos discutir en su lengua para recordar de dónde venía y dónde estaba. En cierto sentido, este modo tan ignorante de viajar, de salir a buscar planetas fuera de la casa, me estaba volviendo pobre como el paisaje que tenía delante. A cada paso que daba, limitado a mis pensamientos en otros idiomas, había comenzado a perder la memoria de los nombres que sabía en español, los títulos de los libros, las fechas, las palabras. Desheredado de mi propia lengua e inválido a mi manera, sin lenguaje, necesitaba actuar con sabiduría, comprendía mi entrada por la puerta trasera y quise enmendarme enseguida, y comprar el periódico en amárico.

Fui a las calles donde la gente sin trabajo se agolpa en las esquinas para leer avisos clasificados. El rincón este de Arat Kilo, como un punto de calvario, amontona una multitud diaria en ceremonia silenciosa ante las ofertas de empleo, gallinas gordas, casas muy caras. Tropezando unos con otros miramos las carátulas vencidas del Times que se exhiben por el suelo, sobre cartones, los diarios en inglés y en amárico, sus garabatos iluminados para mis ojos de analfabeto.

Me llevé uno bajo el brazo. Apenas estuve encerrado, sintiendo que florecía un mundo nuevo, lo estudié. El hechizo iba descendiendo al centro mismo de una vida desconocida. Reparaba las fotografías y las caricaturas políticas para imaginar el argumento de los textos. Todas las palabras que me hacían falta estaban frente a mí, extravagantes, en un abismo de misterios que me hablaba de otros tiempos y, pensativo, pasaba las páginas esperando encontrar noticias sobre los milagros de Cristo o alguna crónica ilustrada de su época. Volví a la fecha del diario, alegrado por ese pensamiento: marzo 25 de 2008.

Leí otra vez. Mi corazón dio un salto. La geometría del calendario alejandrino con ocho años y cinco días de retraso estaba todavía fuera de mi alcance. Fui a otras esquinas y a otros puntos de venta e hice preguntas. Y de todas partes volví alimentado por el mismo presentimiento egoísta: estar aquí era la oportunidad para destejer el pasado y reconstruirlo. Se me permitía la única cosa que no había soñado: viajar en el tiempo, y enmendarlo. La memoria que estaba perdiendo era una memoria que aún no poseía. Una memoria futura que, en suma, no podía utilizar de la misma forma que hasta entonces había usado. Mi rostro ya no sostenía el equilibrio. Estaba muy bien vestido en medio de los otros, pero mudo y equivocado.

Esta gramática hueca del pasado imperfecto y el futuro perfecto obraba por los efectos secundarios. Para compensar, durante las mañanas, puse la radio en amárico. Dediqué un examen descuidado para habituar el oído mientras me ocupaba de limpiar la casa, preparar el desayuno, fumarme un cigarrillo. Era mi canto de sirenas y a veces, concentrado, me ponía al acecho de un intencionado cambio de tono, de alguna grieta que precipitara el paso hacia el sentido. Reprochaba mi negligencia al no haber comprado un alfabeto desde el principio, podría haber encontrado rasgos definidos de su espíritu absoluto en menos tiempo y solo a la segunda semana, Ferdiduke mío, comencé a reconocer anglicismos repetidos que el locutor pronunciaba con un acento rápido de máquina china: masterplan, importation, exportation. Entretanto seguía con mi vida de profesor universitario extranjero. Un día de esos criticaba mentalmente las irrupciones del inglés en la radio cuando sonó mi teléfono.
—¿Abet? —dije, ensayando.

