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Número 32 - Marzo de 2012     

Artículos
El peso espeso de la gloria
Eduardo Escobar. Ilustración Lyda Estrada

 
Ilustración Lyda Estrada
 

Lo que más sorprende en GGM es el modo como lo quiere todo el mundo. Personas en desacuerdo en todo lo demás como Fidel Castro y Bill Clinton, por ejemplo, coinciden en la admiración por el autor de Cien Años de Soledad. Una novela estrambótica que devolvió el género a los tiempos de las Mil y una noches, una osadía y un anacronismo después de los refinamientos de Joyce y Beckett y de los narradores del objetalismo francés que habían convertido la novela en otra cosa.

En una entrevista GM condenó a Schomberg y extrañamente para mí a Stravinski porque dijo que habían llevado la música a una crisis sin salida ni inspiración. Y defendió a Bela Bartok. Eso quizás explica su decisión de escribir la novela que rescatara el género de la técnica pura. Y también su apego a la cultura popular que confesó siempre.

Cómo consiguió GM, amalgamando los vicios temáticos de Kafka a quien conoció en la juventud, la andadura barroca de Faulkner que debió enseñarle a leer su amigo Cepeda Samudio, las delicadezas del piedracielismo bogotano que había descubierto en el colegio de Zipaquirá y el gusto por los boleros, hacerse a una voz tan personal que resulta inconfundible, no importa. Importa más el hecho misterioso de que su manera de cantar y testimoniar este mundo le mereciera ese brillo desmesurado que le cayó encima como un martillazo en la cabeza después de la publicación de Cien años de soledad.

¿Es probable que por las leyes de la compensación, que según algunos rigen la vida, el tributo amoroso que se le rinde en todas partes sea el premio de consolación por una infancia solitaria en una casa llena de viejos, en medio de una familia innumerable? ¿Por una infancia separada tempranamente de los padres a quienes incluso dejó de reconocer y apenas aprendió a querer? Quién sabe. La cosa tiene sus bemoles.

Su autobiografía narra cómo se encontró con su madre después de años de no verla y descubrió que la había olvidado. Y en la biografía de Gerald Martin, el padre es la sombra inodora de un extraño que lucha por vivir con obstinación, que cambia de vida cada semestre con constancia perezosa, y que acaba por encontrar otro fracaso siempre al final, cosechado sin ruido. Los dos, el padre y la madre, son unos seres ajenos a su vida. Y eso siempre entristece.

A GM todo le sucedió con la misteriosa naturalidad con que suceden las cosas en los cuentos de hadas, y en los relatos de milagros desde cuando se encontró con un fauno en un tranvía bogotano mientras él iba leyendo versos de Jorge Rojas, hasta cuando conquistó el amor universal de los lectores en chino, swahili y checo y las otras lenguas surgidas en Babel. Pero el privilegio de la fama le vino cargado, para mantener la humanidad en su vida, con una desgracia enorme con la cual no se llevó siempre bien: la dorada cruz de la gloria.

El hombre tímido que discurre como algunos caribeños melancólicos entre frases despedazadas dichas en tono de confidencia, el hombre que había querido ser visible solo para sus amigos de Barranquilla, después de la publicación del más mágico de sus libros resultó involucrado en la farsa colosal de los honores del mundo. A partir del día cuando en un teatro de Buenos Aires la gente recibió su ingreso en la platea con el chaparrón de un aplauso, las cámaras lo siguieron por los mamaderos de ron y los comederos de butifarras del Caribe, en el Elíseo cenando con un presidente francés o entrando a desayunar en el palacio de un rey hiperbóreo. Él para defenderse dijo que estaba mamando gallo y que el libro no era otra cosa que un vallenato largo. Pero fue en vano. La gente siguió confiando en sus fantasías.

Gabito, como le dicen muchas personas que jamás lo vieron, pagó el afecto que vino a equilibrar las soledades de la niñez con los embrollos de una persecución infinita de la cual jamás dejó de quejarse. Aunque alcanzó a complacerlo al final, después de la celebración de su octogésimo aniversario, cuando reunió en un homenaje formidable a sus amigos más eminentes, incluido un rey de España y un ex emperador gringo, y le dijo a Gerald Martin con incierta zumba de vanidoso: "Me encanta que hayas venido, para que luego no digan que fue mentira". Con unas palabras que se pueden interpretar como un reproche póstumo al padre que solía repetir que el más glorioso de sus hijos había sido un mentiroso desde chiquito y que no entendía por qué hacían tanto alboroto a su alrededor cuando había otros escritores en la familia. 

