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Número 11 - Abril de 2010  

Artículos
Hoja Debida
Jaime Espinel
 
Archivo Banco de la República
 

Conocí a Enrique Vargas, el actor, en Greenwich Village, el barrio bohemio de N.Y.C. por allá en 1967 cuando era un joven ya calvo prematuro de sombrerito coco a lo Magritte y saco largo a lo Tin-Tan. Enrique venía de Méjico de trabajar con Jodorovsky, Rulfo y Sabines y, aunque ambos vivíamos en las calles más fragorosas del manicomio más grande del mundo y todo lo gozábamos porque todo era nuestro, ninguno de los dos éramos "hippies" ¡qué tal eso entre hombres serios!

Un día se me apareció Enrique en el apartamento con su calva abierta en dos pedazos como una papaya sangrante. Al principio temí una confrontación con la ley porque esos años sesentas en Nueva York eran difíciles. Sin ser guerreros nos disfrazábamos y camuflábamos de guerreros para guerrear contra la guerra y, desde allá entre los rascacielos, nuestros corazones lloraban su luto reciente por Camilo Torres pero tableteaban al compás de las metralletas del Che y de Ho Chi Min cuyo apodo de guerra significa "el que alumbra" mientras a nuestro lado, en los supermercados, en los cosmocentros o en el "The Figaro's" o en " The Anex's" —esas cantinas de "swingers"— almizclaban los peludos malolientes, se cimbreaban los cuerpos armados de los "Panteras Negras" retando abiertamente a la policía con sus escopetas de dos cañones a un duelo a muerte en los guettos y todavía resonaba, como en el valle de Josafat la trompeta de Louis Armstrong dice Jean Paul Sartre y digo yo que Bob Dylan se alzaba como la más alta voz de la poesía de lengua inglesa en el Siglo XX. Eran los años difíciles, los años del hedonismo y el combate, del café y el bourbon, las mujeres hermosas y mucho de lo que te dije en humo. Por eso temí que Enrique Vargas viniera de recibir su bautizo de fuego.

—Ojalá, me dijo. Lo que pasa es que la pareja que vive en el piso de arriba se puso a tirar de lo lindo y me tiraron encima un pedazo del techo.

Miré el cielorraso de mi propio apartamento situado a pocas cuadras del suyo y sentí susto: también era de puro estuco contundente pero como yo no soy calvo...

Poco después reapareció Enrique Vargas en la carátula de la revista "Rampart's" que se publicaba en San Francisco: en el fresco frasco del Frisco de Jack Kerouak mi tocayo, resonaba Enrique mientras Vargas actuaba en aquí en Níuyork.

Con su nadadito de perro, su sombrero coco a lo Magritte y su saco a lo Tin-Tan, Enrique Vargas reapareció como director de un grupo teatral compuesto por exdrogadictos, exconvictos, exprostitutas y exclérigos que invadían intempestivamente todos los espacios con sus pintas de derelictos inmamables. No hubo templo, calle, parque, almacén, universidad, supermercado o superalmacén por departamentos que escapara a sus fulgurantes y disociadoras apariciones. Se desplazaban por Nueva York como pedro por su caza con zeta cambiando de trenes y de escenarios con la movilidad y la rapidez de un verdadero comando militar.

Había nacido el hermoso por lo efímero "Teatro Guerrilla": la nueva forma de representación que mediante una confrontación escénica directa con el espectador inocente y con los despreciables símbolos del poder del establecimiento alcanzó en Chicago su momento culminante cuando en un clímax letal, Vega, un fornido actor puertorriqueño integrante del grupo de Enrique con sus odios, desarmó y mató ante los espectadores callejeros y con su propia escopeta antimotines al policía que osó vejar a los actores y a su amante, una alcohólica rubia que envejecía con más rapidez que averígüelo Vargas y yo. El "Teatro Guerrilla" que se inventó mi amigo Enrique acababa de torcerle el cuello al cisne del "happening" con una obra que había llevado la muerte real a la escena. En la remota historia del teatro, creo, es la primera vez que esto ocurre: la muerte como representación. Como quien dice que se joda el matatórtolas y el degüellanucas del hermano de Raquel, Jodorovsky tal cual hombre Sófocles.

Poco después el fantasma de Enrique reapareció como un cometa con cola política. Ahora vivía y actuaba en el "Spanish Harlem" que cantaran "The Mammas and The Pappas" y me invitó a una de sus funciones como si nada bajo su marrulla hubiera.

