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Número 11 - Abril de 2010  

Artículos
En el fondo del bar
Fernando Mora Meléndez
 

Irse de copas por los bares de ficción puede depararle a un lector común una sobria experiencia, en la que no necesita ni plata ni compañía, tan sólo las ganas de leer sin moderación. Las solapas del libro harán las veces de puertas batientes y una vez dentro se topará con las criaturas que Raymond Chandler, Joseph Roth o Bukowski crearon tal vez en un delirium tremens: lo más eximio de la especie humana que ha ido a refugiarse desde los tiempos de Platón a su caverna favorita. Allí le brindarán con una pola su ingreso en la logia solitaria de la barra, copas de simpatía, cocteles de historias, y un destilado de filosofía en sus variadas presentaciones. El papel puede con todo, incluso con las cantinas de Guayaquil que aún abren hasta tarde en las páginas de Mejía Vallejo y en las del otro Vallejo, el del Fuego Secreto. El tema daría para una tesis doctoral en Lovaina como la que proponía el sanguíneo R. H. Moreno-Durán: "La influencia de la copera en la literatura colombiana".

Aunque no faltará quién tilde el asunto del bar como trasnochado, me gustaría empinar el codo por una novela que tiene la gracia de ocurrir en El Suave, un local de la carrera Bolívar, con ritmo afrocubano, y escenario variopinto que retumba, a todo timbal, en las líneas de Con el pucho de la vida, la novela de León Valencia.

Las doce mesas que lo componen y el pasillo, que a veces es pista, andan bajo la tutela de los cantantes de salsa que inmortalizan las paredes. En él se dan cita, aunque no previa, los personajes: estudiantes de medicina, combatientes de una guerrilla urbana, una niña bien en busca del submundo, un traficante de armas, el barman y varios despechados. Todos ellos deambulan por una Medellín que aún conserva algo de los viejos aires provincianos de antaño, pero que ha trastocado casi del todo su paisaje urbano. Al menos, de eso se lamenta el protagonista, un tal Baldini, que a la postre se convierte en un reportero que investiga una serie de suicidios, cuyas razones y efectos van tejiendo la trama de una historia que hurga la memoria de los ochenta y logra recobrar, entre otras cosas, los restos de la fiesta.

Mientras vive en Paris, Baldini encuentra una nota en Le Monde donde informan que una estudiante colombiana, Martha Echavarría, ha muerto en extrañas circunstancias, al sur de la ciudad. En sus pesquisas le entregan una carta de la occisa en la que cuenta sus razones para terminar con su vida, y pide además que el escrito sea remitido a sus amigos de un bar de Medellín. El hombre decide viajar a la ciudad de su infancia a cumplir la última voluntad de la muchacha. Pero mientras resuelve a quién revelar la nota, descubre a la gente del Suave, entre ellos a Ramiro, un policía de Seguridad y Control, quien del mismo modo que el periodista, no parece perseguir gente sino historias. A él también le inquietan otros suicidios que han salido a la luz y ahora parecen contagiar a nuevos adeptos. De las treinta y cinco cartas que dejan estos autores póstumos se encuentra que la muerte voluntaria, en veintiocho de ellas, tiene que ver con el amor. El pretexto de la investigación le sirve incluso al propio Baldini para involucrarse con La Chiqui, otra estudiante que prefiere mover el esqueleto a estudiar anatomía. Ella es una especie de Amparo Arrebato que se bate en duelo con una pareja caleña, en franca discordia por la afirmación de que en Medellín sólo se baila el chucuchucu del Loco Quintero. La Chiqui insiste en la necesidad de "compartir una noche de son para que los tambores nos despierten los rincones eróticos que aún tenemos dormidos". Ella inaugura la presencia femenina en los bares de salsa del centro como La Bahía y El Oro de Munich.

Sus incursiones en estos sitios ponen en ascuas al novio que una vez cree de modo errado que ella anda en malos pasos y lleva el malentendido hacia un destinito fatal. Ahora, la misma Chiqui lleva a Baldini de la mano como una Beatriz a Dante por los círculos del fuego antillano. En medio de la descarga de los cueros y el trompeteo, hasta los activistas se olvidan de la política o declinan sus poses. 

