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Número 32 - Marzo de 2012     

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Welcome to Tijuana
Sebastian Velásquez. Ilustración Cristina Castagna

 
El oficio

Ser un turista multicultural —¿un qué?— asume el riesgo no sólo de tener que pasar veladas bebiendo cervezas alclimas acompañadas de músicas y conversaciones repetitivas, sino ante todo de tener que entrar en una politización —y por ende estetización— que valora más Barranquilla que Barcelona, Neiva que Nueva York o incluso más Maracaibo que Marraquech. Así me acerqué a Tijuana, no sólo coreando el sonsonete que la ha hecho aun más famosa, sino también con ojos prestos a contemplar la belleza que subyace a la injusticia social, la corrupción y la violencia. En otras palabras, como buen aprendiz de artista, la idea era rescatar la belleza incluso en lo más abyecto de lo humano, o en este caso, de lo urbano.

Sin embargo, una vez me aproximaba a la Línea, y aunque las expectativas estuvieran en aumento, las fuerzas decrecían en mismo orden. Por más de haber crecido en Medellín en los ochenta y andado sus calles desde entonces y, contrario a esa vanidad local que nos hace creernos inmunes al crimen foráneo, ahora ponía en duda mi escasa valentía y me cuestionaba sobre la necesidad de dar tan azaroso paso. Pero la vanidad tiene formas complejas de representarse y hay quienes la sacian visitando Barranquillas, Manauses o Tijuanas, así que persistí. Atrás dejaba la aparente apacibilidad del Imperio, su impunidad invisible y su omnipresencia estatal, y me adentraba en aquella ciudad de la que sólo se oían ecos de crimen y descontrol y sonsonetes repetitivos.

De la utopía socialista a la consumista

El paso fronterizo con Tijuana es el puesto migratorio más concurrido del mundo. Cruzar del Norte es una tarea bastante sencilla, tan elemental incluso que es el viajero mismo quien debe buscar al agente migratorio para poder pagarle el impuesto de entrada y hacer sellar su pasaporte. La gran mayoría de los que cruzan no requieren de ello, pues cruzar es un aspecto más de su cotidianidad. Cruzar hacia el Norte es otra historia, que aunque desconozco, tanto las largas filas de automotores como peatonales ya anuncian su dificultad. Como en cada ciudad fronteriza la vida se desenvuelve entre ambas realidades: están los que viven aquí pero trabajan allá, los que compran allá y venden aquí, y los que comercian y trafican en ambas direcciones.

Nacida a comienzos del siglo XX, la ciudad debe su fundación al hecho concreto de su localización geopolítica. Hay dos anécdotas de sus orígenes que pueden resumir muy bien su espíritu de contradicción y que con sus naturales variaciones se ha sostenido hasta hoy: la primera de ellas fue la invasión que sufrió por un grupo de mexicanos y estadounidenses que aspiraban fundar en todo el territorio de la Península de California el primer estado socialista del mundo. La segunda anécdota cuenta cómo, no muchos años después, la ciudad recibiría una oleada de expatriados rusos adinerados que huían de las reformas bolcheviques. Si el origen geográfico de la ciudad fue la guerra perdida ante el incipiente expansionismo estadounidense, su origen político fue su autoaceptación de comodín, de figura intermedia dentro de los extraños ideales democráticos estadounidenses y los extraños ideales revolucionarios mexicanos.

La ciudad, no sobra mencionarlo, debe tanto su crecimiento económico como sus millones de habitantes al flujo de dólares. Su población se podría dividir inoficiosamente en cuatro grupos: el primero son los mexicanos de toda la república que vinieron y siguen llegando dadas las oportunidades laborales, mayores salarios y circulación de dinero —las maquilas parecen generar empleo, aunque paulatinamente se están yendo—. El segundo son los extranjeros que llegaron y llegan de Latinoamérica o Asia en su mayoría, y que no contaban con que cruzar la frontera ilegalmente ha alcanzado cifras altísimas —unos siete mil dolaretes—, así que finalmente echaron raíces de a poco. El tercero, sin duda el grupo más marginal pero también ascendente, está conformado por mexicanos que han sido expulsados de EEUU, esto es, los mojados deportados: algunos se quedaron aspirando a cruzar de nuevo pero fueron armando sus vidas y prefirieron no correr riesgos; algunos fueron separados de sus vidas enteras en el Imperio y sólo aguardan a tener la oportunidad, el milagro, y cruzar de nuevo. El cuarto grupo son los gringos valientes, o los gringos de orígenes multiculturales o hasta los gringos comunes y corrientes, rosados, inflados y religiosos, que optan por tener gastos considerablemente menores al tiempo que siguen devengando en su país de origen. Aunque de estos últimos cada vez hay menos desde que comenzó la guerra del Estado contra los carteles.

