Síguenos:




Número 04 - Febrero de 2009   

Artículos
Brisas de Costa Rica
Mauricio Sammer
Es uno de los bares de salsa más añejos de la ciudad de Medellín. Ha cambiado varias veces de sede, pero sigue siendo tan salsero como antaño.
  

Brisas de Costa Rica

A las 7 de la noche se encendió la luz multiforme de Perú con Carabobo. Un hombre de neón salió a recibirme, traía en su boca un estribillo de Cheché Mendoza y un abrazo del que no pude escapar, a pesar de mi ceño fruncido.

El 2008 se iba desvaneciendo poco a poco y el 2009 estaba no más que a diez cervezas de distancia. Más birras no podía pagar esa noche, a no ser que un cajero automático cayera sobre mi mesa de color rojo metálico.

Eran las 7:30 y ya había saboreado la primera de mis frías. Con el cuarto trago ya empecé a celebrar cada canción, una de ellas, 17.1, de Eddy Palmieri, hacía sonar los cristales del cielorraso.

Un viento helado se metía por las dos puertas azules y se atropellaba con los decibeles de la salsa neoyorquina, cubana y puertorriqueña que salía del tornamesa de DJ Alirio... el flaco Alirio del mostacho negro, del pelo crespo y la risa astuta.

Camisas a cuadros y otras tantas de colores chillones, con estampados incomprensibles, iban llenando poco a poco los 40 x 6 metros de Brisas, un bar que por ahora utiliza el alias de El Tigre, pero al que todos conocen por su vieja identidad, Brisas de Costa Rica, un nombre con más de 40 años de historia, un lugar quizás un poco trashumante, pero fiel al centro, como sus clientes.

Lo encontré hace años por la calle Tejelo, ahí, al ladito de la sede de las viejas Empresas Públicas, frente a la Primero de Mayo. Era el único lugar donde se "agitaban las palmeras", todo lo demás era "guineo a cien", "cebolla cabezona" y "lulos frescos".

Antes había estado sobre Palacé, según cuenta Marleny, la dueña, la hija de Monchito García, un viejo canoso que inauguró el bar en 1970, cuando ya la Fania se paseaba oronda por América y África. Brisas quedaba en Palacé, entre Amador y Maturín, un sitio famoso por las peleas a cuchillo y machete y por las desgreñadas putas que habitaban sus esquinas.

En esos días Marleny ya no era tan niña y visitaba de cuando en cuando el lugar para ver cómo su padre se moría de risa contando chistes de Cosiaca y bebiendo aguardiente. También iba Isabel Ramírez, la esposa de Monchito, ella sí, salsera por devoción y más bailarina que Amparo Arrebato.

Brisas de Costa Rica

 

Marleny agarró las riendas de Brisas hace 15 años, más o menos, cuando fue trasladado a Tejelo y la mayoría de sus inquilinos se embolató en otros bares.

Después pasó a Juanambú, sentido sur. "Brisas perdió el encanto", me dije la primera vez que fui, hasta que ingresé y me encontré de frente con la trompeta de Perico Ortiz, y entonces, "esto es lo mío, de aquí no salgo más".

La Mona, doña Marleny, me sirve una negrita sudorosa, yo me la mando como si fuera agua y apago la sed del mediodía. La segunda es para calmar el lobo y con la tercera enredo mis pies en un "guaguancó raro..." Me suelto a la pista y bailo a Eddy Palmieri y a Joe Cuba. Mis piernas parecen de plastilina sobre el embaldosado azul y rosa de Brisas. Mis ojos ya están enrojecidos y en mi mente se dibuja el recuerdo de tu imagen, negra.

En la puerta hace estación un vagabundo y se pone a bailar con la Locura de Berto, de Joe Cuba, yo lo sigo con mis ojos turbios y esgrimo una sonrisa suave, inverosímil.

Ya voy por la quinta cerveza y aún me queda plata para la segunda ronda. La noche se hace húmeda y solitaria. Hay una sensación de sorpresa que gravita en el aire afectado y nauseabundo de ese centro de más abajo de Bolívar con Perú. "Y pensar que en tres horas será Año Nuevo", me digo sin abrir la boca.

Brisas de Costa Rica

La salsa sigue rebotando contra mi cabeza, de mis pies ya no llueven melaos, pero todavía tengo mi guaracha para sentirme vivo.

Los envases se van juntando en mi mesa y me da por pedir African Fantasy de Bobby Matos, entonces vuelvo a la pista, ya colmada de bailarines guachos.

Un Año Nuevo en Brisas de Costa Rica, con La Mona y con el Alirio del mostacho negro... Pero no, me largo faltando una hora y me meto a un antro que expele porro y cumbia. Me pido la octava y un pedacito de Carita de luna, pero no está, Rodolfo Aicardi se fue a dormir temprano.

Son las 11:30 y me rindo. Mis ojos quieren ver más vida y un taxi me devuelve a mi mundo, a la familia, a los amigos.

El Año Viejo se va, y cinco minutos después todo es tan igual que cansa. Qué decepción, no pasó nada, seguimos siendo los mismos. Simplemente cambió un número en el calendario. Ojalá vos no cambiés Brisas, ojalá sigás allá, atascada entre Bolívar y Carabobo, en la sucia y solitaria Perú, donde tampoco pasa nada, pero uno puede imaginar que sí.  UC