Él y sus actores se habían apropiado de un semiderruído edificio contiguo a una iglesia cuasiabandonada de las que aquí en Níuyork pululan. Él y sus actores, después del oficio del pastor que visitaba el templo cada seis meses, abrieron un boquete en el muro medianero que comunicaba al viejo edificio con el templo y comenzaron a trabajar con su tesón de hormigas anarquistas.

Transformaron el presbiterio en escenario, la sacristía en camerinos, las naves en espacios para el público y a los asientos de los feligreses los pusieron a fungir de butacas. Durante cuatro meses trabajaron con intensidad en refacciones y en los montajes finales y, poco antes del regreso del pastor, abrieron su teatro a un público que de inmediato se identificó con ellos y con lo que representaban: el drama común, el hacinamiento y el despojo y el crimen, el amor fatal de la esquina, la policía, la droga, la religión, la guerra, el poder del estado en el guetto. Todo manejado con unas dosis de militancia y de imprudencia ideológicas, de desnudez frente al drama común de un vecindario que cuando el pastor volvió a predicar, los mismos fieles se encargaron de mandarlo al carajo y la iglesia pasó a ser "del barrio" porque definitivamente es mejor divertirse que rezar.

Poco después el fantasma político de Enrique Vargas reapareció como una estela de fuego. Él y su grupo de actores comandaban ahora la "Operación Pa'lante" encaminada a evitar el desalojo violento de unos puertorriqueños que desde hacía muchos años habían invadido unos "slums" o tugurios en el "Spanish Harlem"; "slums" o tugurios cuyo dueño resultó ser la Universidad de Columbia, dueña también del templo y del teatro de la historia...

...como quien dice: Columbia's University se le había puesto de pechitos a Enrique y Vargas ni corto ni perezoso se les coló con sus actores a un acto en el que los hombres más altos de América Latina eran egregios Borge Luis Jorges, Belaúnde Terry, Uslar Pietri, Vargas Llosa y hasta Germán Arciniegas quien impidió con otros como el padre Restrepo que se le diera el premio Nobel que Jean Paul Sartre, Thorton Wilder y Albert Camus con Simone de Beauvoir entre otros, en una carta pública manifestaron que se merecía Fernando González dada su contradictoria y límpida egoencia discutían apasionadamente sobre la literatura latinoamericana y su fantástico por lo fabuloso y amplio porvenir —algo insólito para Enrique que según él debía dilucidar en ese momento un problema concreto y coyuntural cual era el cómo enfrentar para impedir el desalojo violento de unos puertorriqueños combativos en las propias narices de sus escritores y prohombres.

Entonces Enrique presentó a gritos su propuesta para que los hombres más altos de América Latina en la Columbia's University se pronunciaran con su sí o su no sobre el "inicuo y violento desalojo" clamó Enrique. Ocho de los tal vez doce prohombres aceptaron la propuesta pero Borge Luis Jorges dijo tanteando los bordes de la enorme mesa del panel escoltada a lado y lado por dos enormes peanas de bronce.

—Nosotros vinimos a hablar de esa zorra inasible que es la literatura y los problemas vitales no nos son tan importantes pues son inmanentes e intemporales.

Sentí la furia de mi amigo Vargas ante lo lumínico de mi escritor Borges.

Enrique Vargas saltó entre el butacuario: como un Sansón alzó en vilo una de las pesadísimas ánforas y por unos escasos centímetros no decapitó a Borges pero sí alcanzó a hacer trizas la mesa del panel. Ese día supe o supuse que el ciego era Enrique y no Borges porque Vargas sólo tenía ojos para Lucy, una hermosa judía siempre tocada con una roja pañoleta y pequitas.

Con el correr del tiempo tanto mi amigo Enrique como yo volvimos a Colombia sin darnos cuenta y cada cual por su propio lado llegamos y nos vimos de nuevo en esta "coquita de plata" que como dice Luis González es hoy por hoy Medallo o Metrallín.

"Villa Rosa" se llama y todavía está ahí la casa que yo habitaba en Robledo con la gringa: la inolvidable Marcia madre de mis dos hijos. Ya no de los "Teen Agers" ni de los "Flippers" eran los temas sino que estábamos en los tiempos de Ana y Jaime y de Nelson Osorio Marín más cansoncito y guerrero que nunca. En el enorme galpón trasero de "Villa Rosa" en el que yo en mi negra Smith-Corona tecleaba mis cuentos volví a verlo.

