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Número 08 - Diciembre de 2009   

Byron White
Música maleva, guantes, bizcochos y garrote

Esta vez es la calle Maturín, o Camellón de Guanteros, la que 14 visitamos de la mano de nuestro amigo, el arquitecto e historiador Rafael Ortiz.
 

1. Hacia 1914, el Hotel Estación se trasladó de Moore con Carabobo a Maturín con La Alhambra, y así, con la llegada del ferrocarril a la Estación Nueva o Estación Central, ganaba perfil de cinco estrellas. El sector en ese momento estaba habitado por la alta sociedad, pero a medida que fue pasando el tiempo y los efectos comerciales y sociales de la combinación del Ferrocarril de Antioquia con la Plaza de Cisneros se hicieron sentir, con un ambiente poco moral para la pacata sociedad de Medellín como resultado, el hotel, de ser una entidad de varias estrellas rutilantes, pasó a tener estrellas negras, con prostitución y asesinatos a bordo.

2. En el cruce de Maturín con Carabobo, esquina suroriental, debajo de una escalera a un segundo piso, estuvo el primer ventorrillo de libros de segunda mano. Allí, en heterogéneas amalgamas de novelas rosas y cuentos de cowboys, se podían encontrar libros de Emil Ludwig y Stefan Zweig, las primeras biografías que nos abrieron el camino, y obras de Andre Malraux o Andre Maurois.

3. Todo el costado norte de Maturín, a excepción de la esquina con Junín, estaba repleto de almacenes de animales. Se conseguían desde canarios y mirlos, hasta ejemplares selváticos, que si no estaban ahí, se traían. Cuando a las señoras de Medellín se les volaba un pájaro, casi con seguridad lo encontraban en Maturín.

4. En el costado sur quedaba el Montepío Municipal, donde se empeñaban las pertenencias de los habitantes de Medellín, especialmente cuando había fiestas o corridas de toros. El Montepío cumplía un papel moderador, pues a diferencia de las prenderías, sus intereses eran módicos, y prestaba a seis meses, renovables a otros seis con cualquier abono. Quedó luego en poder del Departamento y finalmente en manos de Banco Popular, donde desapareció después de un robo muy grande.

5. A continuación, hacia el oriente por la misma acera, quedaba el Estanco de las Rentas Departamentales. Sobra decir que con el solo olor, los empleados se mantenían "bastante alzados".

6. A dos habitaciones de esta casa se les abrió acceso a la calle y se convirtieron en carpinterías. El interior de la casa se volvió un inquilinato.

7. En la esquina noroccidental de Abejorral con Maturín estaba el almacén de artículos para adornar vestidos de mujer. Perteneció a un par de viejecitos de origen turco, según decía la gente; al señor, que no sabía hablar español, nadie lo trataba, en cambio la señora, toda amabilidad, era el alma del almacén.

8. Al cruzar la carrera Abejorral o Barranca de Ospina, Maturín formaba una zeta, con una peculiaridad: como por el lugar pasaba un zanjón de aguas negras, cuando llovía fuerte se inundaba, con el consecuente mal olor; por esta razón lo llamaban el riñón de Maturín.

9. En el cruce con San Félix había un café de tango cuyo nombre ya se perdió. En él iniciaron la vida bohemia bastantes muchachos del sector de San José y de San Ignacio, y por esta razón tenía la mejor colección de música maleva de la ciudad. Allí murió Julián Restrepo, el célebre cantante compañero de Obdulio, y allí fue a beber todos los días su hermano para recordarlo, el mismo que cuando agotaba la plata se pasaba a una hojalatería del sector y se les bebía el alcohol industrial, con tan mala suerte que, por error de alguien que lo trocó de sitio con el ácido nítrico, murió intoxicado.

Byron White

10. Hacia 1870, en la esquina noroccidental del cruce de Maturín con El Palo-Niquitao, un personaje muy famoso en Medellín, a quien llamaban Amito, instaló el primer hotel de turismo que tuvo la ciudad. Entre los servicios que prestaba, fuera de los normales del hotel, tenía el de caballerizas para las bestias de los pasajeros y el de alquiler de animales para quien los necesitara.

11. La panadería de don Gabriel Trujillo era famosa en la ciudad por la calidad de su parva, principalmente de los bizcochos, cuyo sabor, dicen, venía de la mantequilla con que los preparaba.

12. Entre San Félix y Niquitao, donde la calle empezaba a inclinarse, se estableció primero un italiano que fabricaba guantes; después se fueron instalando alrededor de él muchos otros fabricantes, a medida que los trabajadores le iban robando los moldes, por eso es que este sector llegó a llamarse el Camellón de Guanteros.

13. De Niquitao para arriba, en las dos cuadras siguientes, es decir, en Pascasio Uribe, estaban los famosos prostíbulos que habían sido erradicados de Junín. Prácticamente todas las noches había fiestas en estos lugares y la gente era muy dada al baile, aún cuando los pequeños salones tenían por todo alumbrado unos míseros candiles de cebo.
Había en la ciudad un solterón de apellido Saldarriaga a quien horrorizaban estos bailes por inmorales; vivía con un paje, encargado de hacerle las vueltas y dirigir el servicio en su casa. En ciertos momentos le ordenaba que se pusiera una capa española, él tomaba otra, y se iban para estos prostíbulos. Entraban al baile más animado, se ubicaban cerca de los candiles, y a una señal convenida, apagaban los candiles y la emprendían a garrotazos contra todo el mundo.
Esto ocasionó que, más tarde, cuando se organizaron varios teatros en este sector en casas familiares, las representaciones escénicas terminaran de la misma manera, pero al revés: los de clase baja la emprendían contra la alta sociedad de Medellín por curiosear allá.

14. En el arranque sobre Niquitao con Benítez quedaba el Café San Ciro, abierto desde las primeras épocas del cementerio de San Lorenzo. Había también una tienda café —la construcción todavía existe— donde los familiares de los muertos se quedaban tomando licor después del entierro, hasta altas horas de la noche. Se llamaba Puerto de la Eternidad. UC
  
  
NOTA: En el UC 7, en el numeral 1, confundimos la calle Bomboná con la calle Boyacá.