La madre a propósito, doña Luisa Santiaga, cuando supo que le habían otorgado el Premio Nobel, solo se alegró pensando que al fin le iban a arreglar el teléfono y dijo que su orgullo no era el fabulador de fama mundial sino la hija monja que había tenido. Y cómo puede uno convertirse en el escritor más famoso de su siglo cuando su madre se llama Santiaga y a uno lo distinguen como Gabriel García.

Una vez en un almuerzo bogotano conocí a GM y a la crueldad de la gloria, y cómo puede trastornar la vida de un hombre en la forma del aislamiento. Fue en la casa de Aura Lucía Mera. Aquella tarde la casa estaba como siempre en las fiestas de Auralú, atestada de caleñas cada una más increíble que la otra, llenas de gracias espirituales, atributos faciales y delicadezas de vulto, y de poetas y pintores. Nadie sabía que un Premio Nobel estaba invitado a la vespertina. La charla se animó a medida que corrieron los vinos en un delicioso relajamiento fraternal pues en las fiestas de Auralú, todos, aunque estuvieran allí por primera vez, se comportaban como viejos amigos. Y entonces sonó el timbre. Y una señora, la más hermosa de ojos, abrió los tesoros de los suyos como platos, y musitó mirando al zaguán como si hubiera aparecido el diablo: García Márquez, y se arregló el escote y la falda como si se dispusiera a recibir al padre eterno. El hombre entró en la sala del brazo de un conspicuo caballero de industria de apellido vasco cuyo nombre olvidé, y venía trajeado con una de esas chaquetas que le merecieron el remoquete de Trapoloco entre los choferes de la Arenosa y que después fue puliendo en el trato con los palacios. Y se acabó la fiesta. Todo el mundo se puso a hacer un papel. O como quien dice, todo el mundo extravió su autenticidad, el que de veras era en el fondo y se puso la cara más moderada de la colección de caras sociales. Yo traté de distender el ambiente con una trivialidad. Pero nadie me oyó. Porque todas las señoras estaban tratando de convencer al autor de Cien Años de Soledad de que había contado sin querer la historia de su propia familia (todas las familias creen lo mismo), de modo que el de Aracataca comenzó a transpirar aburrimiento. Y puso un gesto de lástima indecible.

Recuerdo. Los invitados comenzaron a ocupar por turnos el taburete contiguo al del maestro para tomarse una fotografía con él. Recuerdo. El soportó el ritual con una cortesía salpicada de fastidio. Y recuerdo que empezó a chorrearle por los poros el tedio de estar vivo. Y recuerdo que comenzaron a decolorarse los cuadros de la chaqueta estrafalaria como acosados por un ácido invencible. Y que el hombre aprovechó, cuando el fotógrafo tuvo que cambiar el rollo exhausto de su cámara, para huir a la cocina detrás de la nevera donde instaló su plato y su servilleta en la mesa de picar cebollas.

Me enorgullezco de mi gesto humanitario. Cuando un amigo me invitó a hacerme la toma de rigor me negué en redondo y dije: dejen tranquilo a ese pobre señor, por Dios, que lo van a matar de pena. Y me parece recordar que GM escuchó y me miró con ojos de ternero agradecido. Y si no fue así debió hacerlo.

Otro día voy a discutir otra gracia que el cielo le concedió a García Márquez. Es decir, la dicha de una monogamia conmovedora. La fortuna salomónica de haber conservado hasta la vejez el amor de la misma niña que amó desde que ella era una Lolita y él un muchacho sin destino más parecido al hombre de la guacharaca de un conjunto vallenato que al genio del piedracielismo, contra las ausencias y contra las adversidades de las pobrezas del principio cuando su mejor amigo fue Plinio Mendoza, hasta el reconocimiento universal y la riqueza que no deben ser más dulces de llevar para las esposas de los escritores, por costumbre animales difíciles de domar y de querer según la lección de la historia. UC