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Número 33 - Abril de 2012     

Crónicas
Subienda: el ciclo fecundo de La Magdalena
Juan Alberto Gómez Duque. Fotografías del autor.

 
Magdalena
 

Vicente Salas vino al mundo a pescar. Su padre no tenía por qué saberlo, ni para qué. Poco importan las vocaciones cuando se nace a orillas del río grande de La Magdalena y el pulso de los años se mide en subiendas: la pesca se impone por destino y por necesidad.

“Tenía cuatro años cuando mi papá murió, pero me acuerdo cuando caminaba detrás de él, de peñón en peñón, y lo veía lanzar la atarraya mientras mi mamá ayuntaba el nicuro”, relata ahora Vicente, cincuenta años después, jalando la chinchorra que, a medida que se cierra contra la orilla, deja escuchar el chapoteo de los peces en la superficie del agua.

Por los meses de enero a marzo de cada año, Vicente llega a este sitio del río llamado San Fermín con su compañero Ómar Betancur, arman su ranchería y repiten la faena de tantos años, cuya acción principal denominan lance: extender la red trazando un semicírculo contra la orilla, e irla cerrando para ensenar los peces, que terminan agitándose en la ribera lodosa en un reverbero plateado y un palmoteo de aletas.

“El día de nosotros es la noche. Comenzamos a las ocho y echamos lances cada hora. Por la mañana, uno de los dos saca el pescado a vender al comercio de La Dorada, mientras el otro se queda haciendo la comida. Así se nos van los días en subienda”, refiere Ómar.

El calor del día los hace preferir la noche, pero también el ruido de personas y motores de canoas que ariscan el pescado. “En la noche hay menos bulla y el pescado sube más orillao”, explica Vicente. Por supuesto, los peces no le huyen al silencio nocturno de La Magdalena, populoso de grillos, ranas, cigarras, murciélagos y remotas alarmas de guacharacas. “Pero si usted pudiera ir a esta hora a Honda y a Puerto Bogotá, donde yo nací, vería el gentío pescando día y noche”.

“La subienda es como una piñata”, comenta Vicente; y él desde muy niño se preparó para la fiesta: “en el barrio cosíamos pedazos de redes viejas y les aplastábamos tapas de gaseosa a los extremos como semejando las plomadas, entonces las lanzábamos en los solares y decíamos que las hojas, los palitos y las piedritas que cogíamos eran los pescados”. Así, el juego los iniciaba en el oficio familiar, común a muchos habitantes de Honda y Puerto Bogotá, las dos poblaciones que se miran, cara a cara, desde las orillas del Magdalena, entre los departamentos de Tolima y Cundinamarca.

La subienda es migración de peces, pero también lo ha sido de pescadores a lo largo del río Magdalena, y un día Vicente cogió su canalete y se fue río abajo a encontrar la desembocadura del río La Miel, donde la pesca era abundante y el río encantador. Estacionó su canoa en el corregimiento Buenavista del municipio de La Dorada, le gustó el lugar y se quedó a vivir. Pero cada año, por subienda, sigue levantando el cobertizo de paja que constituye la ranchería en el sitio San Fermín, sobre el Magdalena, a unos veinte minutos en canoa desde Buenavista; y aunque ya tiene motor y usa carpas en vez de plásticos, el ritual y la ilusión siguen siendo los mismos. “Antes, los pescadores nos movíamos más por el río; una canoa con motor remolcaba otras cuatro o cinco hasta los sitios de pesca, pero ya nos volvimos más estacionarios en las rancherías y ya nadie tira canalete. El precio del pescado tampoco justifica moverse, por el costo de la gasolina”, me sigue contando Vicente mientras selecciona los nicuros y bocachicos, cuidando bien de que sigan tocando el agua debajo de la red para devolver los más pequeños al río.

