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Número 18 - Noviembre de 2010   

Byron White
Un Conde vivió cerca de la manga de Pipe

 
Protegidos de El Sombrerón por nuestro amigo historiador, el arquitecto RAFAEL ORTIZ, continuamos el recorrido por esta carrera Palacé llena de cuentos y reveladores datos.
 

1. La casa del Conde de Beaumont, en Palacé con Maracaibo, esquina suroccidental. Este fue un señor que enloqueció a todas las damas de Medellín, pues era nada más y nada menos que Armando, el de las Dama de las Camelias, figura máxima del romanticismo francés. Llego a Medellín huyendo a la fama de sus amores tormentosos en la ciudad luz y aquí se aclimató y consiguió mucho dinero gracias a un descuido de Coriolano Amador en su famosa Mina del Zancudo. La riquísima mina quedaba en un tendón de la cordillera y ocurrió que quienes la denunciaron lo hicieron solamente con un lado, descuidaron la otra parte, la que caía por el lado opuesto, cosa que aprovecho nuestro célebre conde para establecer la explotación por la retaguardia de los mismos filones del Zancudo. Cuando fue sorprendido, pidió disculpas a Amador pero no le dio ninguna plata.

2. Colegio de San José. En la mitad de la cuadra siguiente quedaba la Procuraduría de los Hermanos Cristianos, que realmente era una librería de textos educativos de G. M. Bruño, de París. Esta librería facilitó la educación de por lo menos un 30% de los estudiantes de Medellín, de toda clase social, y vendió muchas ayudas publicitarias y educativas para los demás colegios.

3. En la cuadra siguiente, entre Perú y Caracas, costado oriental, quedaba el Seminario. Esta casa llegó a manos de la curia, según una leyenda, donada para el primer sacerdote que se ordenara en la ciudad. No sabemos qué pasó, pero de todas maneras estuvo siempre en manos de la curia, a pesar de que pasaron por ella la Tesorería Municipal y la Bolivariana.

4. La manga de Pipe ocupaba, originalmente, las cuadras comprendidas entre Perú y la Avenida Echeverri. Pipe era toda una institución; vivía en ese terreno en una especie de tugurio y arreglaba cuanta bicicleta se dañara en Medellín, con especialidad en reparación de llantas. Cuando llegó la fiebre del fútbol a la ciudad —más o menos en los primeros diez años del siglo XX— la primera cancha pasó a ser la manga de Pipe, y así a toda hora del día estuvo repleta de afiebrados futbolistas pateando aquellos afamados balones de vejiga y ruana. Los balones no demoraban en chuzarse pues la manga estaba rodeada de pencas, pero cada vez que sucedía, Pipe el salvador tapaba los huecos con los mismos parches con que aliviaba los neumáticos de las ciclas.

Por esa manga pasaba la calle Barbacoas, trazada siguiendo un camino indígena que atravesaba la ciudad y llegaba hasta Mazo, en Santa Elena. Era el camino de Arví.

5. Delimitado por La Paz y la Avenida Echeverri, y por Palacé y Venezuela, existió el segundo seminario que hubo en Medellín, y que hoy es el Centro Comercial Villanueva. Fue construido por los Monseñores Caicedo y Marulanda en 1925.

¿QUIÉN ERA EL SOMBRERÓN?
 

Hay una leyenda en la ciudad que según muchos indicios más bien fue realidad: El Sombrerón. Aparentemente, y según las mentes acaloradas de nuestros antepasados, en un vado del río Medellín, en la calle Colombia, un espanto cobraba forma de jinete en un caballo negro, luciendo un asustador sombrero oscuro y alón, y acompañado de varios perros también negros que arrastraban cadenas que salían del río. Subía veloz por la calle Colombia y se desaparecía en la plazuela de San Roque, horrorizando a su paso a todo transeúnte noctámbulo que se topaba.

Sabemos, por otra parte, que después de que el Conde de Beaumont vivió en Palacé con Maracaibo, construyó una casa en la esquina suroccidental del cruce de Junín con la Plazuela de San Roque y allí murió. Fue enterrado en la iglesia de San José, pero sus huesos desaparecieron cuando fue ordenada la supresión de las bóvedas que quedaban a la entrada de la plazuela.

 

Pasó el tiempo y cambió la ciudad. Una prostituta muy conocida, de nombre Rosita, compró la casa, y contrató una firma de arquitectos para que perpetuara su nombre haciendo el Edificio Rosita. Al demoler la vieja casa se encontró que la caballerizas tenían una puerta sobre Palacé (el edificio quedaba sobre Junín). Hilando, llegamos a la conclusión de que muy posiblemente El Sombrerón no era otro que un habitante de esta casa, pues el espanto siempre desaparecía en el acceso a la entrada secreta.