IMPRESOS LOCALES

El aire que habita el tiempo
(Historia de un piloto de avión, 1954)

Memo Ánjel
 
 
El aire que habita el tiempo
 
Presentación

Una novela de la colección Club de Escritores de la Editorial UPB. El protagonista de esta obra es Gabriel, un aviador de la década de los 50, quien es el personaje inspirador de la novela que brinda algunos elementos sobre la historia de la aviación en Colombia. Recurre a la evocación de la geografía colombiana y a diferentes personajes, muy cercanos y familiares, que permiten recoger la memoria de cierta época del país a partir de las aventuras de personajes muy cercanos al autor.


 
 
 
 
Fragmento de Inicios

El DC-3 aceleró los motores y comenzó el carreteo por la pista seca y cuarteada, amarillenta y caliente. Levantó la nariz, dio un salto (seguro algún montículo o hueco) y comenzó a elevarse. Se internó lentamente en el cielo, como un pájaro gordo y cansado. Ya era el cuarto vuelo de ese día y el escenario era el mismo: arena, piedras, la sensación de que el aire hervía y permitía ver, cada tanto, pequeños pueblos árabes que desde arriba parecían motas de bicarbonato. Dentro del avión, al lado de las cajas con latas de carne enlatada y aceite, sacos de harina y bolsas con repuestos, iban unos judíos viejos que no paraban de rezar. El canto de las oraciones llegaba hasta la cabina. Las palabras las estiran mucho, comentó Gabriel cuando llegaron. El vuelo había partido de una pista clandestina en el Neguev y se dirigía a Eilat. Y volaban bajo para que el radar de los ingleses no los detectara. Un mal invento ese, dijo el capitán del vuelo, si quieren enterarse de quién está en el cielo, que suban. Era un piloto viejo y curtido en vuelos ilegales. Si mi abuela lo hubiera sabido, se habría angustiado a punto de ir por la casa cometiendo errores, como le pasaba cuando pensaba en cosas atroces: llevar el cepillo de dientes a la cocina y guardarlo entre los pocillos, abrir la puerta de la jaula de los canarios en lugar de cerrarla bien, enfundar las medias equivocándose de colores, no encontrar la llave que tenía en la mano, etc. Pero ella nunca lo supo. Hacía a Gabriel aprendiendo aviación en el sur de Francia, al cuidado de su hermano Samuel. Pero allí los tiempos no eran los mismos que en América. La posguerra, los campos de refugiados, los sobrevivientes que iban por todos lados, unos como locos, otros cansados al extremo, los desplazados buscando visa o cualquier lugar donde morir o amar con desespero, los marinos dispuestos a cualquier cargar por peligrosa que fuera, los soldados de ocupación traficando con telas de paracaídas, remedios y útiles médicos, cigarrillos. Nada de esto supo mi abuela que sucedía en Marsella rodeando a todos los que vivían ahí. Y tampoco sabía que su hermano estaba aliado con sionistas que llevaban gente de contrabando a Palestina. A la mierda El libro blanco de los ingleses, con sus mujeres y emparedados simples se lo coman, decían riendo. Las mujeres inglesas son puritanas, pálidas, de gafas, las nalgas les caen sobre las piernas, debe ser una tragedia hacer el amor con ellas, le dijo Gabriel a Matilde cuando ya lo de Israel era un recuerdo y él había atravesado el mar para volar sobre estas tierras. Ella le hizo un mohín de desprecio a esas palabras, contó Lía.

En ese DC-3, que hizo cuatro vuelos el 7 de julio de 1947, se inició Gabriel como piloto. Ese día, sin más experiencia que unas horas de vuelo en Marsella (donde lo reclutaron los amigos del tío Samuel) se rio de los ingleses, los maldijo y los burló haciendo de copiloto. Ya los había burlado en Egipto, cuando su grupo pasó a Palestina disfrazado de curas franceses con escarapelas de la Cruz Roja. Curas, enfermeros, eso decían sus papeles y lo certificaban sus maletines repletos de aspirinas, tabletas de sulfato, estampitas religiosas, trozos de gasa y jeringas. A Gabriel le quedaba ancha y corta su sotana y Sudaba como una planta a la que le llega el rocío de la mañana. Pero lo que se le pegaba a la camisa y le rodaba por la cara no era la frescura sino el calor y el sol que se reflejaba en unas latas de gasolina, contó él, y el miedo, porque el paso por la frontera no fue fácil. Los guardias estaban amoscados y malgeniados y no solo revisaban papeles y equipaje sino que miraban las caras como si fueran mapas con señales de peligro. Dos soldados ingleses, pelirrojos y grandes, de pantalón corto y boina, con caras de aburrición, sacaron a Gabriel de la fila.

-¿Sacerdote católico? Reza algo. –Gabriel apenas si entendio el inglés que llegó a las orejas. Pero soltó una salmodia que le habían enseñado en Marsella, en casa de Samuel. Habían previsto que los pondrían a rezar, que estaba en lo posible que los pusieran a oficiar una misa o celebrar algún otro ritual. En ese aprendizaje de oraciones en latín, de bendiciones y expresiones, a Gabriel (se lo contó a Matilde) se le fue el sueño por casi una semana, no solo por las palabras que repetía sino por las imágenes que se aprendía, repitiendo formas y nombres por si se daba el caso. Medallas de distintas Vírgenes, santos, símbolos católicos, libros de los Padres de la Iglesia, nombres de teólogos y utensilios religiosos, le hicieron nido en la memoria. Y de tanto mirar y pronunciar, ya estaba actuando como un católico ortodoxo, igual que los judíos marranos de los tiempos de la Inquisición. Y le gustó el papel: auntos así hacían parte de la historia de la familia. Un sefardí medio-católico, le dijo riendo a Matilde. La abuela tampoco supo esto ni se enteró de los esfuerzos de Gabriel por recordar la palabra seminarista en inglés para decirla, pues no tenía cara para ser cura. Pero no la tuvo que usar porque a los soldados no se les ocurrió preguntar más y lo devolvieron a la fila. Estarían más interesados en tomar un baño y llenarse las tripas de ginebra, como se dijo en el entrenamiento que le dieron en Marsella.