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Número 33 - Abril de 2012     

Artículos
Un matrimonio a conciencia

Alfonso Buitrago Londoño
 
Un matrimonio a conciencia
 

A punto de empezar la ceremonia, llovía. En la puerta de la capilla estaba el novio, vestido de traje gris plata. Los invitados se apretujaban a la entrada, pero seguían en estricto orden hacia el interior. Pensé que era el novio quien guiaba el paso, pero no, los invitados lo hacían mecánicamente. El pasillo central de la capilla estaba despejado, parecía como si lo enmarcaran a lado y lado dos de esas gruesas líneas amarillas que nadie se atreve a cruzar. Para acomodarse en las butacas, primero pasaban los niños, luego una mujer embarazada, un anciano y después el resto de los presentes. Llegó la novia, de blanco ceñido al cuerpo, arrastrando la cola empapada del vestido. Caminó erguida por el pasillo, sonriendo y saludando aquí y allá, los ojos muy abiertos, asustada. El novio esperaba en el altar como un vigilante al final de la pasarela. Sonó una alarma — de algún carro en el parqueadero— y se cerraron las puertas de la capilla. Arrancó la ceremonia. Próxima estación: Matrimonio. El cura saludó y empezó a hablar. Todo parecía normal, la lluvia seguía cayendo y ronroneaba sobre el techo de la capilla. A ratos uno sentía que el lugar arrullaba, como si se moviera cadenciosamente. Llegó el momento de los salmos y un hombre alto, muy serio, rapado y con gafas de marco grueso, se acercó al atril para leer. "Al salmo respondemos…", dijo. Cesó la lluvia, la capilla se detuvo, se despertaron los asistentes, quedé hipnotizado por esa voz. "Dejar entrar es salir más fácil", entendí que dijo y sentí como si alguien me hablara desde muy adentro de mi mismísimo cráneo. Miré al atrio y era como si estuviera viendo, con mis propios ojos, a La Conciencia. Rapada y con gafas gruesas. Esa voz, esa voz, deliraba. Miré a la mujer que estaba a mi lado, pero no pareció sorprenderse con mi cara de espanto. No soy masoquista, yo no quería saber cómo era mi conciencia. Me empujó levemente con su hombro, pues por un instante tuve la compulsión de salir corriendo, queriendo romper el hechizo; pero no podía, sentía el salmo retumbando que me decía: "Señor usuario, recuerde que por su seguridad la línea amarilla es una señal preventiva, evite pisarla o sobrepasarla…". En la butaca de adelante había un hombre que se había puesto tan inquieto como yo, que dudaba si aventurarse a salir al pasillo. Miró hacia la parte trasera de la capilla y vio la puerta cerrada… "Señor usuario, recuerde que por su seguridad no entre ni salga después de escuchar la señal de cierre de puertas", decía la voz. Miré al hombre y quise preguntarle si estaba escuchando lo mismo que yo. La voz volvió a repetir el coro del salmo, entonces el hombre se giró y me dijo: "los niños deben ir tomados de la mano de un adulto responsable y alejados de la línea amarilla" y soltó una risilla maliciosa, como poseído. "SHHHHH", le dijo una mujer que estaba a su lado y le dio un codazo. "¿Usted oye esa voz?", le susurré a la mujer que estaba a mi lado, muy preocupado. "¿Cuál? —dijo— ¿La del atrio? ¡Muy gracioso! Es el hermano de la novia que trabaja en el Metro, es la voz oficial que uno oye por los parlantes de las estaciones". Entonces volví a oír la lluvia, cayendo sobre el techo, y sentí aliviado el vaivén de la capilla, que se dirigía a la próxima estación. UC