Fotografía: Felipe Cáceres Cerón

Crucé la mirada fría de los dos leones de piedra enfrentados sobre la enorme puerta de la universidad sin dejarme intimidar. El campus exhalaba el aliento del cambio de estación hacia los árboles que ya traían los aires de invierno. Practicaba la pronunciación de las dos o tres palabras nuevas que había escuchado en la radio, era un día claro y fresco, entré a la sombra del edificio de la facultad y descubrí a las mujeres del aseo, con sus pañuelos negros de nudo musulmán en la cabeza, retirando los poemas escritos por mis estudiantes y que, para exhibir su destreza, colgamos en el corredor del primer piso en una cuerda, con ganchos de ropa, a la espera de que sus versos tomaran forma al calor del tiempo. Las interrogué. “No inglisiña”, respondieron, malignas. Subí furioso las escaleras hacia la oficina del director con las hojas despedazadas y se las enseñé. Estuvimos discutiendo un momento. Para zanjar la conversación, sentado encima de su escritorio con las manos cruzadas sobre el pecho, me explicó, masticando su inglés chicludo de cabra, “no se puede colgar nada en las paredes, porque se ensucian”. “No estaban en la pared, sino suspendidas”, dije. “Es lo mismo”, concluyó, y me despachó sin que pudiera argüirle ninguna lógica.

El ímpetu con el que entré y con el que salí me aguzó la vista. No lo había pensado. Entraba y salía de aquel edificio muchas veces todos los días, pero no reparé hasta entonces en la pátina de silencio que barnizaba las paredes. Recorrí los pasillos de la facultad como si estuviera a oscuras y llevara una linterna. Por primera vez me daba cuenta de que no había afiches de nada, ni avisos de notas ni carteles. Busqué marcas de nombres en las puertas oxidadas de los baños, en la madera de los pupitres. Anduve deambulando por las demás facultades sin encontrar una sola huella que delatara la vida secreta de un estudiante, o algún evento con precios y fechas. Berhanu, mi mejor estudiante, vivía dentro del campus y corrí a visitarlo. Me urgía un impulso inspirado o una intuición que vinculaba con mi aprendizaje de su lengua.

Estaba echado en su estrecha cama con la puerta abierta, leyendo un libro de matemáticas aún más incomprensible por las explicaciones en amárico. Estuve a punto de hacer una de mis preguntas estúpidas, y en cambio dije: “¿Dónde están los poster de chicas en bikini?”, al no ver, como preveía, señales de su vida privada en las paredes desnudas. Sonrió como un buda negro. Al sentarse en el borde de la cama noté que solo había una cama, el libro de matemáticas, sus cuadernos, el maletín, una mesa coja sobre la que descansaba un montoncito con su ropa. Que la policía secreta lo sonsacaba dos días imprevisibles a la semana por venir de las afueras de Adís, dijo, de un pueblo cercano, del countryside, por ser de la tribu oromo esculcaban sus bolsillos, miraban debajo de la cama, buscaban libros prohibidos, algún indicio de conspiración o impureza contra sí mismo o contra el honor del gobierno y el Estado.

Intrigado, lo dejé allí sentado sin atreverme a cruzar la puerta. De un modo poco claro, ese territorio de silencio que ahora compartíamos juntos me hizo pensar que el lenguaje ausente en las paredes y en los cuartos de los otros chicos que pude entrever mientras abandonaba el edificio, como una ciencia tenebrosa, debía residir oculto en alguna parte. ¿En la lógica de otro idioma? ¿En alguna otra lengua desconocida y secreta? ¿En el mismo amárico?

Como para entonces mi mujer ya me había dejado, y nada me distraía, estuve semanas agotando la bibliografía sobre el uso del amárico y su composición lingüística. Cuatro años atrás, en el 2004 de su era, se fraguó una discusión en la radio entre académicos por el salto que el gobierno dio en las escuelas primarias al sustituir el maravilloso alfabeto tradicional por el alfabeto latino, a b c d, y que puso en oídos de todos a través de las ondas inalámbricas el enfrentamiento de si su lengua, desde la raíz, es elástica o limitada. La vieja dama menesterosa de la Abisinia, estirándose las arrugas, cambiaba de mitología. Aquellos que defendían la decisión del gobierno habían asumido que hay una frontera clara y del otro lado, en otro idioma, está el futuro. La vieja lengua no puede crear conceptos inéditos, está liquidada, moribunda, por lo que toma las palabras extranjeras como llegan. Debido a que nunca antes habían tenido primores como el papel higiénico, la ausencia de las condiciones materiales para desarrollar ideas al respecto incrusta en el flujo de su pensamiento una práctica refleja, indolora y rápida, que borra la vida pasada. La experiencia de las sucesivas guerras internas y los recomienzos, confusos como una pesadilla viviente, insisten en la construcción de una versión “modernizada” del presente. Puesto que lo vernáculo, según argüían, limita las experiencias sensoriales al no poder nombrarlas. El barroso amariña no expresa la amplitud del alma nueva de su sociedad, ensanchada por los melodramas televisivos, las películas americanas, la internet, se queda corto y pobre y, resumiendo, insuficiente ante la aparición de ignoradas —aunque estereotipadas— formas de sentir el mundo, la religión y el amor, etcétera.