He contado cinco lances y la pesca es buena. Vicente y Ómar extienden el chinchorro, seleccionan los peces y los depositan en un cajón de 160 centímetros de largo, 60 de ancho y 40 de alto que permanece medio sumergido en el agua, para mantener el pescado vivo y entregarlo más fresco. El último lance es a las cuatro de la mañana y hay que apurarse a ensartar el pescado para llevarlo a vender. Lo derraman sobre un plástico, pero antes hay que rayar los nicuros, es decir, hacerles una incisión en el vientre para permitir que el hielo enfríe mejor las vísceras. “Ahora hacemos yuntas hasta de 35 pescados que pesan entre cuatro y cinco libras pa venderlas a tres o cuatro mil pesos, dependiendo de cómo esté el mercado, cuando hace quince años las hacíamos con diez pescados”, apunta Vicente. Con el desgaste del recurso se hace difícil cumplir con las tallas mínimas, que para el nicuro es de 18 centímetros y para el bocachico de 25.

El carraspeo desapacible de las guacharacas va llenando el aire, y las líneas del horizonte definen mejor las franjas que van entre el gris claro de la masa de agua, el azul oscuro de la vegetación y el gris azulado del cielo que empieza a insinuar la claridad. Vuelan los primeros cormoranes, y los cantos de chilacos, torcazas, trespiés y sanjuaneros compiten con las nubes de golondrinas atravesadas por el vuelo de garzas estridentes. Diviso otras tres rancherías que deben estar consagradas a la misma tarea que apura a Vicente y a Ómar, porque a las seis deben estar listos en el lugar adonde llega la camioneta en la que transportarán el pescado hasta el mercado de La Dorada. Cuarenta sartas llenan el vientre de la canoa. Vicente toma un baño en el río y prende el motor.

Apenas se disuelve el ruido del motor, tomo súbita conciencia del peso de la noche y el rudo trabajo en el rostro de Ómar. Me invita a la ranchería y se ocupa de encender el fuego. Con un gesto amable rechaza mi ayuda y, aunque me siento inútil, el cansancio vence a la vergüenza lo suficiente para no insistir Me duermo en la hamaca con el efecto sedante de sus movimientos ceremoniosos y su voz serena de viejo pescador.

Cuando despierto, Ómar sigue hablando. Parece no importarle que el sueño le hubiera robado mi atención. Me ofrece tinto con pan. “Pal almuerzo voy a preparar viudo de pescado”, me dice y se acuesta un rato.

Mirando el río es inevitable notar el vuelo constante de los rayadores cerca de la ribera, que abren el pico para trazar con su mandíbula inferior una incisión fugaz sobre la superficie del agua buscando alevinos. Su tamaño, de unos cincuenta centímetros, la envergadura de sus alas, de más de un metro, así como el color blanco rotundo de su parte frontal, que contrasta con el negro del plumaje y el rojo de la base del pico, imponen su presencia en el paisaje e invitan a la contemplación; lo que en mi estado significa una invitación al sueño.

 
Magdalena
 

El ojo de la piñata

En Puerto Bogotá conocen a Vicente por el apodo de “Tuna”, y así lo saludan cuando llego con él al barrio Patio Bonito, donde creció. “De pelao me decían pilatuna y con el tiempo me fui quedando Tuna”, me explica con una sonrisa. Su “vieja”, doña Emelina, se emocionó al verlo. Se le colgó del cuello, le puso su cabeza en el pecho y luego alzó la vista: “está flaco mijo”, le dijo. “Siempre he sido así mamá. ¿Ya no se acuerda?”. Por lo menos, yo puedo asegurar que desde hace tres años que lo conozco, lo he visto igual: ligero y ágil como una canoa de ceiba amarilla.

“Mucho gusto don Urbano”, saludo al hermano mayor de Vicente, otro veterano pescador que al enterarse de mi interés por la subienda se transforma en un surtidor de historias. No le oculto mi ansiedad por llegar al río, pero es difícil resistirse a tan experta inducción. “Aquí toda la ribera del río tiene sus dueños. No tienen títulos de propiedad pero se ha respetado la tradición. Cada punto de pesca es una cama, o sea que son sitios en la orilla que los pescadores arreglan con piedras y cemento cuando el río está bajito. El pescao se entra a descansar ahí pa superar la corriente y así es más fácil cogerlo con la atarraya”, me explica Urbano.