Estábamos en mi casa que era la suya porque aquí dormía o allí ensayaba sus piezas pero no éramos distintos porque Enrique no había podido olvidar a Lucy: mi muchacha de la pañoleta, decía.

En el patio de la vieja casa lo veía ensayar: manejaba unos enormes muñecos con Judith, su novia del año 72, a los que malamente llamaba él "monicongos" y yo "bichiraquitos" pero que de repente se transformaban en esperpentos que eran más bien "mojigangas" y que a pesar todo o tal vez por lo enormes y feos él mantenía bajo control y lo animaba esa su enorme pasión del tuguriano que defendía (¡Otra vez!) unos baldíos para invadir, amaba a una mujer con almizcle de mugre y manteca y se había plantado muy en la tierra para evitar desde "La Perseverancia" y con un nuevo grupo de teatro inexplicable, el desalojo de los habitantes proletarios de las zonas orientales y marginales del Bogotá aquel que por encima de su cadáver quiso, inútil y fatalmente, hollarlos y humillarlo con la apertura de asfalto que sería la avenida de "Los Cerros".

Con su nuevo grupo y sin traicionar sus anteriores preceptos que únicamente dolores de cabeza le habían dado, Enrique Vargas demostró que mediante el teatro y la acción política vital , hermosa y difícil por lo intraicionable, seguía siendo vigente en él, y en el ámbito confortable de esa mi casa en Robledo me parece que de nuevo siento un gesto de disgusto con asquitos viendo a Judith hablándome con su repugnante y salpicante boca llena y atarugada al desayuno y al almuerzo y a la comida y salpicando el mantel y hasta salpicándome a mí personalmente, algo inadmisible, Enrique, creo que hasta le dije a Vargas.

Pero fueron él y sus actores quienes derrotaron con su trabajo de titiriteros y quienes durante años impidieron que los derrotara la ignominiosa avenida de circunvalar de "Los Cerros" que hace unos años partió en dos mitades para volverlas chicuca o cisquillo será, a "La Perseve" y al barrio Egipto.

Archivo Taller de los Sentidos

Pasaron quizás quince años sin verlo hasta hoy cuando como si fuera un viejo ramalazo de su maestro Seki- Sanu me arrojó lava y lodo y sangre a la cara para demostrarme que a pesar de que no calzara sobre su calva una peluca roja como en su manual lo recomienda Carlos Marighella, vi en su "Sancocho de cola" una inesperada y solitaria y recogedora visión del teatro y de nuevo sentí y muy adentro el calor, la tibieza del esteta marginal hecho para aglutinar lo mejor, la quintaesencia Pasaron quizás quince años sin verlo hasta hoy cuando como si fuera un viejo ramalazo de su maestro Seki- Sanu me arrojó lava y lodo y sangre a la cara para demostrarme que a pesar de que no calzara sobre su calva una peluca roja como en su manual lo recomienda Carlos Marighella, vi en su "Sancocho de cola" una inesperada y solitaria y recogedora visión del teatro y de nuevo sentí y muy adentro el calor, la tibieza del esteta marginal hecho para aglutinar lo mejor, la quintaesencia olvidada que de nosotros tenemos.

Cargado de poesía, supurando una soledad y un registro del viejo cuentero empezó a representar para mí solito y con las sábanas de su cama en el hotel EuPaCla y me contó en un arrugar y desarrugar con los dedos las sábanas de "El Reídor" de Boll y algunas otras historias en las que había metido las narices durante el tiempo que dejamos de vernos...