Fotografía: Felipe Cáceres Cerón

El ébano ya irreparable de una boca que dice “oh, my God” para exclamar una sorpresa, en plena calle, solo ocurre en la capital, razonaron los otros. El problema está en los hablantes, no en la lengua. El campo abierto que se extiende afuera es como el agua de un manantial sin destinos forasteros. Y no dijeron más.

Tewodros Hailu, que además de lingüista y poeta cepillaba los caballos de Haile Selassie, el emperador rastafari, estuvo agonizando hasta la muerte en el barro de un día invernal de julio a causa de una doble patada que su potranca negra de cola rubia, cuyo nombre no pude averiguar, le zampó en la barbilla romana sin que hubiera podido llevar a cabo el proyecto encargado por el emperador de unificar todas las lenguas de su territorio bajo un alfabeto de signos y sonidos comunes, librándolo de sus preocupaciones. Debía concentrar sus fuerzas y su atención en la catedral gótica de la que provenía su idioma, el ge’ez, y multiplicar los sinónimos para, redimido de las cárceles fonéticas tribales, superar las onomatopeyas, que son apenas el segundo estado de una lengua en su aspiración a ser civilizada y que aún caracteriza su comunicación de mugidos rumiantes y kas explosivas. El nuevo inventario de la realidad debía ser el más perfecto, equipararse a las potencias europeas y ser aquella expresión del espíritu que hasta entonces nadie había sido capaz de realizar. La lengua ilustraría de ese modo la forma de vida, por las enunciaciones, integrando los dialectos. Fue el delirio más secreto del emperador del que ningún otro poeta o estudioso pudo contagiarse.

Cuando salí de estas divagaciones era la última tarde de sol antes del invierno. La ciudad, vista desde el mirador urbano frente al palacio presidencial, durante un momento, hundida en la humareda de amarillo quemado de la polución, era una bruma deflagrada. Pero hasta aquí, la huella que buscaba seguía siendo intangible y quería saber más. Supe que los grafitis de mala caligrafía que se escriben en paredes anónimas durante la noche se borran al amanecer por la policía, con pintura roja, aunque todo el mundo sabe que están allí. De modo que el silencio también se extiende por la venas de los suburbios como una revolución en germen, como un desastre natural. Venía el fin del semestre académico y pensaba visitar la ciudad de Harar ese fin de semana. Disuadido por Zaid, un pakistaní de ojos pequeños y rápidos y muy inteligentes que trabaja en la Cruz Roja internacional y que me previno de las rutas por carretera debido a las protestas armadas de los oromos que habían montado retenes en las fronteras y quemaban buses de turistas después de bajarlos y fundirles el estómago a plomo de AK47, negándose al avance depurador del progreso que los expropia para vender sus tierras a los chinos. Rimbaud tenía que esperar. Todavía no había comenzado a soñar con las hienas que encontraría en ese lugar, que alimentaría con mi mano, ni con el desierto. Tenía la sensación de haber penetrado un secreto y estar muy adentro y al mismo tiempo más afuera de lo habitual. Como si le estuviera pidiendo a un idioma antiguo lo que podría existir en el espíritu de otros planetas, no faltaban menos ni mejores razones para estar perplejo al encontrar la necrológica del amárico oponiéndose a su deseo de vida, y vislumbrar vagamente, frente a mí, el filo de una espada nacionalista y vulgar.UC

 
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