La propiedad o derecho de pesca en esos puntos se va heredando, y el número de propietarios no pasa de doce que se rotan en turnos de una hora. El propietario es libre de ceder o alquilar su turno, y en este caso el pescador es un turnero; pero para vender su derecho vitalicio debe consultar a los demás, que evaluarán al comprador: “si vemos que es una buena persona y que es de aquí, de pronto lo aceptamos”, complementa Urbano. Hace poco se vendió un derecho por seis millones de pesos, pero se han transado hasta por quince millones. “Es que pescar en un punto ya arreglao es muy diferente y le garantiza mejor pesca”, sentencia. La cotización del turno depende de la época y del precio del pescado, que fluctúa entre diez mil y cien mil pesos.

Domino mi excitación mientras me acerco. Desciendo torpemente por una callejuela y desemboco en La Magdalena. Una franja estridente de casas y cantinas flanquea el hervidero humano que se agita al lado del río. “Miré usted: aquí el río es más caudaloso y angosto, entonces los peces se orillan y es más fácil cogerlos”, me dice Vicente extendiendo la mano. En la ribera de enfrente, la de Honda, el hormigueo no es menor, pero son más evidentes los estragos del invierno, que la transformó en una montonera de rocas bajo una cornisa anómala de paredes sobre barrancos socavados. “Honda se quedó con la fama, pero la subienda tradicional se vive más en Puerto Bogotá”, me asegura otro pescador que se acercó a saludar.

En algunos sitios las camas están delimitadas por espigones de roca y concreto; incluso, en el extremo las coronan toscas plataformas acompañadas de una especie de poceta para echar el pescado. Este es el caso de El Fondazo, donde tiene el derecho doña Emelina, que lo heredó de su esposo don Jesús, y en el que pesca don Urbano. Pero también están las camas de La Oreja, El Manso, El Chisguete, La Moya, El Moyete, La Mina, Piedra Rucia, La Plancheta, El Rebozo, El Ancianato, y unas sesenta más hasta el emblemático puente Luis Eduardo Andrade que une las dos poblaciones.

Todo comienza en El Remolino donde el caudal se estrella contra la peña y forma la moya de Santa Marta. Allí pescan con las atarrayas desde las canoas que circulan incesantes en todas las direcciones. El movimiento de la orilla corre por cuenta de los compradores, turistas y curiosos; también de las casetas en las que se vende licor al son de los vallenatos.

Cada arte y aparejo exige su destreza y hay quienes prefieren la cóngola, una especie de nasa, o red en forma de bolsa, sostenida en los extremos arqueados de dos largueros. Con ella escarban el fondo para atrapar los peces. En esta actividad, a la que llaman guambiar, Estiven, de once años quiere volverse experto para responder al desafío burlón de sus amigos del barrio La Caimana. “Me dijeron que yo no era capaz de pescar y por eso me vine a esta subienda. Ya he sacado varios peces y me ha parecido muy divertido. Ahora me respetan más”, declara Estiven parado en una roca e izando la cóngola como un estandarte.

Es domingo de puente festivo en pleno Carnaval del Río y el Pescador, la fiesta tradicional de Puerto Bogotá. El panorama confirma la definición de Vicente sobre la subienda. Todos se afanan por agarrar lo que más puedan, aunque la mayoría son pescadores ocasionales. “La subienda es una redención económica para mucha gente, también es diversión y encuentro. Para los niños es como un dulce”, cuenta Erzaín Castellanos, que llegó de siete años desde Villavicencio, aprendió el oficio y también es comerciante de pescado, que aquí llaman moinos.

El moino compra el pescado en la orilla, lo hace ayuntar y rayar para venderlo a los mayoristas. A las encargadas de ayuntar o ensartar el pescado en cogollos de palma de nolí o de iraca se les llama corincheras, y cobran cuatrocientos pesos por yunta o sarta, que se compone de unos treinta nicuros y se vende a cuatro mil pesos. Las guayungas son las sartas con nicuros de mejor tamaño y se venden hasta en quince mil pesos. “Tengo mucho que agradecerle a la subienda, con ella pago las deudas y le doy estudio a mis hijos”, dice Umbertina Olaya, que en un día puede armar ochenta yuntas.

A esta altura del recorrido Vicente se ha disuelto en la boruca, pero el ambiente cordial y la actitud abierta de la gente ya no exige anfitrión. Puedo moverme a mis anchas, entre rocas, atarrayas y cóngolas, pescando entrevistas y observando.