...me contó que cuando guerreaba contra apertura de la postema de cemento en que se convertiría la avenida de los Cerros en Bogotá porque partiría en dos, separándolos entre sí, al barrio Egipto, a la Perseverancia y a la Candelaria, barrios que desde Jiménez de Quesada habían hecho parte de la historia de la ciudad y después fueron arrasados por las demoliciones y que sólo por haberse opuesto a la apertura de tal avenida, un motivo nimio y trivial y casi pueril, lo habían encarcelado varias veces (in and out como una puerta de vaivén estuve, me dijo) y en uno de esos canazos refulgentes comprendió, como Ho-Chi-Min cuando se le cayó un diente en la cárcel, que a los hombres libres es imposible encerrarlos cuando carecen de todo. En uno de sus carcelazos concibió uno de los proyectos más hermosos que pueda imaginarse recluso alguno: el Sindicato de Guardianes Penitenciarios; una bomba tan detonante que la negación de su personería jurídica llegó tres veces a la Corte Suprema de Justicia. En realidad no se trataba, desde un punto de vista militar y político, de un simple sindicato sino de una fuerza de cinco mil hombres armados y encargados de vigilar a los condenados más peligrosos del país y fue tal la algarabía que formó el gobierno que el ministro de justicia de aquel entonces (Evaristo Sourdís, tal vez) convirtió de un plumazo a Enrique Vargas en el único colombiano que ni como reo ni como visitante puede ingresar a las cárceles del país. Entonces, tuvimos que seguir haciendo las reuniones del Sindicato en los furgones de las remisiones: los guardas, los presos y yo juntos, me dijo.

Así es mi amable amigo Enrique Vargas: el iconoclasta que nos devuelve la esencia de lo más inmediato y primitivo: la historia, el cuentero, el contador que prolonga en el tiempo las historias de fantasmas, de pueblos y de circos y de entierros y de fuegos fatuos que escucháramos siendo niños en labios de los tíos y en los gestos del primate. La historia sencilla que por sí misma adquiere una dimensión universal y estética a partir de la imagen y la palabra.

Como antenoche se había armado "El Reídor" de Boll estrujando con sus dedos las sábanas del hotel EuPaCla extendió Enrique Vargas una sábana en el escenario de La Fanfarria y empezó a estrujarla y arrugarla con destreza y de la sábana emergieron montañitas, brotaron manantiales que afluían a un enorme río de papel celofán en cuyas orillas había casitas, vacas y perros, arbolitos, gente y jinetes que ante nuestros ojos y con ambas manos y la escena y el drama bien obvios, Enrique iba poniendo uno a uno los personajes en su sitio al penetrar en el drama o de pronto un minúsculo sol de papel amarillo asoleaba o una lluvia de aserrín mojaba el pueblito en un dos por tres metros y todos los actores, toda la escenografía y todas las casitas, las vacas, los trajes de los personajes, la utilería, el asombro y la belleza del baile, de la risa y la riña, del galope y el cacaraqueo, todo ese universo imaginado y resuelto cabía en una maleta de mano, casi un maletín que Enrique empaca y carga al hombro porque para mí es imposible sostener una troupe de actores porque cuando un actor llora siempre habrá otro que abre un paraguas, me insiste como si fuera un economista y no un actor que ha sido rey, papa, general, carcelero y reo, ama de casa, monja, cuatrero, tahúr, marica, vaca, caballo y que ladra, grazna, ulula o relincha si es del caso.

Al ordenar el caos de su pesebre, se me asemeja Enrique a una Santísima Trinidacita milagrosa que dirige e ilustra los destinos de los hombres y de las mujeres de paja y fantasía que habitan nuestro cosmos minúsculo mientras nos hiere con la delicada pero letal lezna de la representación antes de volver al hotel en el que anoche nos despedimos hasta el sol de hoy.

—Tienes que venir a mi casa. Vivo en un barrio de invasión (ay, Enrique, no más) al oriente de Bogotá y cómo te parece que cuando estaba construyendo mi casa de piedra y madera, vi a dos niños de cuatro o cinco años empujando una pesada piedra irregular colina arriba. Una vez en la cima, ambos niños se paraban delante de la piedra, la soltaban y empezaban a correr colina abajo delante de la piedra rodante que, dando tumbos, hubiera podido partirles en dos ambas cabezas como si fueran una papaya.

—Qué jueguito.

Me quedé mirándolo mucho más allá del afecto y del respeto con los que uno mira al auténtico amigo, recordé la historia del cielorraso en Nueva York y por un momento pensé: ¿Ahí seguís vos corriendo falda abajo delante de tu piedrita, no? Creí que habías cambiado y que ya no te conocía, Enrique inefable...

...porque para terminar me dijiste que, veinte años después como en las novelas de mosqueteros, no has podido olvidar a esa muchacha judía de pañoleta roja y que te irás con la troupe de actores entre tu maletín hasta Nueva York a buscarla.

¡Encuéntralo, Lucy! uc