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Número 32 - Marzo de 2012     

Artículos
Papá y yo
Menina. Ilustración Pablo Jaramillo
 

Mi padre era un auténtico misógino. No uno de esos universitarios que se relamen en público hablando mal de las mujeres y no pueden vivir sin una al lado. Cuando a mi casa se presentaban tías y primas, papá desaparecía sin dar una explicación y no aparecía mientras ellas no hubieran desaparecido. No sé qué vio en mi madre que lo hizo quedarse a su lado para siempre. Pero en mí vio una afrenta, cuando juró que una mujer en una casa ya era demasiado, y se justificó al decir que a dos nadie las podría soportar. Para completar, y descontando mi calidad de hija indeseada, él hubiera preferido un indeseado. ¡Cómo habría sufrido mi pobre hermano, si conmigo se supone que tuvo toda la consideración de que fue capaz!

Papá como médico era increíble, aunque más increíble haya sido yo como su paciente. Cuando me sacó de sus sábanas y me envió a mi cuarto empezó a silbarme el pecho de una manera que para cualquiera habría sido alarmante. Él se limitó a decir que si en lugar de hija tenía un canario era hora de comprarle una jaula. Y lo habría hecho, si no hubiera sido por una muchacha que insistió en llamar al médico cuando me vio las uñas moradas. Después padecí frío en la noche. Él recetó una manta adicional, que de poco sirvió, y se agravaba mi mal cuando me dolía el estómago a media noche o en la madrugada.

Una noche se levantó con celeridad inusitada para un hombre que se acostaba y se levantaba temprano, puso al fuego una olla, le puso panela, apio y dos ajos triturados. Empezó luego a buscar en la huerta hasta que encontró el enebro, el eneldo, el anís, una hoja de col o algo igual de maloliente, un rábano y, qué sé yo, algunas inmundicias más que le dictaron entre su maldad y su instinto. Mezcló todo. Cuando vi las burbujas y ebulliciones que despedía la olla de marras, le juré que ya no me dolía nada. Coló un poco de la pócima en una taza y me la hizo beber.

Le juré que ya estaba bien, que jamás volvería a llamar a su puerta. Me hizo beber otra taza y a esa altura ya era imposible contener el vómito, así que devolví hasta la sal del bautismo, sapos, culebras, todo lo bueno y lo malo que había entrado en mi cuerpo pequeño. Salió por ahí mismo mi alma inmortal, desde entonces solo tengo el pellejo. Renuncié a la manta adicional y jamás me volvió a doler el estómago. Ni nada.

Una vez lo seguí al cafetal y él ordenó que me devolviera. Seguí. Al fin y al cabo yo tenía su mismo carácter y era igual de testaruda. Me picó o me mordió o yo no sé qué me hizo un gusano, pero el efecto era como si me hubieran clavado una inyección para elefantes en el brazo. Apenas pude emitir un suspiro, pues tenía tan prohibido llorar como ahora tengo prohibido cantar. Supo entonces qué acontecía y cortó unas ramas, cualquier rama parecía servir, y me ordenó ponerlas detrás de las orejas, entre las axilas y en la ingle y me devolvió a casa, previa localización del gusano y después de enterrarlo medio vivo. Ordenó que me dieran agua. No pude. Era mucho el dolor. Pero por más que me haya burlado de las hojas detrás de las orejas y haya lamentado la muerte del hermoso gusano pollo, el dolor desapareció sin médico a los quince minutos.

Es de todos modos más que comprensible en un hombre que al ver que nacía una hija indeseada, dormía de día y lloraba de noche, haya querido irse de casa. Pero no pudo porque dio en ir a despedirse de la pequeña y desde ese momento se estableció un romance entre los dos, como un pacto sagrado. Por todos esos años debo rendirle mi gratitud infinita, aunque luego nos hayamos convertido en enemigos, aunque sepa que ahora estará esperándome en lo más profundo de los infiernos, pues sé de sobra que del cielo nunca le interesó el clima —ni la compañía—. Quizá algún día nos volvamos a encontrar. UC

Ilustración Pablo Jaramillo