 

Magdalena

 
Los baldes se llenan con nicuro, bocachico y capaz. Familias enteras disfrutan la faena, los peces se cogen hasta con las manos y las atarrayas apenas exigen esfuerzo para desplegarlas. Así encuentro a Andrés de doce años y a Elibeth de diez, seleccionando el pescado que su papá, Luis Sandoval, les acerca enredado en la atarraya. “Soy de Abejorral, Antioquia y hace 34 años trabajo en la subienda, pero el resto del tiempo sobrevivo de la venta de agua y gaseosa en los buses y de las cosechas de café en pueblos como Villeta, Guaduas, Sasaima y La Vega. También voy a Antioquia y a Caldas”.

Elibeth no se muestra menos cordial: “Me gusta venir acá, es más divertido. Juego con los nicuros y le ayudo a mi papá”. “Yo juego en la arena mientras ayudo a desengravillar el pescado”, dice Andrés antes de saltar a mirar un pez que cayó en la red. Él encontró un blanquillo y yo lo perdí a él. Pero hallé a don Gonzalo Rojas, el pescador más antiguo de Puerto Bogotá. “Póngale cuidado pues mijo porque no le voy a repetir”, levanta el índice sin hacer caso de la grabadora. “Llevo 55 años dedicado a la pesca y cuando comencé aquí había una sola canoa. Nos tocaba llevar el pescado hasta la estación del ferrocarril, desagallao y estripao. Póngale bien cuidao. Allá me lo comparaba Plutarco Díaz, y si a uno lo dejaba el tren perdíamos el pescado”. Don Gonzalo desgrana nombres de viejos pescadores: todos muertos. “Yo también me voy a morir en el río porque no sé hacer otra cosa. La subienda es el pulmón de Puerto Bogotá, le da trabajo hasta a los viejos que ya no contrata nadie. No se le olvide lo que le digo. Escríbalo bien”.
 

El pan que hornea el río

Me despierto en la hamaca con la voz de don Gonzalo en la cabeza: “ponga cuidao. Escríbalo bien”. Los rayadores siguen pasando y Vicente ya ha regresado: parece satisfecho. El calor sube. Mientras Ómar prepara el viudo de pescado, Vicente habla. “Los peces salen gorditos de las ciénagas y aprovechan las crecientes de la temporada lluviosa de noviembre para salir al río a reproducirse desde el mes de diciembre. Van subiendo y quemando grasa. Ya después, en abril, bajan poniendo los huevos, principalmente en las bocas de los caños que comunican las ciénagas con el río. Yo he visto el agua agitada y el ruido de los peces cuando los fecundan. Los alevinos entran a las ciénagas y allí se crían. Ese es el ciclo de la subienda”.

Con la deforestación y la desecación de ciénagas para la ganadería, la contaminación minera, los pulsos irregulares de las crecidas producidos por la liberación de grandes masas de agua de los embalses, entre otros, la subienda, y en general la pesca artesanal, viene sufriendo graves impactos. Y aunque conserva ese aire festivo, la piñata es cada vez más incierta.

Vicente no es optimista, pero se esfuerza por mantener el oficio con el mismo espíritu vivaz que refleja en su rostro. Habla también con la serenidad y la paciencia que otorgan lo ríos. “Ningún aparejo de pesca es de por sí dañino, sino que es el pescador el que debe manejarlo bien; por ejemplo: no coger si no está garantizada la venta, tratar de respetar las tallas. Y hay que cuidar las moyas, que son las barreras o meandros naturales que remansan el río y reducen la erosión de las orillas…”.

viudo de pescado

Se interrumpe para ayudar a servir el viudo de pescado. Para eso extiende maderos sobre los que apoya tablas. Luego las cubren con hojas de plátano y cuidadosamente van sirviendo arroz, yuca y papa. Los nicuros hacen cadena con los bocachicos, rodeando el plato. Ómar y Vicente invitan a comer. Cruzan las piernas. Observo sus torsos desnudos, la expresión reposada, el alimento dispuesto: el sentido íntimo de la subienda concentrado en un instante. UC