El propio Che Guevara y Lenin lucen en unas pinturas con la alegría de dos soneros más, como si hubieran olvidado por un momento sus gestos mesiánicos y fueran a cantar un guaguancó.  De hecho, el policía no se resiste a confesar su ingreso en la cofradía: "Yo llegué a este lugar, dijo Ramiro, con otro policía. Nos habían enviado para mirar y establecer si había drogas y armas y llevar un informe que permitiera venir luego con una patrulla para capturar a los comprometidos. Pero los apresados fuimos nosotros. Sobre todo mi amigo, que a las dos cervezas estaba bailando y a medianoche me había hecho prometer que no diría nada de lo que viera en el bar. Se lo robó el furor de este sitio. Él me decía que cuando entró aquí sintió como mil caballos galopando, como si un ventarrón lo sacudiera. Yo también empecé a sentir lo mismo poco después, cuando mataron a un compañero al tratar de frustrar un asalto bancario. Vine para oír a Daniel Santos, que tanto le gustaba, y a llorar por él y percibí esa fuerza que mi amigo sentía, pero también me di cuenta de que, muy atrás de la euforia, la gente del bar escondía las angustias y las frustraciones de la vida de afuera".

Si los personajes de esta novela pensaran que la vida es un carnaval no se la tomarían tan en serio como para acabar con la suya propia. Los embrollos del corazón terminan por enredarlos mucho más que las conspiraciones políticas y las acciones de insurrección armada que el propio escritor, León Valencia, conoció de primera mano en el ELN, antes de firmar el acuerdo de paz del 94. Uno de estos seres, el Negro, termina inmiscuido con un comando guerrillero, no porque crea en los ideales revolucionarios del cura Camilo Torres sino porque quiere liberar de una cárcel a su tormento del alma, Manuelita. Así en la novela pasamos del claroscuro de la rumba al adiós de los muchachos que se van para la guerra. En uno de los apartes, el Negro se pregunta por la "extraña ambigüedad ante un grupo que por un lado utiliza la feroz violencia para buscar sus objetivos y por el otro practicaba una solidaridad que nunca había visto en el mundo. ¿Cómo transformar a una parte de los seres humanos en enemigos? ¿Cómo olvidar los ojos, el rostro y la sonrisa de un hombre y convertirlo en una abstracción política susceptible de agresión?".

Pero son otras batallas, las del amor, las que diezman el reparto. Si en El Banquete, Fedón se burla de Orfeo, "débil juglar", por no tener el coraje de matarse por amor y penetrar vivo en el Submundo, los personajes de Valencia recorren su infierno sin dejar de azotar un rato la baldosa antes del final, con el ritmo de fondo de Maelo: "Déjenme irme que es muy tarde ya". Y aunque el autor cite a Camus, cuando dice que el único problema filosófico serio es el suicidio, a sus personajes no se les puede quitar lo bailado. Otros suicidas por amor como Werther, que se sepa, nunca lo intentaron.

El reportero Baldini si bien nunca pudo convencer a sus editores de publicar su reportaje sobre "las extrañas muertes", descubre un Medellín secreto en el que la camaradería se expresa regalando viejos discos de la Fania; donde los fantasmas de los suicidas siguen a sus novias hasta el altar; y una niña de clase alta huye de su estrato para refugiarse, con otras moscas de bar, en los misterios del Caribe.

Mientras otras novelas muestran a los bares sólo como antros de perdición y son estos los escenarios de la pesadumbre y el desasosiego, Con el pucho de la vida no busca bañar al lector en lágrimas ni mucho menos en ron. No es una visión quejosa de un mundo perdido. Tampoco muestra la vida como un calvario de culpa y sufrimiento. Es neutra y sobria en su estilo. Mientras que en El Remordimiento, Fernando González recuerda con lamento los calzoncitos de Tony, a la que nunca poseyó, Baldini le pide a la Chiqui que le regale los suyos como recuerdo de las amadas sensaciones vividas hace poco. Entonces ella le propone un trato en la mesa del Suave: Serán suyos si esa noche pueden lograr un estremecimiento aún más intenso que la noche inaugural. uc

En el fondo del bar