Síguenos:




Número 32 - Marzo de 2012     

Artículos
Diario de Providencia
Antonio García. Ilustraciones Veronica Velásquez

 

 

El escritor Antonio García pasó 40 días entre mujeres
en la isla de Providencia. Estaba con su suegra, su esposa
y su hija. Nos regala un día de su diario que demuestra
que los viejos pierden la memoria pero no la imaginación.

Ilustraciones Veronica Velásquez
 

Ayer, 27 de diciembre, me correspondió hacer el desayuno. Preparé panqueques, como dice Violeta.

Luego de terminar un artículo que tenía pendiente, propuse que nos fuéramos al centro, almorzáramos allá, compráramos cosas en el supermercado. Cruzamos el puente de los enamorados. En Santa Catalina hay dos restaurantes, el Bamboo y Oneida. El primero solo sirve platos a la carta; el otro, más modesto, tiene un almuerzo del día que cuesta doce mil. Comimos ahí tres almuerzos de sopa, pargo rojo, arroz, patacón y ensalada. Estaban bien.

Luego caminamos por el sendero peatonal que tiene muellecitos y luego subimos las escaleras hasta los cañones del fuerte Warwick, para mostrárselos a Viole, que los había visto en una foto. Al regreso nos encontramos con Andrea Pomares Williams, una señora que Margarita había conocido la primera vez que fuimos al centro. La señora tiene 51 años, es ancha y feliz. Estaba en la puerta de una casa blanca de madera, donde vive y trabaja cuidando a un señor de 84 años. Nos invitó a entrar, nos regaló unas naranjas. La casa tenía techo de zinc. Dentro, todo se veía muy usado y endeble.

Andrea es de San Andrés. Allá tiene su casa, pero por $350.000 mensuales cuida al señor Johnathan Archibold, un viejo marino que estaba sentado en una de las bancas que hay al borde del sendero peatonal, de cara al mar. El señor parecía un anciano concebido por García Márquez. Aunque siempre estuvo sentado, era muy corpulento, al menos de dos metros. Estaba descalzo y tenía los pies más grandes que he visto en toda mi vida. Debía de calzar por ahí zapatos talla 60. Sus manos también eran las más grandes que he visto. No estoy haciendo hipérboles garciamarquianas. Es verdad. Sus manos eran como esas manoplas de béisbol, con uñas tan gruesas que parecían huesos salidos de sus dedos. Tenía bigote y pelo canoso, la piel de su cara estaba salpicada de manchas negras, pero aún se podían ver los trazos de un rostro atractivo.

El capitán Archibold, como buen marino, estaba lleno de historias, pero la mejor de todas, la más alucinante y seguro falsa, era esta:

Ilustraciones Veronica Velásquez

En 1948, Archibold tenía 21 años y era policía (fue policía durante cinco años). Hacía parte de un grupo de treinta policías isleños que había sido enviado a Bogotá, aunque la mayoría no hablaba español ni conocía la ciudad.

Enfrente de la oficina de Jorge Eliécer Gaitán había una cafetería adonde Archibold solía ir. Ahí estaban dos tipos, ambos pendientes de lo que sucedía en la otra acera. Cuando salió Gaitán ambos se pusieron de pie. Uno cruzó la calle. El otro, alto y barbudo, se quedó en la acera opuesta, metió su mano en un amplio bolsillo que tenía su pantalón y, sin sacar su arma, disparó a través de la tela.

Todos se abalanzaron sobre el atacante evidente, Roa Sierra, pero nadie, salvo Archibold, había detectado al verdadero asesino. Incapaz de hablar español, había sido imposible para él hacerse entender, prevenir a los demás. Para colmo, tenía un arma sin municiones. Archibold, entonces, corrió hacia el segundo atacante y lo atenazó por la espalda. Una mujer que estaba ahí, aprovechando la confusión general, se acercó a Archibold, levantó un asiento y se lo descargó en la cabeza. Archibold cayó al piso. El atacante le echó una última mirada y emprendió la huida.

Hasta aquí, la historia ya era espectacular. Pero tiene una segunda parte, once años más tarde, que lleva todo hasta los límites de la verosimilitud.

En 1959, Johnathan Archibold ya es un capitán de navío. Unos tipos lo contratan para que llevara dos embarcaciones desde La Guajira hasta Miami. Llegó con la primera sin novedades. Sus empleadores le dijeron que cuando trajera la otra le pagarían todo. Archibold partió de La Guajira con un contramaestre que trabajaba directamente con los dueños de los barcos y un par de marinos más. En altamar se desviaron del curso y entraron en aguas cubanas. Fueron apresados por los guardacostas de la isla y llevados a tierra firme. Cuando revisaron la embarcación descubrieron un cargamento de cuarenta toneladas de marihuana. El presidente de la isla en persona, el mismo Fidel Castro, fue a ver a los prisioneros. Cuando vio a Archibold le preguntó "¿No me reconoces?". Era el tipo que había matado a Gaitán y a quien por poco atrapa Archibold.

Archibold estuvo cinco años preso en Cuba. Dizque Fidel le mandaba dinero cada semana e incluso tuvo permisos para salir. "Tuve dos hijos en Cuba. No los volví a ver", remata Archibold después de contar esta historia.

Así remata todas sus historias. Una sucedida en Cali con "tuve un hijo en Cali", otra sucedida en el Eje Cafetero con "tuve un hijo en Manizales". Así, en una biografía salpicada de hijos perdidos que no volvió a ver. Su única hija reconocida es la que vela por él. Tiene cinco nietos. Es tuerto. No puede parecerse más al marino que sale en los libros de aventuras.

Archibold aún sale a pescar en lancha dos veces al mes, en compañía de Andrea y su hermana mayor que tiene 94 años. Se queja porque ahora los guardacostas de Providencia están todo el tiempo molestando a causa de las embarcaciones dedicadas al negocio del narcotráfico. Andrea Corrobora la versión de Archibold. Los guardacostas siempre se acercan, hacen preguntas, revisan la embarcación, no los dejan tranquilos. A cada rato incautan lanchas con dos y hasta con tres motores de 250 caballos.

Los isleños se dedican a llevar gasolina a altamar para abastecer de combustible a las lanchas rápidas que llevan droga a Estados Unidos o Centroamérica. Cuentan Andrea y Johnathan que hace tres meses llegó una lancha a Santa Catalina, perseguida por los guardacostas. Se bajaron tres personas y atravesaron la propiedad de Johnathan (donde tiene sembrados ñame, yuca, naranjas y mangos) en medio de los disparos.

Nos despedimos de ellos luego de pedirles que nos invitaran a la próxima pesca. Hicimos un mercadito de $36.000 (pan, galletas de dulce, galletas de higo, leche, jamón, queso y agua). Esperamos la chiva y dimos la vuelta larga hasta la casa. Al regreso estuve trabajando en mi novela.

Esta mañana nos levantamos a las cinco y media para ver el amanecer. Todos son diferentes: el de hoy era de mar apacible y nubes densas y grises sobre un cielo casi blanco. Hoy he escrito en este diario y he leído Guerra y paz. Desayunamos panqueques que cociné y, al almuerzo, lentejas que ayer había preparado Margoth.UC