Número 100, septiembre 2018

CAÍDO DEL ZARZO

PICARDÍAS Y DESMESURAS
Elkin Obregón S.

 

Alfonso Reyes llama a la novela picaresca “el género típicamente español”, y la define así: “Más grotesca que cómica, cantaba los trabajos de los pícaros holgazanes para resolver la constante paradoja práctica de vivir sin comer, y nos hacía asistir a los antros de los ladrones y a las mil y una peripecias de las ventas y los caminos de España, a la vez que pasaba revista a todos los estados sociales para fustigarlos uno tras otro”.

Ya explicado el punto, digamos que, a diferencia de otras semillas, como el romancero, la picaresca no germinó bien en América, y prefirió hacerlo en la propia Europa: Gil Blas en Francia, Moll Flanders o Tom Jones en Inglaterra, y, en fin, un larguísimo etcétera que llegó incluso hasta las Confesiones del estafador Felix Krull, de Thomas Mann.

Así pues, retomando el asunto, casi no hubo continuadores americanos de El lazarillo de Tormes, El Buscón, Guzmán de Alfarache, Rinconete y Cortadillo, La pícara Justina… Conviene sin embargo mencionar dos novelas afines al género, sin llegar a la correspondencia total: El Periquillo Sarniento, de Fernández de Lizardi, clásico mexicano que algunos consideran la primera novela escrita en Latinoamérica, y la brasilera Memorias de un sargento de milicias, de Manuel Antonio de Almeida, obra por demás sugestiva, que sin embargo, a pesar del éxito en su época, no tuvo epígonos ni secuelas.

Pero hay un libro colombiano, ciertamente insólito, que combina cosas de la picaresca con elementos mágicos, retomando aquel antiguo espíritu caballeresco donde los gigantes eran gigantes y no molinos de viento. El libro se llama Juan Grillín, y su autor Ernesto González, antioqueño de Ciudad Bolívar.

Y bien, Grillín habita un mundo rabiosamente regional, en el que el habla popular da el tono y pone las condiciones. Pero es también un mundo fantástico, desde el mismo tamaño del héroe, tan pequeño como Pulgarcito, hasta un entorno donde los animales hablan, y los fenómenos naturales tienen alma. Es pues una fábula, llena de milagros primitivos; además, una crónica de superación, la historia de un viaje. Por último, claro guiño a la picaresca, regala una constante desconfianza hacia la autoridad, vista siempre como peligrosa enemiga.

Treinta años después de su aparición, Fenalco reeditó la obra en 1979, con un bello prólogo de Alberto Aguirre: le robo las dos frases finales, y con ellas, muy a mi pesar, me despido: “Juan Grillín es ante todo un libro de aventuras sobre la saga del pueblo antioqueño. Aquí está la suma del libro. Este personaje de la desmesura encarna los mitos de un pueblo. Realiza los sueños de una comarca y del hombre que la puebla. Ernesto González escribió una aventura que es un paradigma”.

Elkin Obregon

CODA

Cuenta el recién laureado Elkin Restrepo que, a comienzos de los noventa, y en compañía de Miguel Escobar Calle y Eduardo Peláez, greiffianos todos de cuerpo entero, se dieron a recorrer palmo a palmo el País de Bolombolo, que cantó y recreó el gran poeta. Durante sus excursiones, “leíamos un poema y alzábamos la copa, de suerte que, mientras recobrábamos la razón, pasó un año completo…”.

Piensa uno que de esta bella historia podría nacer una bella película. El director, por fuerza, sería Víctor Gaviria, cuando se lave las manos de sangre. UC