Ilustración Cristina Castagna


Contrario a la gran mayoría de masas urbanas en el mundo, el crecimiento espacial de Tijuana es sólo posible o hacia el sur o hacia el oriente. Al occidente limita con el Océano Pacífico y al norte choca, literalmente, con la línea fronteriza que la divide del Imperio. Ir un fin de semana a la playa a constatar esa imagen antes vista del muro divisorio que entra hasta el mar, es a su vez constatar muchas de las prácticas sociales y políticas que diferencian los dos mundos. Del lado mexicano, incluso este día gris, la playa está llena de gente, familias, parejas, colegiales fumando. Del lado estadounidense todo está desierto, con la excepción de la patrulla fronteriza que echa un ojo paranoide de tanto en tanto. Es una imagen silenciosa, pero locuaz.

A la busca de Bart

Pese a los muchos méritos al respecto, Tijuana no cumplió con las expectativas de su mala fama. De la ciudad, terrosa por la aridez de la que forma parte, y a ratos gris debido a los nubarrones que traen los vientos del Pacífico, no puede decirse que sea bonita, o incluso agradable, pero tampoco que sea insufrible o caótica. Es más una mezcolanza entre la deshumanización de la urbe gringa y el descuido y limitaciones de la urbe latinoamericana. Es una ciudad para carros antes que peatones, y los carros usados importados son ampliamente asequibles; como en cualquier modelo de clase media ascendente abundan los centros comerciales y salas multicines; la Avenida Revolución, literalmente la única zona de la ciudad en la que se ven peatones, es la zona de la fiesta, las drogas y las putas, pero nada que sobrepase en calidad o sordidez a cualquiera otra similar; de la antigua furia del Río Tijuana y que décadas atrás inundó la ciudad, sólo queda una obra magnánima de canalización, ridícula frente al riachuelo débil que corre en medio. Aquí no hay gamines ni mendigos visibles; hay programas de ayuda para los mojados deportados; hay un gran centro cultural con museo y cinemateca y, como todo buen hervidero social, la ciudad es origen de diferentes manifestaciones artísticas. En suma, Tijuana no alcanzó a cumplir las expectativas de desorden que el turista multicultural promedio esperaría de ella —no para mencionar las de un medellinense resentido promedio—. Constatar que su fama está un poco desactualizada es constatar, de otro lado, cuán solos estamos en la absurda espiral de violencia en Colombia, tan repetitiva y lejos de solucionarse.

Años atrás tuve la oportunidad de ver un documental sobre esta ciudad. Era un trabajo inexperto y de escasos recursos técnicos y narrativos que retrataba velozmente prostitutas en la calle, habitantes marginales, cantinas de la mala y tráfico automotor. Nada tenía de especial excepto la imagen de un almacén en el que vendían Barts Simpsons en escala humana —gigantes— y hechos en cerámica. Mi viaje trajo a colación esas mismas imágenes en movimiento, ahora encuadradas por la ventana del carro del amigo virtual que me sacaba de paseo. Una vez más emití el juicio de la inexperiencia y falta de recursos técnicos y narrativos: del centro comercial al cine multiplex, de la casa a la taquería, de la línea al centro, y de trancón en trancón, aunque ni peatones ni Barts Simpsons gigantes vi.

Aquello sin embargo que sí ofrece Tijuana, en perjuicio incluso de la afamada cousine limeña, es su muy superior comida de mar. Sólo por uno de esos ceviches con chile o tacos de marlín vale la pena pegarse el aventón. UC