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Número 09 - Febrero de 2010  

Crónica verde 
 
Crónica verde

La hierba de Saba
 

Las leyes que imponen los Estados para impedir el comercio y el consumo de estimulantes o depresores de nuestra maraña cerebral siguen siempre empeños morales y prejuicios, costumbres sociales y taras mentales. Si el gusto de los hombres puede ser caprichoso y retorcido, la lógica de las prohibiciones estatales no se queda atrás en su condición de veleta indescifrable. Casi siempre el miedo de las mayorías es el mayor narcótico contra el sentido común.

Lo que pasa en África, Oriente y Europa con el qat, una hierba que comparte una de sus ramas con las anfetaminas, es una muestra interesante de la manera como los gobiernos y las sociedades pueden tratar un hábito social alrededor de un arbusto cualquiera. Los habitantes de Yemen, Etiopía y Somalia son los principales, por no decir los exclusivos, consumidores de las hojas de la Catha Edulis. Las postales de Yemen, patria chica de la Reina de Saba, muestran a sus ancianos con una bola de hojas en el carrillo, masticando el qat con la elegancia de sus hermanos los camellos y buscando un pequeño oasis de quietud en medio de una conversación. La mastican los ministros, los soldados, los vagos, los ancianos, los jóvenes, las mujeres, los vendedores de las temidas dagas curvas, los ladronzuelos del soco y los religiosos. Dicen que incita a la charla y la inactividad, que los hace más tranquilos e imaginativos, que sirve para cerrar los tratos y olvidar los trotes. El 70% de los yemeníes lo consumen y gastan entre tres y cuatro horas en su gusto de herbívoros aletargados. En Somalia y Etiopía es también una costumbre social pero algo menos extendida que en Yemen.

Pero no todo es color de rosa. Los críticos del eterno masticar dicen que las familias gastan buena parte de su dinero en esa "legumbre" amarga y se olvidan del pan de cada día, además se quejan de la modorra ambiente que afecta la productividad, del excesivo gasto de agua, un bien lujoso en Yemen, en el riego de los extensos sembrados de la hierba y de los daños ambientales que significan las bolsas plásticas, esas sí color de rosa, que se extienden como una plaga por los campos y las ciudades del país. Sin embargo, prohibir el qat no es una posibilidad que discutan las autoridades políticas y religiosas.

 

En el siglo XVI un Imam mueco expidió una fetua prohibiendo el consumo de la mata que deja boquiabierto al pueblo yemení. Poetas, sufíes, juristas y sus mismos colegas respondieron con escupitajos verdes y el mandato se anuló muy pronto. Hoy en día, cuando en Yemen hasta los pacifistas andan con un Kalashnikov colgado al hombro, esa prohibición significaría una guerra generalizada. La pobre Yemen se convertiría en un país de traficantes y drogadictos. Los inmigrantes de los países consumidores de qat en Europa han suscitado discusiones interesantes. La hierba todavía no ha construido prejuicios ni temores para los ciudadanos europeos ni para sus autoridades. Por lo tanto la discusión ha sido más pragmática y reflexiva. Inglaterra es el ejemplo modelo en el tratamiento del asunto. Londres tiene sus enclaves somalíes y etíopes y varias veces por semana llega un cargamento de qat como si fuera cualquier especie de mercado árabe, canela por decir algo. En el 2006 un parlamentario conservador propuso la prohibición de esa planta letárgica y comenzó la discusión. Se hizo un estudio especializado sobre la peligrosidad de las drogas (el qat quedó en el puesto 20, la marihuana en el 11, el alcohol en el 5 y el tabaco en el 9) y se le consultó el tema a las comunidades consumidoras (el 49% de los somalíes dijo apoyar la prohibición). La decisión fue no prohibir. Actualmente se presentan algunos problemas por el abuso entre los inmigrantes desempleados y el descontento de las mujeres ante la pasividad laboral de sus compañeros. Sobre la actividad sexual de los esposos no se presentaron quejas. Problemas tratables comparados con lo que causaría la prohibición: una mafia inmigrante que vendería la planta a 300 euros el kilo (precio en los países europeos donde está prohibido) y obligaría a sus consumidores al delito mayor para mascar en recovecos en lugar de hacerlo en la sala de sus casas. Actualmente un manojo de qat vale 3 libras esterlinas en los mercados de Londres y los conflictos con los consumidores tienen que ver más con la inserción cultural y económica que con la violencia. Uno de los mascadores de qat en la capital del Reino Unido resume bien las razones para estar en contra de la prohibición: "El qat es nuestra cerveza y el mafreg (el lugar de reunión para mascar) es nuestro pub". Los unos mascan como dromedarios, los otros beben como camellos. Y todo más o menos bien.